El pensamiento perdido


Vivimos bajo el signo de la decadencia de nuestra cultura. No es la guerra la que ha creado esta situación. La guerra en sí no ha sido más que una manifestación de esa decadencia. Lo que antes existía de espiritual, ha invertido ahora su actividad, y se dedica, cada vez con mayor encarnizamiento, a obrar contra el espíritu. La acción recíproca entre lo material y lo espiritual ha adquirido un carácter que podría llamarse funesto. Frente a las poderosas cataratas, avanzamos arrastrados por la corriente entre espantosos vórtices y remolinos. Solamente con los esfuerzos más sobrehumanos lograremos (suponiendo que exista alguna esperanza de lograrlo) alejar la barca de nuestro destino del brazo peligroso del río adonde nos hemos dejado arrastrar, para volver nuevamente al curso principal. Nos hemos alejado de la cultura, porque ninguno de nosotros se preocupaba de pensar seriamente en la cultura. Ahora todos pueden comprobar que el proceso de aniquilación de la cultura se encuentra en pleno auge. Ni siquiera lo que de ella queda todavía en pie, tiene muchas esperanzas de sobrevivir; se mantiene en pie solamente porque no fue derribado por los embates terribles que arrasaron con lo demás. Pero el material de sus cimientos no es más que pedregullo suelto, como lo era todo el resto. El próximo terremoto puede llevárselo.

Lo decisivo fue que la filosofía renunciara a cumplir con sus obligaciones. Se convirtió en una ciencia que estudiaba los datos de las ciencias naturales y las ciencias históricas, ordenándolos como material para una Weltanschauung futura, y manteniendo en consecuencia una actividad erudita en todos los campos del saber. Al mismo tiempo, se dejaba absorber cada vez más por el interés en su propio pasado. La filosofía se convirtió casi en una historia de la filosofía. El espíritu creador la había abandonado. Surgió así una filosofía de donde el pensamiento se encontraba ausente. Consideraba atentamente los resultados de las diversas ciencias, los sopesaba y estudiaba, pero no se interesaba más en el pensamiento elemental. En las escuelas y en las universidades, desempeñaba todavía un papel; pero ya no tenía nada que decir al mundo.

En última instancia, la filosofía debe ser guía vigilante del sentido común. Su deber habría sido explicar al mundo que los ideales éticos del sentido común ya no se ordenaban como antes en una concepción del universo total; sino que ahora, hasta nueva orden, debían sostenerse por sí mismos, solos, e imponerse al mundo por su propia fuerza.

La capacidad que posee una persona de ser un portador de cultura, es decir, de comprender la cultura y obrar para ella, depende de su capacidad de ser al mismo tiempo un pensador y un ser libre. La libertad material y espiritual se encuentran íntimamente unidas. La cultura presupone libertad. Solamente puede ser concebida y realizada por una mente libre. Pero el hombre moderno ha perdido tanto la libertad como la capacidad de pensamiento.

A esta pérdida de libertad se suma el exceso de tensión. Desde hace dos o tres generaciones, una enorme cantidad de individuos han cesado de vivir como personas; sólo viven como trabajadores. Nada de lo que pueda decirse en términos generales sobre el significado espiritual y social del trabajo, vale ya para ellos. El exceso con que por regla general el hombre moderno, en todos los círculos de la sociedad, se ha dejado absorber por las preocupaciones materiales, ha traído como consecuencia un empobrecimiento de su espíritu. Se puede decir que este proceso ya comienza a obrar sobre él durante su primera infancia. Sus padres, presos en un inexorable destino de trabajo, ya no se pueden ocupar de él como sería natural. De este modo se le suprime algo esencial e insustituible para su desarrollo. Más tarde, entregado el joven también al exceso de trabajo, se ve cada vez más impelido a obedecer esa necesidad de ocupación y distracción exteriores. Dedicar las pocas horas libres que le restan a la reflexión íntima o a la conversación seria con personas o con libros, requeriría en él una capacidad de recogimiento que no siempre posee. La inacción más completa, el alejamiento de sí mismo y el olvido constituyen para él una verdadera necesidad física. Por lo tanto, se comportará como un no-pensante. Lo que busca no es una formación, sino un sostén, y justamente aquella especie de sostén que menos esfuerzo espiritual le exija. Hasta qué punto la falta de pensamiento se ha convertido en el hombre moderno en una segunda naturaleza, lo demuestra el tipo de sociabilidad que habitualmente practica.

Cuando mantiene una conversación con sus iguales, procura especialmente que esta conversación se mantenga dentro de los límites de la observación de carácter general, y no se convierta en un verdadero cambio de ideas. Ya no posee nada que pueda llamarse su propio yo, y vive dominado por una especie de angustia de que en algún momento se le exija demostrar que lo posee; angustia de tener que demostrar que posee una personalidad. El espíritu que ha provocado esta asociación de los dispersos, día tras día se convierte entre nosotros en una fuerza cada vez más poderosa. Nuestra sociedad está creando una imagen rebajada del hombre. Tanto en los demás como en nosotros mismos, lo único que buscamos es un desempeño correcto de las obligaciones impuestas por el trabajo cotidiano, y poco a poco nos reducimos a no ser nada más; a ser meros trabajadores.

A la falta de libertad y a la dispersión del hombre moderno, se agrega como freno psíquico de cualquier posibilidad de cultura el hecho de que ese hombre sea tan incompleto. La monstruosa expansión y el constante crecimiento de la ciencia y de la técnica exigen imprescindiblemente que la actividad de cada uno de sus practicantes se limite a un campo determinado, cada vez más restringido. Tiene lugar así una organización del trabajo, destinada a crear un todo orgánico en el que pueda combinarse armoniosamente la producción de cada uno con la de los demás, la producción que gracias a la intensa especialización adquiere proporciones siempre mayores. Los resultados que así se consiguen son sin duda grandiosos. Pero en cambio se tiende a abolir el significado espiritual del trabajo para el trabajador. El trabajo lo obliga a poner en juego sólo una parte limitada de sus capacidades, y no su entera persona. Esto provoca un efecto de rebote sobre su personalidad. En lugar de esa conciencia de sí mismo que normalmente nace de la persona como una consecuencia de su trabajo, cuando éste le permite poner en juego toda su capacidad de reflexión y su entera personalidad, surge en el trabajador la conformidad consigo mismo, que nace de una participación perfecta y completa, donde la especialidad es lo único que cuenta y permite olvidar la falta de habilidad en los demás campos. En todas las profesiones, pero sobre todo en el dominio de la ciencia, el peligro espiritual de la especialización se hace cada vez más evidente, tanto para el practicante aislado como para la vida espiritual de la sociedad. Y también es de notar que la juventud recibe actualmente una enseñanza que no es lo suficientemente universal como para permitirle descubrir alguna relación entre las diferentes ciencias, y crearse de este modo, de la manera más natural, un panorama del saber contemporáneo.

Ese hombre sin libertad, disperso e incompleto, se encuentra al mismo tiempo amenazado por el peligro inminente de caer en la más completa falta de humanidad. Estamos perdiendo la capacidad de apreciar nuestras afinidades con los demás hombres, con nuestros congéneres. De este modo nos encaminamos por la vía de la inhumanidad. Cuando desaparece la convicción y la conciencia de que toda persona nos importa por el hecho mismo de ser una persona, la cultura y la ética empiezan a vacilar. El avance hacia una completa y perfecta inhumanidad se vuelve entonces mera cuestión de tiempo. Por otra parte, nuestra sociedad ha cesado de reconocer a todos los hombres su valor y su mérito de hombres. Una parte de la humanidad es, para nosotros, solamente una acumulación de material humano, de hombres como cosas. El hecho de que desde hace unas décadas se haya empezado a hablar con ligereza cada vez mayor de guerra y de depredaciones, como si se tratara de sencillas combinaciones sobre un tablero de ajedrez, ha sido posible únicamente porque se ha creado en la sociedad una imagen del mundo que ya no es capaz de concebir el destino de la persona individual, porque la considera en su exclusiva cualidad de número y de objeto.

Toda nuestra vida espiritual se desarrolla en el seno, en el ámbito y bajo la égida de las organizaciones. Desde su primera juventud, el hombre moderno se ve perseguido constantemente por la idea de la disciplina que se le quiere imponer, hasta que llega el momento en que pierde su condición individual y sólo puede imaginarse como formando parte de una colectividad. Un intercambio, una mise-au-point de ideas entre persona y persona, como la constituyó la mayor grandeza del siglo dieciocho, hoy ya no podría tener lugar. En aquellos tiempos no se sentía el respeto que hoy se siente por la opinión de la colectividad. Todas las ideas tenían que surgir del sentido común, de la inteligencia individual, y justificarse ante ella. Hoy, el respeto constante hacia las ideas generales y conceptos básicos que rigen en el seno de las colectividades organizadas, se ha convertido en una regla que no se discute. Tanto para sí como para los demás, el individuo pone en primer plano, porque cree en ellas con la fe más irreductible, todas aquellas ideas u opiniones que considera propias de su nacionalidad, de su confesión religiosa, de su partido político, de su clase social y de más grupos a los que de algún modo pertenece. Valen para él como si fueran un tabú, y se encuentran no solamente fuera de toda posible crítica, sino también excluidas como tema de conversación. Esta actitud, mediante la cual renunciamos nosotros mismos a nuestra condición de seres pensantes, suele llamarse, eufemísticamente, respeto a las propias convicciones, como si pudieran existir verdaderas convicciones donde no existe el pensamiento.

El hombre moderno se pierde en la colectividad de la manera más increíble. Esta es quizá la tendencia más característica de su personalidad. Y de este modo penetramos en una nueva Edad Media. Una vez que el acto volitivo común se convierte en regla fija, la libertad de pensamiento ya no sirve para nada, es inútil. Solamente volveremos a sentir una necesidad de libertad espiritual, cuando el individuo aislado vuelva a ser espiritualmente independiente, y se encuentre en una relación más honorable y natural con respecto a las organizaciones que son ahora la cárcel de su psiquis. Librarse de esta Edad Media en que nos encontramos actualmente costará mucho más de lo que le costó a la humanidad europea emerger de la anterior. Porque en aquella ocasión la lucha se dirigía contra ciertos poderes autoritarios que habían sido impuestos por las circunstancias históricas. Hoy se trata en cambio de lograr que el individuo pueda abrirse paso para escapar de la prisión espiritual que él mismo se ha creado. ¿Puede haber tarea más difícil? Todavía no existe una idea clara de esta miseria espiritual en que vivimos. Año tras año se hace más intensa la difusión de opiniones nacidas de la colectividad, con exclusión del pensamiento individual.

No solamente desde el punto de vista intelectual, sino también desde el punto de vista ético es anormal la relación presente entre el individuo y la colectividad. Al renunciar a la propia opinión, el hombre moderno renuncia también al propio juicio moral. Para poder encontrar bueno lo que la colectividad, de palabra y de hecho, recomienda como bueno, para poder condenar lo que según ella es condenable, tiene que contener las reflexiones que surgen en su mente. No solamente ante los demás, sino también ante sí mismo trata de impedir que estas reflexiones cobren expresión. De este modo su juicio se pierde en el juicio de la masa, y la moral en la colectividad.

¿Qué es una concepción del universo? Es el conjunto de ideas que la sociedad y el individuo aislado se han formado sobre la esencia y la razón del mundo, sobre la posición y el destino de la humanidad y del hombre dentro de ella. El saber último hacia el cual tendemos es el conocimiento de la vida. Nuestros conocimientos nos muestran la vida desde afuera, nuestra voluntad desde adentro.

La duda sobre si la multitud es capaz de la reflexión necesaria para llegar a una concepción del universo o Weltanschauung inteligente acerca del individuo y acerca del mundo, resulta justificada cuando se considera como ejemplo el hombre moderno. Pero éste es un fenómeno patológico, en su renuncia a la necesidad de pensar. De por sí, existe en el individuo medio una capacidad dada de reflexión, que no solamente le permite crearse una Weltanschauung propia a través de su pensamiento, sino que además hace de ella una necesidad normal. Los grandes movimientos de opinión que tuvieron lugar en las épocas antiguas y modernas, permiten sostener con confianza la tesis de que en el individuo normal existe un pensamiento elemental capaz de despertar de su letargo. Y también la observación cotidiana de las personas que nos rodean, y de los niños cuando uno tiene contacto con ellos, confirman esa creencia. Un impulso elemental hacia una Weltanschauung, fruto del pensamiento, se agita en nosotros durante la infancia y la adolescencia, cuando se está formando nuestra personalidad independiente como seres pensantes. Más tarde permitimos que ese impulso sea acallado, aunque sentimos claramente que de ese modo nos empobrecemos y nos volvemos menos capaces para el bien. Somos como manantiales, que ya no manan más agua porque nadie los cuida y se van llenando poco a poco de escombros y residuos. Todo lo que es persona, está destinado a desarrollarse hacia una verdadera personalidad a través de su propia Weltanschauung nacida del propio pensamiento.

Por Albert Schweitzer

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Carta enviada a Gianpietro Carafa

Carta enviada a Trento desde la ciudad pontificia de Bolonia, dirigida a Gianpietro Carafa, miembro del Concilio ecuménico, fechada el 27 de julio de 1546.

A mi reverendísimo señor Giovanni Pietro Carafa.

Muy honorable señor mío:

Las noticias llegadas a Bolonia desde Trento en estos meses no pueden sino alegrar a este corazón celoso cumplidor de su deber. No solo, en efecto, ha visto el Emperador esfumarse sus esperanzas de que los luteranos tomaran parte en el Concilio, sino que ha tenido que asistir también a la definitiva condena de la teología de los protestantes, de la doctrina sobre el pecado original y de la justificación por la fe. Al día de hoy los príncipes protestantes de la Liga de Smalkalda, su adversaria, deben ser considerados apóstatas y enemigos de la religión; y de este modo se vuelven inútiles las esperanzas de Carlos de retomar el control de toda Alemania y ganar a los príncipes alemanes para su lucha contra el Turco.


Los esfuerzos del cardenal Polo contra los decretos conciliares que sancionan la separación definitiva de los luteranos de la Santa Iglesia Romana han resultado vanos y tal vez sea esta la mayor victoria de Vuestra Señoría y del partido de los guardianes de la ortodoxia. Le confirmo, en efecto, a Vuestra Señoría que los motivos de salud aducidos por el cardenal inglés para el prematuro abandono de los trabajos conciliares no son sino una mera excusa: su retirada ha estado dictada más por la necesidad de volver a Viterbo para lamerse las heridas que por las fiebres alpinas.

Mas los largos años al servicio de Vuestra Señoría enseñan que no hay que cantar victoria antes de que el enemigo esté totalmente vencido. Reginaldo Polo sigue siendo el preferido del Emperador, el hombre en el que el Habsburgo tiene depositadas las esperanzas de un cambio de rumbo respecto a los protestantes y no cabe duda de que él dirigirá sus intrigas para facilitar la carrera y la fama del inglés.

Por eso la excomunión de El beneficio de Cristo por parte de los padres conciliares proporciona a Vuestra Señoría un arma más para minar las solapadas estrategias de los espirituales y de los simpatizantes de Calvino dentro de los territorios papales. La intención que me fuera anunciada por V.S. de poner a trabajar a la Congregación del Santo Oficio en la redacción de un Índice de Libros Prohibidos, se vuelve hoy una necesidad prioritaria. El peligroso librito de Benedetto de Mantua, en efecto, ha continuado circulando y fecundando las mentes predispuestas a la herejía, hasta el punto de que en la actualidad podría bastar con descubrir a quien lo posee para identificar a los simpatizantes de Polo y acusarlos.Yo mismo estaría ya en condiciones de proporcionar a la Inquisición numerosos nombres.

Pero da igual. Por el momento tal vez sea suficiente con disfrutar de las victorias inmediatas, y esperar a valorar lo que conviene hacer cuando este entusiasmo se haya aplacado, dando paso a la cordura. Me encomiendo a la gracia de Vuestra Señoría y, en espera de nuevas directrices, beso sus manos.

De Bolonia, el día 27 de julio de 1546, vuestro fiel observador, Q.

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Joseph Alois Ratzinger, finalista del “torquemada” de marzo de 2009

Joseph Ratzinger nació en Baviera (Alemania) el 16 de abril de 1927. A los 13 años, por decisión propia, se afilió a las juventudes hitlerianas, hecho irrelevante en su carrera al purpurado, pero que cobra fuerza a los efectos de su transfiguración en Papa. Hoy, para redimirlo, se argumenta su deserción en medio de la batalla. Nada nos dice si tal acto supuso el abandono de la ideología nazi.

Estudió en la Universidad de Munich y fue ordenado sacerdote en 1951. Ejerció como profesor de teología sucesivamente en Bonn (1958), Münster (1963), Tübingen (1966) y Regensburg (1969). Durante el Concilio Vaticano II, actuó como consejero del conservador cardenal Frings. En 1977 fue nombrado por Pablo VI arzobispo de Munich. En noviembre de 1981, Juan Pablo II le nombró Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición). Asumió varios y destacados procesos de investigación y control de la ortodoxia. Continuó la investigación sobre Schillebeeckx, iniciada en 1979, y criticó ferozmente la Teología de la Liberación. El Panzerkardinal, como le apodaban en Roma, fue uno de los colaboradores más estrechos de Juan Pablo II y, a menudo, considerado como el auténtico número dos de la Iglesia durante el mandato del papa polaco, por encima incluso del secretario de Estado, el cardenal Angelo Sodano. Profundamente asociado al pontificado de Karol Wojtyla, Ratzinger fue el teólogo que le ayudó a poner orden en la Iglesia y a decapitar primero, y domesticar después, a la Teología de la Liberación.

En 1984, las condenas formales de la Teología de la Liberación realizadas por este "cancerbero de la fe" permitieron a la derecha católica dejar fuera de juego a toda una corriente innovadora en el campo teológico y social. Impuso una rigidez doctrinal total a la vida intelectual de la Iglesia y una dinámica de control a ultranza de los teólogos. Y el miedo se instauró entre sus filas, hasta el punto de que amonestados, perseguidos, vigilados, en una institución intelectualmente inhabitable, los pensadores de la Iglesia optaron por marcharse (Leonardo Boff), callarse (Gustavo Gutiérrez) o romper la baraja (Hans Küng).

El culmen de la represión teológica por él auspiciada se llegó a alcanzar con la publicación del Catecismo de la Iglesia católica y, sobre todo, con la Dominus Iesus, un documento elaborado por él, en el que se atribuye en exclusiva a la Iglesia católica la posesión de la verdad y de la salvación. La vuelta del axioma tridentino de que "fuera de la Iglesia no hay salvación". Un documento tan desafortunado que hasta protestaron contra él varios cardenales. Silenció con medidas autoritarias todas las cuestiones teológicas debatidas: celibato de los curas, estatuto del teólogo, papel de los laicos, comunión para los divorciados, preservativo contra el sida o fecundación artificial. Impuso la tesis del romanocentrismo, descafeinó la colegialidad y el poder de las Conferencias Episcopales, reduciéndolas a meras sucursales de la Curia, y zanjó casi como dogmático el eventual acceso de la mujer al sacerdocio. En definitiva, Ratzinger desactivó el Concilio Vaticano II.

En 1998 fue nombrado Doctor "Honoris Causa" por la Universidad de Navarra, que el Opus Dei tiene en Pamplona. Ha calificado a la homosexualidad como un mal moral intrínseco, y se ha manifestado en contra del aborto y la contracepción. Durante la campaña para las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, instó a negar el sacramento de la comunión a los políticos pro ley del aborto. Además de su pensamiento ultraconservador, Ratzinger ha sostenido siempre la idea de que la Iglesia debe mantener una estructura centralizada.

Benedicto XVI se emplea a fondo desde hace años en rebatir el "laicismo", que identifica con la pérdida de las raíces culturales europeas, y el "relativismo totalitario", identificado con un "todo vale" basado en las necesidades y los apetitos de cada momento. Benedicto XVI no describe nunca un futuro mejor y, en cambio, apunta a los desastres que nos esperan si Occidente no abraza su versión del cristianismo.

Ratzinger es un defensor apasionado de la "identidad occidental", para él ligada de forma indisoluble con la religión cristiana, y como otros pensadores pesimistas, invoca la vigencia del viejo lema conservador "Dios, patria y familia"; basta sustituir "patria" por "identidad occidental" para resumir su esquema ideológico. El discurso Verdad del cristianismo, pronunciado en 1999 en la Sorbona de París, ofrece una muestra del pensamiento ratzingeriano. Apela a san Agustín, uno de sus pensadores favoritos, para argumentar que "en el cristianismo, la racionalidad se convirtió en religión", y vincula el humanismo ateniense con el cristianismo.

Fueron la ilustración, el darwinismo (con el que Ratzinger es incapaz de reconciliarse) y las "ideologías materialistas" las que truncaron la supuesta armonía entre cristianismo y humanismo. El Papa, en su denuncia de la ilustración y el materialismo, sólo ofrece una retahíla de los males sufridos por la humanidad en los últimos tres siglos, cuya conclusión viene a consistir en que el materialismo es perjudicial.

En Auschwitz, Benedicto XVI pronunció un discurso en el que destacaba una frase espectacular: "¿Dónde estaba Dios en aquellos días? ¿Por qué calló? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal?". Algunos vaticanistas, como Marco Politi, de La Repubblica, lamentaron que a esa pregunta terrible no siguiera otra igualmente terrible: ¿Dónde estaba la Iglesia en aquellos días? ¿Por qué calló?

Encubridor de pederastas, neoescolástico, autoritario y presumido, Ratzinger, alias Benedicto XVI, proclamó públicamente en Camerún que el SIDA "no se puede superar con la distribución de preservativos”, que, por el contrario, “aumenta el problema". Tras esta declaración, calificada de irresponsable e incluso de criminal en Europa, el “Papa” pidió a la Iglesia Católica, en la segunda jornada de su visita a Angola, que combatiera la brujería. "Muchos de ustedes viven con el miedo de los espíritus, de poderes nefastos que los amenazan, desorientados, y llegan a condenar a niños de la calle y hasta ancianos", afirmó. Por estas últimas razones, el "Papa" ha sido elegido mayoritariamente finalista en marzo de los Premios Torquemada.


Federación Internacional de Ateos

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Sobre la economía política del atraso



El modo capitalista de producción y el orden político y social concomitante al mismo produjeron, durante la última parte del siglo XVIII y, todavía más durante todo el siglo XIX, una estructura para una expansión continúa y, pese a los disturbios cíclicos y a los retrocesos, trascendental, tanto de la productividad como del bienestar material. Los hechos relevantes son bien conocidos y no requieren elaboración alguna. Pero este progreso material (y cultural) no sólo fue desigual en el tiempo, sino que se distribuyó con mucha irregularidad en el espacio. Quedó confinado al mundo occidental y ni siquiera afectó a todo este sector relativamente pequeño, territorial y demográficamente, del planeta habitado. Alemania y Austria, Gran Bretaña y Francia, algunos países pequeños de Europa occidental y los Estados Unidos y Canadá ocuparon lugares muy cerca del sol. Las bastas extensiones y la multitud de habitantes de Europa oriental, España y Portugal, Italia y los Balcanes, América Latina y Asia, para no hablar de África, permanecieron en la sombra profunda del atraso y la escualidez, del estancamiento y la miseria.

Por muy tardíos y tacaños que haya podido ser los beneficios del capitalismo con respecto a las clases inferiores en la mayoría de los principales países industriales, fueron totalmente inapreciables en las partes menos privilegiadas del mundo. En éstas la productividad siguió siendo baja y los rápidos aumentos de población llevaron de mal en peor a los niveles de vida. Los sueños de los profetas de la armonía capitalista quedaron sobre el papel. El capital, o no se trasladó de los países en que su productividad marginal era baja a aquellos en que podía esperarse que fuese alta, o, si lo hizo, fue, principalmente, para extraer beneficios de los países atrasados que, frecuentemente, representaban la parte del león de los incrementos del producto total originados por las inversiones primitivas. Cuando tuvo lugar un aumento en el producto nacional total de un país subdesarrollado de la distribución de la renta existente evitó que este incremento aumentase el nivel de vida de las amplias masas de población. Como todos los juicios generales, éste está sujeto, obviamente, a la crítica basada en casos particulares. Hubo, sin duda algunas, colonias y dependencias en las poblaciones se aprovecharon de la entrada del capital extranjero. Sin embargo, estos beneficios fueron escasos y poco repetidos, mientras que la regla dominante fue la explotación y el estancamiento.

Pero si el capitalismo occidental no consiguió mejorar materialmente la suerte de los pueblos que habitaban en las zonas mas atrasadas logró algo que afectó profundamente a las condiciones políticas y sociales de los países subdesarrollados. Introdujo en éstos, con rapidez sorprendente, todas las tensiones sociales y económicas inherentes al orden capitalista. Quebrantó, efectivamente, todo lo que quedaba de coherencia “feudal” en las sociedades atrasadas.

Sustituyó con los contratos de mercado las relaciones paternalistas que seguían superviviendo siglo tras siglo. Reorientó a las economías parcial o totalmente autosuficientes de los países agrícolas hacia la producción de mercancías para el mercado. Ligó su suerte económica a las vicisitudes del mercado mundial y la relacionó con la curva febril de los movimientos de los precios internacionales.

Una sustitución completa de las rigideces de la servidumbre feudal o semifeudal con la racionalidad del mercado capitalista habría representado, pese a todos los dolores de la transición, un paso importante en la dirección del progreso. Pero todo lo que ocurrió fue que la explotación secular de la población de los países subdesarrollados por sus señores naturales se vio liberada de las restricciones mitigadoras heredadas de la tradición feudal. Esta superposición de los mores de los negocios y de la antigua opresión de la nobleza terrateniente dio como resultado una explotación conjunta, una corrupción más ultrajante y una injusticia más clara.

Y éste no es, en absoluto, el final de la historia. La exportación de capital y de capitalismo que ha tenido lugar no sólo tenía implicaciones de largo alcance de naturaleza social, sino que iba acompañada de procesos técnicos y físicos de gran importancia. Las máquinas y los productos modernos de las industrias más adelantadas llegaron a los rincones, atacados por la pobreza, de todo el mundo. La mayoría, por no decir todas estas máquinas, trabajaban para sus propietarios extranjeros —o, por lo menos, la población del país creía que no trabajaban para nadie más— y los nuevos y refinados atributos de la buena vida pertenecían a los hombres de negocios extranjeros y a sus comparsas nacionales. La bonanza que era el capitalismo, la plenitud de cosas que era la moderna civilización industrial, estaban llenando los escaparates, pero éstos estaban protegidos por alambradas de los zarpazos ansiosos del hambriento y desesperado hombre de la calle.

La consecuencia ha sido que ha cambiado drásticamente la vida del hombre de la calle. Ampliando y profundizando su horizonte económico hicieron surgir aspiraciones, envidias y esperanzas. jóvenes intelectuales, llenos de celo y de devoción patriótica, se trasladaron desde los países subdesarrollados a Berlín y a Londres, a París y a Nueva York, y volvieron a su patria con el “mensaje de lo posible”.

Fascinados por los adelantos y logros observados en los centros de la industria moderna desarrollaron y propagaron la imagen de lo que podría alcanzarse en sus países natales bajo un orden social y económico más racional. La insatisfacción por el estancamiento (o, en el mejor de los casos, por el crecimiento apenas perceptible) que maduraba gradualmente bajo la superficie social y política, todavía en calma, encontró una expresión articulada. Esta insatisfacción no se alimentó con una comparación de la realidad con la visión de una sociedad socialista. Encontró bastante combustible en la contraposición de lo que estaba ocurriendo en realidad con lo que podría lograrse con unas instituciones capitalistas de tipo occidental.

Sin embargo, el establecimiento de dichas instituciones quedaba fuera del alcance de la escasa clase media de la mayoría de las zonas subdesarrolladas. El atraso y la pobreza heredados de sus países nunca les dieron la oportunidad de reunir la fuerza económica, la visión ni la confianza propia necesarias para asumir un papel directivo en la sociedad. Después de muchos siglos bajo el dominio feudal habían acabado por asimilar los valores políticos, morales y culturales de la clase dominante.

Mientras que en los países adelantados, tales como Francia o Gran Bretaña, las clases medias, económicamente ascendentes, desarrollaron, en una fase temprana, una nueva visión racional del mundo, que opusieron con orgullo al obscurantismo medieval de la Era feudal, la burguesía pobre y recién nacida de los países subdesarrollados no buscó más que la acomodación al orden predominante. Viviendo en sociedades que se basaban en el privilegio, sus componentes lucharon por participar en las sinecuras existentes. Hicieron tratos económicos y políticos con sus señores feudales o con potentes inversionistas extranjeros, y toda la industria y el comercio desarrollados en las zonas atrasadas en el curso de los últimos cien años se vieron rápidamente moldeados en la camisa de fuerza del monopolio: el socio plutocrático de los gobernantes aristócratas. El resultado fue una amalgama política y económica que combinaba los peores rasgos de los dos mundos —los del feudalismo y los del capitalismo— y que bloqueaba, efectivamente, todas las posibilidades de crecimiento económico.

Es muy concebible la posibilidad de que con el transcurso del tiempo se habría encontrado una salida “conservadora” a este callejón. Una generación más joven de hombres de negocios, emprendedores e ilustrados, y de intelectuales aliados con los líderes moderados de los trabajadores y campesinos —un movimiento de “Jóvenes Turcos” de alguna especie—, podría haber logrado salir del punto muerto, relajar la rígida estructura social y política de sus países y crear los arreglos institucionales indispensables para una cierta medida de progreso social y económico.

Pero en nuestra era rápida la Historia no concedió tiempo para tal transición gradual. Las presiones populares por una mejora de las condiciones económicas y sociales, o, por lo menos, por algún movimiento perceptible en este sentido, cobraron intensidad firmemente. En realidad, la creciente inquietud de los subprivilegiados no se dirigía contra los principios efímeros de un orden capitalista que apenas existía todavía. Sus objetivos fueron los señores feudales parasitarios que se apropiaron de grandes tajadas del producto nacional y las malgastaban en una vida extravagante; la maquinaria gubernamental que protegía y fomentaba los intereses dominantes, los acaudalados hombres de negocios que recogían inmensos beneficios y no los utilizaban con finalidades productivas; y, por último, aunque no sea lo menos importante los colonizadores extranjeros que extraían o se creían que extraían amplias ganancias de sus operaciones de “desarrollo”.

Este movimiento popular tuvo, por tanto, un credo esencialmente burgués, democrático, antifeudal y antiimperialista. Encontró salida en el igualitarismo agrario; incorporó elementos “de desecho” denunciando al monopolio y luchó por la independencia y la libertad nacionales de la explotación exterior.

Para que las clases medias capitalistas del país asumiesen la dirección de estas fuerzas populares y las empujasen por los canales de la democracia burguesa —como había ocurrido en la Europa occidental— tenían que identificarse con el hombre corriente. Tenían que romper con la dirección política, económica e ideológica de la costra feudal y de los monopolistas aliados con ella; y tenían que demostrar a la nación como un todo, que poseían la conciencia, el valor y la determinación de emprender y llevar a un término victorioso la lucha por la mejora económica y social.

En casi ningún país subdesarrollado fueron capaces las clases medias de responder a este reto histórico. Algunas de las razones de este fracaso portentoso, relacionadas con la constitución interior de la clase comerciante, ya fueron mencionadas brevemente. Sin embargo, tuvo igual importancia un factor “exterior”. Fue el desarrollo espectacular del movimiento internacional obrero de Europa que ofreció a las fuerzas populares de las zonas atrasadas la dirección ideológica y política que les era negada por la burguesía nacional. Empujó a las metas y objetivos de los movimientos populares mucho más allá de sus propósitos originales de carácter limitado.

Esta conexión del radicalismo obrero y de la rebeldía populista pintaron por las paredes el peligro inminente de una revolución social. Importa muy poco el que este peligro fuese real o imaginario. Lo que fue esencial es el hecho de que la conciencia de esta amenaza determinó, efectivamente, la acción social y política. Destruyó todas las posibilidades que existían de que las clases capitalistas se uniesen y dirigiesen el movimiento popular antifeudal y antimonopolista. Instilando un miedo mortal de la expropiación y de la extinción en el pensamiento de todos los grupos propietarios, el aumento del radicalismo socialista y, en especial, la revolución bolchevique rusa tendieron a llevar a todos los elementos de la sociedad más o menos privilegiados, más o menos de orden, a una coalición “contrarrevolucionaria”. Cualesquiera que fuesen las diferencias y antagonismos existentes entre los grandes y pequeños terratenientes, entre el mundo de los negocios monopolista y el competitivo, entre el burgués liberal y los señores feudales reaccionarios, entre los intereses nacionales y extranjeros, en todas las ocasiones importantes se vieron ampliamente sumergidos en el interés exclusivo común de rechazar al socialismo.

De este modo desapareció del todo la posibilidad de resolver el punto muerto económico y político, existente en los países subdesarrollados, siguiendo la línea de un capitalismo progresista. Al entrar en alianza con todos los demás sectores de la clase gobernante, las clases medias capitalistas fueron rindiendo una posición estratégica tras otra. Temerosas de que la disputa con la nobleza territorial pudiera ser explotada por el movimiento populista radical, las clases medias abandonaron todas sus actitudes progresistas en cuestiones agrarias. Temerosas de que un conflicto con la Iglesia y con el ejército pudiese debilitar la autoridad política del Gobierno, las clases medias se apartaron de todas las corrientes liberales y pacifistas. Temerosos de que la hostilidad hacia los intereses exteriores pudiese privarles de ayuda exterior en caso de una emergencia revolucionaria, los capitalistas nacionales desertaron de sus anteriores plataformas antiimperialistas y patrióticas.

Los mecanismos especiales de la interacción política característicos de todos los países subdesarrollados (y acaso no sólo de los subdesarrollados) actuaron de este modo a toda marcha. El fracaso primitivo de las clases medias en proporcionar inspiración y dirección a las masas populares empujó a éstas al campo del radicalismo socialista. El aumento del radicalismo empujó a las clases medias a la alianza con la reacción aristocrática y monopolista. Esta alianza, cimentada en el interés común y en el miedo común, empujó a las fuerzas populistas todavía más lejos en la vía del radicalismo y de la revolución. El resultado fue la polarización de la sociedad, quedando muy poco entre los dos polos. Permitiendo que se desarrollase esta polarización, abandonando al hombre corriente y renunciando a la tarea de organizar de nuevo a la sociedad siguiendo directrices progresistas, las clases medias capitalistas perdieron su posibilidad histórica de asumir un control efectivo sobre los destinos de sus naciones y de dirigir la creciente tormenta popular contra la fortalezas del feudalismo y de la reacción. El fogonazo de la tormenta se dirigió de este modo contra la totalidad de las instituciones económicas y sociales existentes.

El orden económico y político mantenido por la coalición de Gobiernos de las clases propietarias se encuentra, inevitablemente, en oposición con todas las necesidades urgentes de los países subdesarrollados. ni el tejido social que crea ni las instituciones que descansan sobre el mismo conducen al desarrollo económico progresivo. El único modo de asegurar el crecimiento económico y de evitar el continuo empeoramiento de los niveles de vida (dejando de lado la emigración en masa, inaceptable para otros países) consiste en el aumento firme del producto total, por lo menos, bastante grande como para equilibrar el crecimiento rápido de la población.

Una fuente obvia de dicho aumento es la utilización de los recursos inempleados o que se emplean escasamente. Una gran parte de este depósito de potencialidades productivas durmientes es la vasta multitud de mano de obra completamente desocupada o inefectivamente ocupada. No existe modo de emplearla con utilidad en la agricultura, en la que la productividad marginal del trabajo tiende a cero. Sólo se le puede suministrar oportunidades de trabajo productivo transfiriéndola a finalidades industriales. Para que esto sea factible hay que emprender grandes inversiones en plantas industriales y en facilidades a la industria. En las condiciones prevalecientes dichas inversiones no son previsibles por un gran número de razones importantes y relacionadas entre sí.

Cuando se da una distribución muy desigual de la renta (y de la riqueza) total muy pequeña, las rentas individuales elevadas que exceden de lo que podría considerarse como necesidades “razonables” para el consumo corriente, en general, a un grupo relativamente pequeño de perceptores de rentas elevadas. Muchos de ellos son grandes terratenientes que mantienen un estilo de vida feudal con amplios gastos en vivienda, sirvientes, viajes y otros lujos. Sus “necesidades de consumo” son tan elevadas que queda muy poco para el ahorro. Sólo se dejan cantidades relativamente insignificantes para emplearlas en las mejoras de las fincas agrícolas.

Otros miembros de la “capa superior” que reciben rentes que superan claramente a los niveles “razonables” de consumo son los hombres de negocios acaudalados. Por razones, sociales, que ya se han mencionado brevemente, también su consumo es mucho mayor de lo que habría sido si se hubiesen educado en la tradición puritana de una civilización burguesa. Su impulso para acumular y ampliar sus empresas se ve contrarrestado continuamente por el deseo urgente de imitar en sus hábitos de vida a las “viejas familias” dominantes socialmente, para demostrar, con sus gastos conspicuos en las superfluidades de la vida de los ricos, que no son socialmente (y, por tanto, políticamente) inferiores a sus compañeros aristocráticos de la coalición de gobierno.

Pero además de que esta tendencia reduce el volumen de ahorro que podría haberse realizado por los perceptores urbanos de rentas elevadas, su voluntad de reinvertir sus fondos en empresas productivas se ve frenada, efectivamente, por una fuerte remisión a causar daño a sus posiciones de mercado monopolistas, conseguidas cuidadosamente, por medio de la creación de capacidad productiva adicional y por la ausencia de oportunidades de inversión adecuadas por muy paradójico que pueda parecer con relación a los países subdesarrollados.

La deficiencia de oportunidades de inversión deriva, en gran medida, de la estructura y de las limitaciones de la demanda efectiva existente. Cuando el nivel de vida es muy bajo, el grueso de la renta monetaria total de la población se gasta en alimentos y en artículos relativamente primitivos de vestir y del hogar. Estos se pueden conseguir a bajos precios, y la inversión de grandes fondos en plantas y facilidades, que podrían producir este tipo de mercancías más baratas, rara vez promete rendimientos atractivos. Tampoco parece provechoso el desarrollo de grandes empresas cuyos productos podrían satisfacer las necesidades de los ricos. Por muy grandes que puedan ser sus compras individuales de los distintos artículos de lujo, su gasto global en cada uno de ellos no es suficiente para mantener el desarrollo de una industria elaborada de artículos de lujo, especialmente, puesto que el carácter “sonobista>. de los gustos predominantes hace que sólo los artículos de lujo de importación sean los verdaderos signos de distinción social.

Finalmente, la demanda limitada de bienes de inversión impide la creación de industrias de maquinaria o de equipo. Los bienes de consumo masivo que faltan y las cantidades de artículos de lujo que compran los acomodados, así como las cantidades comparativamente pequeñas de bienes de inversión requeridos por la industria, se importan, por tanto, del extranjero a cambio de productos agrícolas y primeras materias nacionales.

Esto deja a la expansión del producto de materias primas exportables como salida muy importante para las actividades de inversión. Sin embargo en este caso, las posibilidades se hallan grandemente influidas por la tecnología de la producción de la mayoría de las materias primas, así como por naturaleza de los mercados en que se vende. Muchas materias primas, en especial el petróleo, los metales y algunos cultivos industriales, tiene que producirse en gran escala si se quiere que los costes se mantengan bajos y si quiere asegurar un rendimiento satisfactorio. Pero la producción en gran escala exige amplias inversiones, tan amplias, en verdad, que exceden de las posibilidades de los capitalistas nacionales de los países atrasados. Además la producción de materias primas para un mercado distante impone riesgos mucho mayores de los que se encuentran en el comercio interior. La dificultad de prever con precisión cosas tales como la receptividad del mercado mundial, los precios obtenibles en concurrencia con otros países, el volumen de producto en otras partes del mundo, etc., reduce fuertemente el interés de los capitalistas nacionales en este tipo de negocio. Se convierten en una medida casi exclusiva en el dominio de extranjeros que, al ser financieramente más fuertes, cuenta, al mismo tiempo, con contactos mucho más íntimos con las salidas exteriores de sus productos.

La escasez de fondos invertibles y la carencia de oportunidades de inversión representan dos aspectos del mismo problema. Un gran número de proyectos de inversión, que no son provechosos en las condiciones prevalecientes podría ser más prometedor en un ambiente general de expansión económica.

En las zonas atrasadas, las aventuras industriales nuevas deben roturar frecuentemente, por no decir siempre, terrenos vírgenes. No cuentan con un sistema económico en marcha sobre el que descansar. Tienen que organizar con sus propios esfuerzos no sólo el proceso productivo dentro de sus propios límites, sino que, además, tienen que proporcionar todos los arreglos exteriores necesarios que son esenciales para su operaciones. No gozan de los beneficios de las “economías externas”.

No cabe duda de que la ausencia de economías externas y la inadecuación del medio económico en los países subdesarrollados constituyeron en todas partes un motivo de disuasión importante para la inversión en proyectos industriales. No existe modo de colmar el vacío con rapidez. La inversión en gran escala se basa en la inversión en gran escala. Hay que construir carreteras, centrales eléctricas y ferrocarriles antes de que los hombres de negocios encuentren provechoso construir fábricas, invertir sus fondos en nuevas empresas industriales.

Pero la inversión en la construcción de carreteras a, la financiación de la creación de centrales eléctricas y de canales, la organización de amplios proyectos de vivienda, etc., trascienden con mucho del horizonte mental y financiero de los capitalistas de los países subdesarrollados. No sólo son sus recursos financieros demasiado escasos para proyectos tan ambiciosos, sino que su educación y hábitos militan contra los compromisos de este tipo Educados en la tradición de vender y fabricar bienes de consumo —según es característico de la primera fase de desarrollo capitalista—, los hombres de negocios de los países subdesarrollados están acostumbrados al reembolso rápido, a los riesgos amplios, pero a corto plazo y a tasas correspondientes de beneficios muy elevadas. Hundir fondos de empresas en las que la rentabilidad sólo podría manifestarse en el curso de muchos años es un punto de partida poco atractivo y muy ignorado.

La diferencia entre la racionalidad privada y social que existe en todo mercado y en toda economía basada en el lucro es pues, especialmente chocante en los países subdesarrollados. Aunque la construcción de carreteras, de centrales eléctricas, o la organización de proyectos de construcción de viviendas, pueden facilitar el crecimiento industrial y contribuir así a una mayor productividad a escala nacional, las empresas aisladas ocupadas en dichas actividades pueden sufrir pérdidas y ser incapaces de recuperar sus inversiones. La naturaleza del problema implicado puede ejemplificarse fácilmente: la creación de una nueva empresa industrial se basa, entre otras cosas, en la disponibilidad de mano de obra adecuadamente cualificada. El enrolamiento de obreros, y su preparación para el trabajo en cuestión, lleva tiempo y es caro. Es posible que resulten improductivos, ruinosos y descuidados en el trato de herramientas y equipos muy costosos. La aceptación de las pérdidas eventuales puede ser justificable desde el punto de vista de la empresa individual en el caso de que dicha empresa pueda contar, con certeza razonable, con la retención de los servicios de esos obreros después de que han terminado su formación y adquirido la habilidad necesaria. En caso de que abandonasen la empresa que suministró la preparación y se fuesen a trabajar en otra empresa, el nuevo patrono cosecharía los frutos de los gastos de la primera empresa. En una sociedad industrial esta consideración carece, relativamente, de importancia. Las pérdidas y ganancias de las empresas aisladas generales por la transferencia del trabajo se suelen equilibrar entre sí. En un país subdesarrollado las posibilidades de un equilibrio de este tipo son muy pequeñas, por no decir nulas. Aunque la sociedad como un todo se beneficiaría claramente con el aumento de habilidad de, cuando menos, algunos de sus miembros, los hombres de negocios no pueden exponerse a proporcionar la preparación que exige dicho aumento.

¿No podría lograrse el incremento necesario del producto total mediante una mejor utilización de la tierra, otro factor productivo sin emplear o inadecuadamente empleado?

Generalmente, no existe tierra que sea al mismo tiempo útil para finalidades agrícolas y accesible inmediatamente. Los terrenos que podrían cultivarse, pero que no se labran en realidad, exigen, generalmente, una inversión considerable antes de que se hallen a punto para la colonización. En los países subdesarrollados tales gastos con finalidades agrícolas son exactamente igual de inatractivos, para los intereses privados, que los gastos con finalidad industriales.

Por otra parte, un empleo más adecuado de la tierra que se está cultivando lleva consigo dificultades considerables Muy pocas mejoras de las que serían necesarias para incrementar la productividad pueden efectuarse dentro de los límites estrechos de las posesiones de los pequeños campesinos. Los campesinos de los pobres subdesarrollados no sólo son capaces de pagar dichas innovaciones, sino que el tamaño de sus fincas no ofrece justificación alguna para su improducción.

Los propietarios de fincas mayores se encuentran, en cierto sentido, en una posición que no es mejor. Con ahorros limitados a su disposición no cuentan con los fondos para financiar mejoras caras de sus empresas, y dichos proyectos tampoco parecen provechosos a la vista de los precios elevados del equipo importado en relación con los precios del producto agrícola y de los salarios del trabajo en el Campo.

Planteado el problema a través de la agricultura, la expansión del producto total parece ser alcanzable únicamente por medio del aumento de la productividad industrial, podría ponerse al alcance del productor agrícola la maquinaria adecuada, los fertilizantes, la fuerza eléctrica, etc., Únicamente por medio de una mayor demanda de trabajo podrían aumentarse los salarios agrícolas y podría proveerse el estímulo para la modernización de la economía agraria. Únicamente por medio del aumento de la producción industrial el trabajo agrícola desplazado por la maquinaria podría absorberse en empleos productivos.

En todo caso, las estructuras monopolistas del mercado, la escasez, de ahorro, la falta de economías externas y la divergencia de las racionalidades privadas y sociales no agotan la lista de obstáculos que bloquean la marcha de la expansión de la industria privada en los países subdesarrollados. Estos obstáculos deben considerarse junto al trasfondo del sentimiento general de incertidumbre que prevalece en todas las zonas subdesarrolladas. La coalición de las clases propietarias, formada bajo la coalición del miedo y mantenida por el peligro real o imaginario de levantamientos sociales, provoca continuamente alborotos más o menos amenazadores bajo la superficie política exteriormente en calma. Las tensiones políticas y sociales a las que responde políticamente la coalición no se liquidan por el sistema predominante; sólo se reprimen. Por muy normal y tranquila que suela aparecer la rutina cotidiana, los miembros más ilustrados e inteligentes de los grupos gobernantes de los países subdesarrollados sienten la inestabilidad intrínseca del orden político y social. Algunas explosiones ocasionales de insatisfacción popular, que adoptan la forma de revueltas campesinas, huelgas violentas o guerrillas locales, sirven de tiempo en tiempo de recordatorio ceñudo de la crisis latente.

En un clima semejante no hay voluntad de invertir por parte de los adinerados; en un clima semejante no hay entusiasmo para los proyectos a largo plazo; en un clima semejante la divisa de todos los participantes de los privilegios ofrecidos por la sociedad es carpe diem.

¿Acaso no podría cambiar el clima político y facilitar el crecimiento económico una política apropiada por parte de los Gobiernos implicados? En nuestro tiempo, en el que la fe en la omnipotencia manipuladora del Estado ha acabado por desplazar el análisis de su estructura social y la comprensión de sus funciones políticas y económicas, la tendencia es obviamente la de responder a estas cuestiones de un modo afirmativo.

Considerando la cuestión de una manera puramente mecánica, parecería, en efecto, que muchos puede hacerse, por un régimen bien asesorado de un país subdesarrollado, para dar lugar a un aumento relativamente rápido del producto total, acompañado de una mejora del nivel de vida de la población. Existe un cierto número de medidas que el Gobierno podría tomar en un esfuerzo para superar el atraso. Podría adoptarse una política fiscal que, mediante levas de capital y un sistema impositivo altamente progresivo, aspirase todo el excedente de poder de compra y eliminase de este modo todo consumo no esencial. Este ahorro forzoso podría canalizarse por el Gobierno hacia la inversión productiva. El Estado podría organizar centrales eléctricas, ferrocarriles, autopistas, sistemas de riego y mejoras del suelo con la idea de crear un ambiente económico conducente al aumento de la productividad. Podrían constituirse, por parte de la autoridad pública, escuelas técnicas de diversos niveles para suministrar preparación industrial a los jóvenes, así como a los obreros adultos y a los desocupados. Podría introducirse un sistema de becas que hiciese accesible la adquisición de habilidades a los estratos de renta más baja.

En los casos en que el capital privado no se decidiese a emprender ciertos proyectos industriales, o en los casos en que los controles monopolistas bloqueasen la expansión necesaria de plantas y facilidades en determinadas industrias, el Gobierno podría entrar en acción realizando las inversiones necesarias.

En los casos en que las posibilidades de desarrollo que son remunerativas a largo plazo no parecen rentables durante el período inicial de gestación y de enseñanza, encontrándose, por tanto, más allá del horizonte de los hombres de negocios privados, el Gobierno podría decidirse a cargar con las pérdidas a corto plazo.

Además, se encuentra a disposición de las autoridades un arsenal entero de artificios “preventivos”. Las presiones inflacionistas resultantes de las actividades de desarrollo (privadas y públicas) podrían reducirse, o incluso eliminarse, si los gastos en los proyectos de inversión pudiesen contrarrestarse mediante una contracción simultánea y correspondiente de los gastos en cualquier otro lugar del sistema económico. Esto exigiría una política fiscal que eliminase, efectivamente, de la corriente de renta cantidades suficientes para neutralizar la expansión causada por la inversión de la renta monetaria total.

En el ínterin, y de un modo suplementario, podrían suprimirse la especulación de bienes casos y las ganancias excesivas en las mercancías esenciales por medio de controles de precios rigurosos. Podría asegurarse por medio del racionamiento una distribución equitativa de los bienes de consumo masivo de oferta escasa. Podría evitarse la distracción de recursos debida a la elevada demanda de artículos de lujo por medio de esquemas de asignación y prioridad.

La supervisión estricta de las transacciones que impliquen divisas podría hacer imposible la evasión de capital, los gastos de los limitados fondos exteriores en importaciones de lujo, los viajes de placer por el extranjero y otras cosas semejantes.

La combinación de estas medidas lograría un cambio radical en la estructura de la demanda efectiva del país subdesarrollado y una redistribución de los recursos reproductivos para satisfacer la necesidad de la sociedad de desarrollo económico. Reduciendo el consumo de los grupos de renta más elevada podrían aumentarse notablemente las cantidades de ahorro disponibles para finalidades inversoras. Podría evitarse el despilfarro de las provisiones limitadas de divisas en evasiones de capital o en importación de bienes y servicios extranjeros redundantes, y los fondos exteriores ahorrados de este modo podrían utilizarse para la Adquisición de maquinaria extranjera necesaria para el desarrollo económico. Se evitaría que la remisión de los intereses privados para comprometerse en empresas que son necesarias socialmente, pero acaso no prometen pingües rendimientos a corto plazo, determinase la vida económica del país atrasado.

La simple enumeración de las medidas que habría que emprender, con el fin de asegurar una expansión del producto y de la renta de un país subdesarrollado, revela la clara implausibilidad de la idea de que podrían ser llevadas a efecto por los Gobiernos que existen en la mayoría de los países subdesarrollados. La razón de esta incapacidad es sólo, en medida inapreciable la inexistencia de la administración civil competente y honrada necesaria para el programa. Aunque se aun síntoma del marasmo social y político que prevalece en los países subdesarrollados, esta falta no puede remediarse sin atacar a las causas subyacentes. Tampoco se acerca a las raíces de la cuestión el lamentarse de la carencia de una política fiscal satisfactoria en los países atrasados o el deplorar la ausencia de “moral” y “disciplina” fiscales entre las virtudes cívicas de su población

El hecho crucial que hace ilusoria la realización de un programa de desarrollo es la estructura social y política de los Gobiernos que se hallan en el Poder. La alianza de las clases propietarias que controlan los destinos de la mayoría de los países subdesarrollados no proyectará ni ejecutará, según es de esperar, un conjunto de medidas que van contra todos y cada uno de sus intereses adquiridos e inmediatos. Si se anuncian oficialmente, para apaciguar al público impaciente, algunos modelos de medidas progresivas, tales como una reforma agraria, una legislación fiscal equitativa, etc., su entrada en vigor se sabotea con todas las fuerzas. El Gobierno que representa un compromiso político entre los intereses terratenientes y los del mundo de los negocios no puede suprimir la administración ruinosa de los latifundios ni el consumo conspicuo por parte de las aristócratas; tampoco puede suprimir los abusos monopolistas, el estraperlo, las evasiones de capital y la vida extravagante por parte de los hombres de negocios. No puede reducir ni abandonar sus asignaciones pródigas a la institución militar y policial, que proporcionan carreras atractivas a los vástagos de las familias acaudalas y una salida ventajosa para los armamentos producidos por sus padres dejando de lado el hecho de que estas instituciones sirven como protección principal contra una posible revuelta popular. Establecidas para guardar y garantizar los derechos de propiedad y los privilegios existentes, estas instituciones no pueden convertirse en arquitectos de una política calculada para destituir los privilegios que obstruyen la vía del progreso económico y para poner a la propiedad y a las rentas derivadas de la misma al servicio de la sociedad como un todo.

Tampoco hay mucho que decir en cuanto a la posición “intermedia”. que, aceptando la incompatibilidad esencial de un programa de desarrollo bien concebido y ejecutado vigorosamente con las instituciones sociales y políticas que prevalecen en la mayoría de los países subdesarrollados, insiste en que, por lo menos, podrían llevarse a efecto algunas de las medidas necesarias por parte de las autoridades políticas existentes. Esta escuela de pensamiento no observa, en absoluto, la debilidad, por no decir la ausencia total de fuerzas políticas y sociales que pudiesen inducir a las concesiones necesarias por parte de la coalición de gobierno. Por su educación social y política, demasiado miope e interesada para permitir la más ligera usurpación de sus posiciones heredadas y de sus queridos privilegios, las clases superiores de los países subdesarrollados resisten encarnizadamente a todas las presiones en este sentido. Cada vez que dichas presiones cobran fuerza consiguen cimentar de nuevo la alianza de todos los elementos conservadores, desacreditando todas las tentativas de reforma como asaltos a los fundamentos mismos de la sociedad.

Aunque los corrompidos funcionarios, que actúan en las comunidades del mundo de los negocios, desprovistas de moral, de los países subdesarrollados, pudiesen hacen cumplir medidas como la imposición progresiva, las levas de capital y los controles de cambio exterior, dicho cumplimiento se opondría, en gran medida, a su propósito original. Donde los hombres de negocios no invierten, a menos que se esperen beneficios pródigos, un sistema fiscal que logre confiscar una buena parte de estos beneficios, está llamado a matar a la inversión privada. Donde la industria, el comercio o la posesión de fincas son atractivos principalmente porque permiten una vida lujosa, los controles del cambio exterior que eviten la importación de artículos de lujo están llamados a marchitar al espíritu de empresa. Donde el único estímulo para un trabajo firme por parte de los intelectuales, técnicos y funcionarios civiles consiste en la posibilidad de participar en los privilegios de la clase dominante, una política que apunta a la reducción de la desigualdad de status social y de renta está llamada a reducir los esfuerzos.

La inyección de planificación en una sociedad, que vive en el crepúsculo entre feudalismo y capitalismo, no puede dar como resultado más que una mayor corrupción, evasiones más amplias y más arteras de la ley y abusos de autoridad más desvergonzados.

Parecería que no existe salida de este callejón. La coalición dominante de intereses no abdica por su propia voluntad ni cambia su carácter en respuesta a un conjuro. Aunque sus miembros individuales puedan abandonar física o financieramente (o de los dos modos) el barco que se hunde, las clases propietarias, como un todo, están determinadas generalmente a mantenerse a toda costa en sus trincheras políticas y económicas.

Si la amenaza de convulsión social adquiere proporciones peligrosas aprietan su mano sobre la vida política y avanzan rápidamente en la dirección de una reacción desenfrenada y de la dictadura militar. Utilizando las oportunidades internacionales favorables y las afinidades ideológicas y sociales con los grupos dominantes en otros países, solicitan ayuda exterior económica y, a veces, militar, en un esfuerzo por rechazar el desaste que prende amenazador.

Es probable que dicha ayuda les sea concedida por Gobiernos extranjeros que les consideran como un mal al que hay que temer menos que a la revolución social que les expulsaría del Poder. Esta actitud de sus amigos y protectores del extranjero no es menos corta de vista que la suya propia.

El ajuste de las condiciones políticas y sociales de los países subdesarrollados a las necesidades urgentes del desarrollo económico puede aplazarse, pero no puede evitarse indefinidamente. En el pasado podía posponerse durante décadas o incluso siglos. En nuestro tiempo es cuestión de años. La ayuda al sistema de poder político existente en los países atrasados, proporcionándole apoyo militar, puede bloquear temporalmente la erupción del volcán, pero no puede detener la formación subterránea de fuerzas cada vez más explosivas.

La ayuda económica en forma de préstamos y donativos concedidos a los Gobiernos de los países atrasados, para permitirles promover una cierta medida de progreso económico.

De hecho, dicha ayuda puede en realidad, hacer más mal que bien. Al permitir posiblemente la importación de algo de maquinaria y equipo extranjero para proyectos de inversión gubernamentales o patrocinados por la industria local, pero sin que les acompañe ninguna de las medidas que son necesarias para asegurar un crecimiento económico saludable, la ayuda exterior suministrada de este modo puede poner en marcha una espiral inflacionista que aumente y agrave las tensiones sociales y económicas existentes en los países subdesarrollados.

Si estos préstamos o donativos del extranjero, como suele ocurrir con frecuencia, están sujetos al cumplimiento de ciertas condiciones por parte del país que lo recibe en relación con su empleo, la inversión resultante puede estar dirigida de tal modo que concuerde más con los intereses del país prestamista que con los del prestatario. Cuando se proporciona asesoría económica como forma de “ayuda técnica” al país subdesarrollado, y cuando su aceptación se considera como requisito previo para la posibilidad de ayuda financiera, esta asesoría empuja a menudo a los Gobiernos de los países subdesarrollados hacia políticas atractivas, ideológicamente o de otro modo, para los expertos extranjeros que dan los consejos económicos, pero que no son conducentes necesariamente al desarrollo económico de los países “beneficiados”. De este modo se fortalecen el nacionalismo y la xenofobia en las zonas atrasadas, con lo que se obtiene un combustible adicional para la inquietud política. Para que los países atrasados entren en la vía del crecimiento económico y del progreso social tiene que remozarse drásticamente la estructura política de su existencia. Tiene que romperse la alianza entre señores feudales realistas, industriales y las clases medias capitalistas. Los conservadores del pasado no pueden ser los constructores del futuro. Los elementos progresistas y emprendedores que existen en las sociedades atrasadas tienen que obtener la posibilidad de dirigir a sus países hacia el progreso económico y social.

Lo que Francia, Gran Bretaña y América lograron por medio de sus propias revoluciones tiene que lograrse en los países atrasados por un esfuerzo conjunto de las fuerzas populares, del Gobierno ilustrado y de la ayuda exterior desinteresada. Este esfuerzo conjunto debe barrer las instituciones de una edad difunta, debe cambiar el clima político y social de los países subdesarrollados y debe imbuir a sus naciones un espíritu nuevo de empresa y libertad.

Si resulta demasiado tarde en el proceso histórico para que la burguesía haga frente a sus responsabilidades en las zonas atrasadas, si la prolongada experiencia de servidumbre y acomodación al pasado feudal han reducido a las fuerzas del capitalismo progresivo a la impotencia, los países atrasados del mundo se volverán, inevitablemente, hacia la planificación económica y el colectivismo social. Si la visión del mundo capitalista de progreso económico y social, impulsada por el interés propio ilustrado, se demuestra incapaz de triunfar sobre el conservadurismo de posiciones heredadas y de privilegios tradicionales; si la promesa capitalista de ascenso y remuneración al eficiente, al industrioso y al capaz no desplaza al seguro feudal de tranquilidad y poder para los bien nacidos, los bien relacionados y los conformistas, un nuevo ethos social se convertirá en el espíritu y guía de la nueva edad. Será el ethos de esfuerzo colectivo, el credo del predominio de los intereses de la sociedad sobre los intereses de unos cuantos elegidos.

La transición puede ser abrupta y dolorosa. La tierra que no se ha dado a los campesinos legalmente puede ser arrancada por ellos por la fuerza. Las rentas elevadas que no han sido confiscadas por medio de impuestos pueden quedar eliminadas por la expropiación pura y simple. Los funcionarios corrompidos que no han sido expulsados de un modo ordenado pueden ser eliminados por la acción violenta.

Hacia dónde marchará la rueda histórica y de qué modo encontrarán su solución final las crisis de los países subdesarrollados dependerá, principalmente, de las clases medias capitalistas de las zonas atrasadas y los gobernantes de las naciones adelantadas e industriales sepan superar sus temores y su miopía. ¿O están tan hechizados por sus intereses egoístas, concebidos estrechamente, tan ciegos por su odio al progreso, tan seniles en estos últimos días de la era capitalista, como para suicidarse por miedo a la muerte?

Autor: Paul A. Baran

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La legitimación del miedo


“La única cosa a la que hay que tener miedo es al miedo mismo”. Esta máxima famosa, repetida cada vez durante cada crisis, después de cada catástrofe, fue pronunciada en 1933 por el presidente Franklin Roosevelt, al inicio de su primer mandato. Era su respuesta al colapso del sistema financiero (banca, mercado y empleo) y al miedo paralizante de la Gran Depresión. Esta simple frase infundió nueva esperanza.

¿Por qué? Se trata de un mecanismo retórico de banal optimismo o a lo mejor es un profundo “Koan”. Intentemos analizarlo.
Sobre todo, la afirmación evita afrontar los miedos presentes en ese momento, nombrándolos o revelándolos, cualquiera que sean y ubica la atención sobre el fenómeno del miedo en sí: el fenómeno, el concepto, la emoción que toma el nombre de “miedo”. Roosevelt afrontó la crisis con la psicología, llevando el ansia contagiosa de la sociedad americana al terreno de la psique.

Pretendo seguir el recorrido trazado por Roosevelt, preguntándome en primer lugar y en calidad de psicólogo, que lugar ocupa el miedo en la naturaleza humana, qué valor tiene para el alma y después , como psicólogo-filósofo, interrogarme sobre el lugar y valor que ocupa en el cosmos. Y si lo tiene, cuál es la legitimidad humana y cósmica del miedo.

La legitimidad del miedo está atestiguada por la biología evolucionista, demostrada por Darwin en su estudio de las emociones en el hombre y en los animales, analizada por la psicología fisiológica como “startle response” (respuesta alimento - sobresalto) y fight-or-reactions” (reacción de lucha o fuga) en un sujeto estimulado, y descrita por los psicólogos y filósofos , desde Aristóteles hasta William James, en términos de eventos fisiológicos universales, refiriéndose a esfínteres, circulación, extremidades, ojos, rodillas, expresiones faciales etc. Además al miedo le han atribuido un gran valor los moralistas, desde Platón (Leyes 791b)) hasta Emerson, por la función desempeñada en la superación del miedo, desde la virtud a la esperanza, el coraje y la disciplina estoica.

La ideología utópica, como las “Cuatro Libertades” proclamadas por Roosevelt, consideraba al ser libre de miedo un objetivo para la sociedad. Así pues, aquí no nos ocuparemos del análisis del comportamiento, de visiones antropológicas, morales o genéticas, ni del mapa del cerebro. Comenzaremos desde el nivel propuesto por Roosevelt: porque aquello a lo que debemos tener es al miedo mismo.

Antes de empezar, debemos reconocer en el miedo, su valor evidente en términos de supervivencia, su legitimación manifiesta.

A los niños les enseñamos a tener miedo, y no al contrario: miedo de los rayos, de los perros poco amigables y del tráfico. Sin el miedo caminaríamos tranquilamente en medio de los coches en hora punta, sin miedo estaríamos a la intemperie bajo una tormenta eléctrica , y sin miedo nos acercaríamos a un perro con aspecto amenazador para acariciarle la cabeza.

El miedo nos mantiene vivos y nos hace concientes del peligro. La autoconservación es la primera ley de la naturaleza, nos la han enseñado mucho tiempo antes que de este concepto hiciese un uso abusivo el darwinismo social, que puso la Ley al servicio de la tiranía económica y que posteriormente fue simplificada y brutalizada reduciéndola al “gen egoísta”. Sin embargo, la autoconservación es la primera legitimación del miedo.

Entonces, porque temer al miedo?? Evidentemente Roosevelt se refería a alguna cosa más importante, no a los peligros de los cuales el miedo nos protege, (el perro, el tráfico), sino al peligro representado por el miedo mismo.

Este peligro fue explicado por Jean Paul Sartre que escribe “La verdadera emoción, (por ejemplo el miedo)… está acompañada por la creencia. Las cualidades proyectadas sobre los objetos son tomadas como verdaderas” . Y además “La conciencia es prisionera de su propia trampa. Esto ocurre porque vive el mundo (por ej. mediante el miedo) creyendo en eso, y queda prisionera de su propia creencia “… las cualidades que la emoción confiere al objeto y al mundo, las confiere “ad aeternum” .

Si tengo miedo de algo, de alguien, a quien la emoción le confirió la cualidad de horrible (por ej. un terrorista suicida, un bandido enmascarado, un policia en uniforme o un soldado con un arma automática), esto “horrible”, está ahora dentro de la cosa, en el corazón de la cosa…. De este modo una cualidad poderosa y definitiva de la cosa se revela a nosotros mediante la emoción. Y esto es lo que supera y sostiene nuestro (miedo) emoción.
Los eventos fisiológicos que son esenciales para el miedo (por ej. cuando una inmigrante apenas llegada encuentra un grupo de jóvenes varones blancos en la esquina oscura de una calle y se le hiela la sangre en las venas, el estomago se le contrae y no puede respirar) son una demostración , no de la verdad de sus percepciones relativas a los hombres y de sus malos presentimientos, sino de la realidad verdadera del miedo, esto que Sartre llama “lo serio” de la emoción : las emociones ejercitan un poder innegable sobre el alma, cualquiera que sean las causas que la provocan.

Spinoza aclara la naturaleza de estas convicciones que raptan la conciencia en el instante en que se tiene miedo. No es la pura y simple percepción del miedo en cada esquina oscura en sí, sino, como escribe: “Si consideramos que podría suceder algo malo, esta forma entra en nuestra alma y la llamamos miedo”.
El toma las observaciones de Aristóteles sobre el coraje (Ética Nicómaca l115 a 10): “La persona además define el miedo como la expectativa del mal”. Porque “las cosas que tememos son cosas terribles y son… malas”.

El miedo cree que su objeto es espantoso. El objeto en si podría no ser espantoso, horrible, amenazante, porque como afirma Spinoza “cualquier cosa puede provocar miedo” . Exactamente como el deseo considera su propio objeto deseable, el disgusto considera su propio objeto asqueroso y repugnante, del mismo modo se comportan el odio, la envidia, etc. El mundo se transforma en los males que la creencia del miedo le ha conferido. Sartre considera” mágica” esta transformación. Una magia que nosotros conocemos muy bien por habernos enamorado, haber sentido celos y sospechas, odio criminal, envidia obsesiva.
Las palabras claves son “aquello que podría suceder”, “previsión” y como escribe Sartre “lo horrible no es solo el estado actual de la cosa (aquel rayo, el perro que avanza, el trafico frenético) lo horrible (la “expectativa del mal”) esta impregnado de futuro; se extiende hacia todo el futuro , y lo oscuro es una revelación del significado del mundo”.

Estamos en un mundo de premoniciones mágicas, oscuras advertencias, suposiciones: todas basadas en el futuro. El miedo proyecta consecuencias que “podrían” fácilmente suceder, y sin embargo podrían , al contrario, ser completamente imaginarias (el perro me arrancará la garganta, el rayo me fulminará, seré atropellado por un coche ). La psicología clínica habla de “proyecciones”. La psicopatología usa los términos ilusión, manía, paranoia.
En consecuencia, una emoción no solo confiere solidez, sustancia y representa fielmente las cualidades del objeto del que tengo miedo; además, creer en esta cualidad me empuja a la acción. El filosofo británico Bertrand Rusell, en su análisis de las creencias afirma que “un contenido se considera creído o aceptado, cuando nos empuja a actuar.

Personificamos nuestras convicciones. Nuestras acciones derivan de aquello en lo cual creemos y nos moldean .Cuanto mas fuerte es la convicción la acción toma mayor iniciativa, más nos sentimos motivados y nuestra visión se hace mas segura, justificada y concentrada. Citando nuevamente a Sartre: “creer supera y sostiene nuestra emoción”, sugiriendo que si la convicción pudiera ser eliminada, el miedo aflojaría su presión aterrorizante.

Cuando Aristóteles afirma que el miedo “une a los enemigos” Política 1304 b23) y “ayuda a preservar el Estado”(1308 a 26) se refiere probablemente a los momentos espontáneos de cohesión social que se verifican después de una catástrofe, cuando una corriente positiva de asistencia recíproca se difunde entre los ciudadanos de un Estado, Pero la corriente puede ser también de tipo hobbesiano; puede actuar negativamente transformando a los individuos en sospechosas unidades aisladas (sospechosos mutuos), el uno contra el otro. En consecuencia, el Estado no puede basarse en el temor en cuanto a tal; debe difundir convicciones que “superen y sostengan la emoción” con el fin de unificar el Estado. El Estado sistematiza y refuerza las convicciones con la propaganda de cosas espantosas inventadas con el fin de conservar la fuerza motriz del miedo. De este modo el Estado legitima el miedo y se legitima como protector del mismo miedo que refuerza. En vez de ciudadanos, tenemos la masa (Canetti) y la acción que deriva de la convicción de la masa.

Hemos llegado al punto en que podemos re-formular la afirmación de Roosevelt: “A lo único que debemos tener miedo es a las convicciones del miedo”.
No os dejes encantar por vuestros malos presentimientos. No dejeis que vuestro mundo se transforme en los males proyectados por vuestro miedo. La pérdida de la casa, del trabajo, la productividad; el Banco que os quita los ahorros, requisitos por ley y coberturas de débito, el gobierno que no es capaz de ayudaros y nadie a quien a dirigirse… Roosevelt no tuvo en cuenta estos problemas reales, no dio pie a confirmar la paranoia y afrontó estos males como imaginarios, como proyecciones.

Sí, creer en lo que está por suceder, en el futuro, desde lo que el miedo esta proyectando es serio, porque lo sentimos con un nudo en el estomago, nos notamos los pies fríos o nos quedamos lívidos y , aunque es reafirmado y confirmado en masa , hay que recordar que se trata de una magia, la magia del creer.

Permítanme, para concluir, entrar por otro camino para tratar de llegar a la comprensión de una manera diferente, preguntando de nuevo cual es la importancia del miedo y por qué ante todo, se encuentra en el alma humana. Cual es su status para el alma, su sentido y su fundamental legitimación.
Mi siguiente máxima viene de una poetisa y autora de novelas contemporáneas, Mermer Blakeslee, que ha estudiado el miedo concretamente y muy de cerca, en calidad de jefa instructora del equipo nacional olímpico de esquí: aquellos individuos que se lanzan hacia abajo por la pendiente hacia la victoria o hacia gravísimas lesiones. En la conclusión de su estudio del miedo al límite extremo escribe: “Es el miedo quien exprime, desde nuestras limitaciones, el vino envejecido de la humildad, mientras afrontamos las implacables certezas del mundo”.

El miedo está implantado en nuestros corazones y músculos (hoy la definición correcta sería “informaciones” contenidas en nuestros “genes”)- como una suerte de reconocimiento – el reconocimiento de la humildad “frente a las implacables certezas del mundo”.

El “vino envejecido de la humildad” es la sabiduría esencial enseñada ya sea por la tradición hebraica como por la helénica. “"El temor de Dios es el inicio del conocimiento” (daath), ya esta escrito en los Proverbios y se manifiesta también como mensaje principal de la épica y de la tragedia griega clásica. El miedo estimula la humildad humana que salva de la hybris.
La relación con las certezas implacables, los dioses no estaban representados por el amor sino por la humildad, permaneciendo dentro de los confines mortales, retrayéndose en el movimiento físico primordial que lleva a la reflexión (reflectere, plegarse hacia adentro).

Decimos así: El miedo es la prudencia primordial, la sabiduría de la premonición animal a nivel celular. La restricción del perímetro equivale a permanecer dentro de los límites y esta prudencia primordial llega junto con la vida, así también como sus hechos implacables.

El instintivo y mudo consejo del miedo opera como un ángel custodio. Según la leyenda hebrea (Ginsburg V. 417) así como existen ángeles de Gracia y ángeles de Amor, existen también los ángeles del Miedo y del Temor.
La idea del miedo como ángel que instruye ha sido elaborada por el filosofo moderno Kemp-Smith poco tiempo antes de su muerte. Este ángel parece facilitar la comprensión de la vida en el mundo, aquello que yo llamo legitimación cósmica del miedo.

Esta comprensión se hace mas clara quizás en el budismo y en su Mudra, los gestos rituales de las manos, uno de los cuales, ampliamente difundido, se llama “No temer” , y se practica porque , según la explicación de un medico japonés , “El miedo es innato”, no solo en el hombre sino en todo lo que existe. Los pájaros, los animales de cada especie, los hombres, el sol, la luna, el mundo viven continuamente en el terror….es aquello que los budistas llaman “mundo pleno de miedo y terror.” M. Horiou Toki, "Si-do-in-dzou, Gestes de l´ Officiant", Ann.Museo Guimet, Bibl.d´Etudes, París, 1899.

La experiencia personal del miedo puede ser provocada por cualquier cosa, como afirma Spinoza .Si el miedo es un potencial, transmitido con los hechos del cosmos, entonces está secretamente presente en todas partes, los mundos (los mundos viven en el continuo terror). Cuando ustedes, yo o cualquier otra criatura sentimos imprevistamente la presencia del miedo estamos sin preámbulos en contacto directo con el cosmos, presos de la verdad y la realidad según la cual todas las cosas cambian, todo pasa y nada puede ser considerado eterno.

La llave de acceso a la seguridad no esta representada por la previsibilidad calculada sino por los pequeños presagios del miedo. Porque consumimos y somos consumidos por el gran incendio de la existencia, el fuego de Heráclito, que cabalga los lentos, imperceptibles temblores de una tierra sacudida. En consecuencia, las plataformas de seguridad, los llamados al coraje moral, la combatividad represiva para tener a raya o controlado el miedo alejan nuestras facultades mentales del efectivo ángel de la guarda que nos sostiene, para citar a Kierkegaard, “temerosos, temblorosos y en libertad!”.

Libertad. Que extraño. Cada uno de nosotros sabe muy bien que el miedo aprisiona y paraliza, impidiendo el más simple movimiento, como cuando buscamos, en vano, pedir ayuda durante una pesadilla. Y sin embargo ese bloqueo momentáneo nos ofrece la primera libertad: Ser conciente de aquella negación total que los seres humanos han llamado “muerte”, que estamos destinados a nada menos que a la muerte, lo incomprensible desconocido. Esta negación, la muerte, representa la única necesidad: no hay ninguna obligaron ontológica sino aquella de morir. Ejemplos de este conocimiento, de aceptar que la última obligación sea la negación, y consecuencia de esta universal “implacable certeza”, son el héroe que desafía la muerte y el terrorista suicida, figuras radicalmente extremas.

En otras palabras, afrontamos el miedo del terrorismo y las catástrofes comprendiendo la psicología de la libertad, la libertad ligada a la negación, conferida por la negación y paradojalmente liberada por el miedo de la negación, como sugiere la famosa afirmación de Spinoza : “El hombre libre de cualquier cosa piensa en la muerte”.(E IV) O bien como escribe Kierkegaard “… Se debería vivir como si se estuviera ya muerto”.

En lugar de nombrar al Gran Incomprensible damos un nombre a las personas y a las cosas desconocidas. Ese vacío se llena de cosacos, albaneses, hebreos, armenios, serbios, turcos, árabes, africanos, legionarios franceses, marines americanos: un desfile infinito de imágenes enemigas que nuestra convicción ha denominado “mal”.

“La conciencia es prisionera de su propia trampa” , como dice Sartre, “porque el mundo que vive creyendo en eso es prisionero de su propia creencia”. “Si tengo miedo de algo, de alguien a quien la emoción ha conferido la cualidad de horrible, esto “horrible” esta ahora impregnando al objeto, en el corazón mismo de la cosa”.

Exactamente aquello que había dicho Aristóteles: “las personas definen el miedo como la expectativa del Mal”.

La historia del terror y del genocidio es la historia de éstos fantasmas representados literalmente, que se levantan del espantoso abismo del Incomprensible Innombrable. El verdadero miedo es aquel hacia la Nada. Como ha explicado Roosevelt en su máxima, no hay ninguna cosa a la cual temer. Y sin embargo, nombrando un enemigo, puedo ignorar que esta misma designación representa el mal de temer porque restringe el campo y empuja hacia acciones hostiles, confirmando entonces la descripción del fanatismo hecha por Santayana: “Reforzar los esfuerzos y perder de vista el objetivo”. En la ilusoria comodidad de la seguridad maníaca, pierdo la libertad.

Sin embargo este camino existencialista, con sus categorías de temor, angustia, la nada, no es la única manera de imaginar la relación entre miedo y libertad. Podemos también seguir al ángel legendario. Los ángeles son fantasías, voces aladas, mensajes (aggelos: mensajero griego) y según el diccionario de Oxford, son “más potentes e inteligentes que el ser humano”. Podemos imaginar a los ángeles como configuraciones de la imaginación que acompaña las emociones, las imágenes que vuelan en la mente en los momentos de miedo.

Cuando Kierkegaard relaciona el temor a la revelación de la libertad humana, podemos redefinir esta relación como la libertad conferida por el ángel del Temor, los mensajes alados de la imaginación. “La imaginación es la compensación de la naturaleza” ha dicho Goethe. Mas allá de la implacable certeza, que nos posee y paraliza nuestra naturaleza, esta la imaginación, la componente angélica del temor que puede liberar el alma de la magia de su cerramiento defensivo, permitiendo reconocer las convicciones como proyecciones, como imágenes de la propia imaginación.

Por eso el remedio de Amos Oz para el fanatismo, la principal fuente de miedo de la sociedad desde Timor Este a Sri Lanka oriental, de Rangoon a Darfur, hasta la metropolitana Londres o a Estados Unidos, es entonces la cura de la imaginación. Oz escribe: “Trato de mejorar nuestra capacidad de compenetrarme con el otro, a todos los niveles…. incluso en lo mas sencillo; imaginando al otro exactamente en el momento en el que creo que tengo razón al cien por ciento. Incluso cuando se tiene razón al ciento por ciento y el otro se ha equivocado en el ciento por ciento, también en ese momento es útil imaginar al otro” (How to Cure a Fanatic).

Es la libertad de la garantía de la creencia, de la rigidez de la proyección. Es la formula de Amos Oz, a través del vino envejecido con humildad, comenzando a conocer lo que ignoramos, de lo cual proviene el miedo. Imaginar otorga libertad ante la magia de la certeza, gracias al reconocimiento de que las convicciones se forman inicialmente como imágenes y son siempre imágenes, imagenes que han perdido las alas y han caído convirtiéndose en verdad. El aspecto angélico de los seres humanos es la imaginación sin límites.

Autor: James Hillman

Traducción: AnaLuisa Primo, Silvia Lebrero, Silvia Tarragó

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La flauta mágica: Escenificaciones de lo político

Hacer ver es un aspecto consustancial al orden político. Éste actúa en la esfera de la representación: no existe el poder más que "en la escena" Balandier (1980). Cualquiera que sea el régimen adoptado, los protagonistas del juego político se presentan como delegados de la sociedad entera.

La legitimidad es una cualidad asumida por el poder. Su tarea es remitir a la colectividad que encarna una imagen de coherencia y de cohesión. El poder representa, en un doble sentido, como portavoz de un individuo o un grupo y en cuanto pone en espectáculo el universo del que procede y cuya permanencia asegura.

La dramaturgia política toma hoy en día unas formas más familiares pero no disminuye en absoluto la distancia que separa al pueblo de sus gobernantes. Al contrario, tiende a ahondarse el foso entre el
universo de los hombres públicos y la vida diaria de los simples ciudadanos.

Hay todo un conjunto de rituales que trazan un círculo mágico en torno a los gobernantes haciéndolos inalcanzables precisamente en la época en que los adelantos mediáticos nos permiten captar su imagen con una comodidad sin igual.

Estas escenificaciones son inseparables de una concepción global de la representatividad según la cual la legitimidad y el territorio están íntimamente relacionados: para construir y mantener esta legitimidad se reactivan los ritos que apelan a la nación y a su memoria y se materializan por medio de la bandera, las medallas y las referencias a la nación que salpican los discursos, un sistema de valores patrióticos comunes.

No es de extrañar pues, que los gobernantes se entreguen a estas prácticas cuya funcionalidad puede parecer dudosa al que lo ve desde fuera. Estos ritos proporcionan material para una doble operación política: por un lado, la expresión de una fuerte cohesión entre los gobernados que manifiestan su apego a unos valores, a unos símbolos y a una historia común; por otro, la reafirmación de la aceptación colectiva del poder establecido y de los que lo encarnan.

Hay otros grandes rituales que constituyen un elemento esencial en la vida política: los mítines y las manifestaciones callejeras. Estos ritos señalan los momentos en los que la vida política toma un rumbo más agitado. La manifestación en la calle ofrece la oportunidad de exhibir un simbolismo muy especial: si los ritos anteriormente citados se referían a valores de consenso, la manifestación enarbola los símbolos del antagonismo.

De entrada, el pueblo en la calle, las consignas, las pancartas. Se denuncia, se interpela, siempre hay un trasfondo de violencia. Se trata de una demostración de fuerza que se ordena según un plan muy preciso: la improvisación se filtra en un protocolo de acción que no se puede sustraer a las reglas colectivamente admitidas.

La misma observación se podría hacer respecto a otro rito de confrontación, el mitin político: "el mitin, en su desorden, en su agitación y quizá en su sometimiento, no deja de ser el arma predilecta del debate político de la campaña electoral".

Cada bando hace una demostración de poder: en el escenario, los oradores y dignatarios elegidos en función del lugar, las circunstancias y sus puestos jerárquicos en el partido. En la sala, un pueblo al que a veces se ha ido a buscar en un amplio perímetro. Todo gira en torno a la relación que se establece entre esta colectividad cuya tarea consiste en aplaudir, en gritar nombres y eslóganes, y los oficiantes cuya obligación es alentar constantemente el entusiasmo popular.

Efectos publicitarios, promesas, polémicas a las que responden aplausos o abucheos: el mitin
tiene que ser un verdadero espectáculo. La puesta en escena, el decorado, las músicas, las posturas, todo contribuye a la construcción de la identidad distintiva del candidato. El mitin tiene que ser un momento cumbre en el cual se ponen todos los medios para crear a la vez una comunión en torno al orador y expresar la firme voluntad de "hacer frente" y de "derrotar" a todos los demás candidatos, que para los participantes son adversarios.

Los mítines y las manifestaciones tienen en común con los rituales de consenso el hecho de que exigen una presencia física de los protagonistas; igualmente están localizados, se descomponen en una multiplicidad de secuencias, combinan palabras y símbolos no verbales: gestos, manipulación de objetos de valor simbólico, todo ello en una puesta en escena que integra el conjunto acción/discurso según un ordenamiento convencional.

Otra analogía: el aspecto religioso de estas ceremonias que remiten todas ellas a algo trascendente (la Nación, el Pueblo, la clase obrera); trascendencia que se evoca en el discurso del (o de los) oficiante o por medio de los símbolos empleados en estas ocasiones. También hay que destacar el aspecto propiamente religioso de la relación que se establece entre el oficiante y los fieles. Nos encontramos ante un ritual en toda la extensión de la palabra.

Fragmentación y repetición por un lado; dramatización por otro: todo contribuye a producir "la trampa de
pensamiento".

Igualmente encontramos en funcionamiento los cuatro ingredientes, sacralidad, territorio, primacía de los símbolos, y valores colectivos.

En la actualidad, el espectáculo político es inseparable del desarrollo de los grandes medios de comunicación. La gente participa en la historia que se está haciendo principalmente a través de la televisión. Las campañas electorales, los hechos y gestos de los gobernantes, los actos políticos relevantes, sólo adquieren toda su importancia si aparecen en nuestras pantallas. La producción de imágenes para el gran público ha creado una nueva dramaturgia. Una campaña electoral no logra todo
su impacto más que si su protagonista está seguro de "salir en la pantalla".

Los grandes mítines se organizan de manera que el mensaje tenga un eco televisivo inmediato. Hasta el estilo de estas reuniones termina por ser calcado al de las emisiones de televisión. Sucede que ahora la vida política está condenada a someterse a las reglas del juego mediático. El hombre público moderno quiere ser ante todo un buen comunicador: la elocuencia televisiva es sinónima de simplicidad: se le da tanta importancia a la forma como al contenido. Hay que saber "vender" un "producto" político.

Una de las consecuencias más claras de la inflación mediática es la trivialización del acto. La repetición de las imágenes, la omnipresencia de rostros y discursos conocidos produce un efecto de desgaste. La posibilidad de cambiar de un programa a otro tiende a hacer de la escena política un elemento más de un espectáculo de facetas múltiples en el que los partidos de fútbol o los programas de variedades tendrán más atractivo que un acto político. Para que lo político se imponga se requiere toda una dramaturgia. En período electoral, es necesario mantener cierta intriga, gracias a los sondeos y a las confrontaciones entre antagonistas, culminando todo esto en los programas en los que se dan a conocer los resultados electorales. Las elecciones se parecen cada vez más a los folletines en los que se enfrentan más las personalidades que las ideas.

Es significativo el desprecio que las cadenas de televisión americanas manifestaron por la convención republicana de 1996; éste fue debido principalmente al escaso carisma del candidato Bob Dole, a su incapacidad de conquistar a un público. En Francia, la batalla entre Jacques Chirac y Édouard Balladur en las elecciones presidenciales de 1995 atrajo el interés de los telespectadores porque se trataba de dos "amigos durante treinta años" y porque dio lugar a un espectacular vuelco cuando el candidato tanto tiempo considerado perdedor terminó por imponerse.

La televisión se ha convertido en una forma de expresión que permite no sólo retransmitir un acto, sino incluso crearlo. El viaje del Papa Juan Pablo II a su país de origen en 1979, un año después de su llegada al Vaticano, es un buen ejemplo de ejercicio de comunicación cuyo éxito rebasó toda expectativa. Incluso antes de que tuviera lugar, el viaje del Papa se había convertido en un símbolo que oponía dos interpretaciones contradictorias. Cada bando tenía como divisa una referencia histórica que debía orientar al público en su interpretación del acto: en uno, el asesinato de S. Estanislao y en el otro, la creación del Estado comunista. La visita del Papa supuso un duro golpe para el régimen.

El rito, a diferencia de un discurso, por crítico que fuera, quebrantaba los cimientos mismos de su legitimidad. Ofrecía en actos concretos la imagen de lo que podía ser otro tipo de comunidad política (en el caso, de la unión del Papa con sus fieles), hacía ver otra legitimidad posible. En resumen, el rito materializaba una alternativa. En este ejemplo se puede ver el impacto extraordinario de lo que es a la vez un ritual, un acto político y un acontecimiento mediático.

Claro está que, lejos de ser algo aislado, este tipo de manifestación pública es algo inherente a la acción política. Actuar y comunicar se confunden en algunos momentos cruciales que exigen una relación entre gobernantes y gobernados distinta de la que se da en la papeleta de voto. Se trata de una verdadera prueba de legitimidad. El viaje del Papa a Polonia produjo a través de los gestos y de las palabras de su protagonista un fuerte mensaje que desestabilizó al poder comunista, pese a no rebasar los límites de lo simbólico y lo ritual.

Es lo que Augé (1994: 94) llama "dispositivo ritual ampliado". Este dispositivo se caracteriza por la distancia entre el emisor y los destinatarios: no pretende solamente reproducir la situación existente, sino hacer que ésta evolucione. Este mensaje cuyas consecuencias geopolíticas fueron considerables, sólo podía causar impacto si se inscribía en una dramaturgia de conjunto. Totalmente inmerso en el universo televisivo, el viaje de Juan Pablo II a Polonia adquirió la dimensión de un acontecimiento planetario. Se les ofreció a los espectadores como un momento excepcional cuya retransmisión desorganizaba la programación habitual. El viaje fue tratado como una narración, con sus diferentes episodios y su progresión. El público estaba conteniendo la respiración delante de su pantalla, identificándose con el peregrino. Esta "presentación del Papa como viajero" (Dayan 1990) pone de relieve el poder de los medios de comunicación. La puesta en escena se ha convertido en un ingrediente esencial de la acción política. El viaje de Juan Pablo II no fue sólo una peregrinación, sino que cobró el sentido de una reconquista. No era el simple reflejo de una comparación de fuerzas, al fin y al cabo desfavorable al Vaticano. Todavía se recuerda la ocurrencia de Stalin: "el papa, ¿cuántas divisiones?". La estancia del papa en Polonia, tanto por su desarrollo como por su orquestación, produjo una situación nueva.

Aunque se suele oponer la representación y la acción, el espectáculo y la vida, cada vez es más evidente que la imagen es un aspecto constitutivo de "la realidad" política contemporánea. Ésta se somete a las reglas del juego de la comunicación. Se ha llegado a considerar el poder de la "pantalla" y de los medios de comunicación como lo opuesto al ritual bien arraigado de la escena política ancestral: en el primero, se prima la innovación, pues para estar presente en el escenario hay que renovar continuamente, a falta de mensaje, el soporte del mensaje; en el ritual político siempre se hace referencia a una tradición y de ésta toma todo su relieve implícita o explícitamente.

Otra diferencia característica: la comunicación moderna tiende a acentuar con fuerza la individualidad. El espectador frente a su pantalla espera ver surgir un rostro, está atento a una voz, a un tono: un buen líder es el que ha sabido construir esta "diferencia" con ayuda de los especialistas en marketing y en medios audiovisuales. Por el contrario, en el rito, el oficiante tiene tendencia a anularse para dejar que hablen mejor los símbolos, para que su acción se inscriba en un sistema de valores que está por encima de él y en una historia colectiva que todo lo engloba; lo que prima es el sistema de valores y de símbolos reactualizado por el acto ritual.

Un último aspecto importante de la comunicación política moderna es su carácter desterritorializado.
Un líder puede comunicar inmediatamente el mensaje que quiera al conjunto del planeta; ya no hay necesidad de desplazar a las masas. Cada cual vive la política en su sillón. Éste es otro elemento de contraste con las prácticas rituales a las que nos hemos referido, ya que en ellas está presente el factor territorio. Todas estas observaciones ponen de relieve la existencia de una especie de vacío entre la comunicación política moderna y los diferentes aspectos de los rituales que han prevalecido hasta ahora en las sociedades tradicionales: sacralidad, tradición, anulación relativa del individuo como soporte de los valores colectivos, territorialización de las prácticas; al menos a primera vista, pues se puede observar que las nuevas formas de comunicación política no reemplazan de manera mecánica a unas prácticas que han conservado intacta su vitalidad: las inauguraciones y las conmemoraciones no han desaparecido, y las manifestaciones y los mítines conservan su puesto en la vida política. No es que haya realmente una antinomia entre el trabajo ritual y la utilización de los medios de comunicación, ni mucho menos, pero cabe preguntarse si éstos últimos no favorecen la emergencia de nuevas formas que combinan los antiguos referentes y los procedimientos modernos. Esta cuestión tiene mucho que ver con la puesta en escena del poder y dicha combinación se ha podido demostrar (Balandier 1985, Rivière 1988, Augé 1995) en las puestas en escena del poder que tienen contenidos y formas simbólicas heterogéneas, referentes a contextos históricos distintos y desfasados.

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La esencia del neoliberalismo

Pierre BOURDIEU

El mundo económico ¿es realmente, como pretende la teoría dominante, un orden puro y perfecto, que desarrolla de manera implacable la lógica de sus consecuencias previsibles, y dispuesto a reprimir todas las transgresiones con las sanciones que inflige, bien de forma automática o bien - más excepcionalmente- por mediación de sus brazos armados, el FMI o la OCDE, y de las políticas que estos imponen: reducción del coste de la mano de obra, restricción del gasto público y flexibilización del mercado de trabajo? ¿Y si se tratara, en realidad, de la verificación de una utopía, el neoliberalismo, convertida de ese modo en programa político, pero una utopía que, con la ayuda de la teoría económica con la que se identifica, llega a pensarse como la descripción científica de lo real?
Esta teoría tutelar es una pura ficción matemática basada, desde su mismo origen, en una formidable abstracción, que, en nombre de una concepción tan estrecha de la racionalidad, identificada con la racionalidad individual, consiste en poner entre paréntesis las condiciones económicas y sociales respecto a las normas racionales y de las estructuras económicas y sociales que son la condición de su ejercicio.

Para percibir la dimensión de estos aspectos omitidos, basta pensar en el sistema de enseñanza, que jamás se tuvo en cuenta en tanto que tal en un momento en el que desempeña un papel determinante en la producción de bines y servicios, así como en la producción de los productores. De esta especie de pecado original, inscrito en el mito walrasiano (1) de la "teoría pura", derivan todas las carencias y las ausencias de la disciplina económica, y la obstinación fatal con la que se pega a la oposición arbitraria a la que da lugar, por su sola existencia entre la lógica propiamente económica, basada en la competencia y portadora de eficacia, y la lógica social, sometida a la regla de la equidad.

Dicho esto, esta "teoría" originariamente desocializada y "deshistorizada" tiñe hoy más que nunca los medios de convertirse en verdad, empíricamente verificable. En efecto, el discurso neoliberal no es un discurso como los otros. A la manera del discurso psiquiátrico en el sanatorio, según Erving Goffman (2), es un "discurso fuerte", que si es tan fuerte y tan difícil de combatir es porque dispone de todas las fuerzas de un mundo de relaciones de fuerza que él contribuye a hacer tal y como es, sobre todo orientando las opciones económicas de los que dominan las relaciones económicas y sumando así su propia fuerza, propiamente simbólica, a esas relaciones de fuerza. En nombre de ese programa científico de conocimiento, convertido en programa político de acción, se lleva a cabo un inmenso trabajo político (negado en tanto que es, en apariencia, puramente negativo) que trata de crear las condiciones de realización y de funcionamiento de la "teoría"; un programa de destrucción metódica de los colectivos.

El giro hacia la utopía neoliberal de un mercado puro y perfecto, posibilitado por la política de desregulación financiera, se realiza a través de la acción transformadora y, hay que decirlo muy claro, destructora de todas la medidas políticas (la más reciente de éstas es el A.M.I., Acuerdo Multilateral de Inversiones, destinado a proteger a las empresas extranjeras y sus inversiones contra los Estados nacionales), tendentes a poner en tela de juicio todas las estructuras colectivas capaces de obstaculizar la lógica del mercado puro : nación, cuyo margen de maniobra no deja de disminuir; grupos de trabajo con, por ejemplo, la individualización de los salarios y de las carreras en función de las competencias individuales y la atomización de los trabajadores, sindicatos, asociaciones, cooperativas; incluso familia, que, a través de la constitución de mercados por "clases de edad", pierde una parte de su control sobre el consumo.
El programa neoliberal, que extrae su fuerza social de la fuerza político - económica de aquellos cuyos intereses expresa (accionistas, operadores financieros, industriales, políticos conservadores o socialdemócratas convertidos a la deriva cómoda del laisser - faire, altos ejecutivos de las finanzas, tanto más empecinados en imponer una política que predica su propio ocaso cuanto que, a diferencia de los técnicos superiores de las empresas, no corren el peligro de pagar, eventualmente, sus consecuencias), tiende a favorecer globalmente el desfase entre las economías y las realidades sociales, y a construir de este modo, en la realidad, un sistema económico ajustado a la descripción teórica, es decir, una especie de máquina lógica, que se presenta como una cadena de restricciones que obligan a los agentes económicos.

La mundialización de los mercados financieros, junto al progreso de las técnicas de información, garantiza una movilidad sin precedentes de capitales y proporciona a los inversores, preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones, la posibilidad de comparar de manera permanente la rentabilidad de las más grandes empresas y de sancionar en consecuencia los fracasos relativos. Las propias empresas, colocadas bajo semejante amenaza permanente, deben de ajustarse de forma más o menos rápida a las exigencias de los mercados, so pena, como se ha dicho, de "perder la confianza de los mercados", y, al mismo tiempo, el apoyo de los accionistas que, preocupados por una rentabilidad a corto plazo, son cada vez más capaces de imponer su voluntad a los managers, fijarles normas (a través de las direcciones financieras) y de orientar sus políticas en materia de contratación, de empleo y de salarios.

De este modo se instaura el reino absoluto de la flexibilidad, con la extensión de los contratos temporales o los interinatos, y los "planes sociales" reiterados y, en el propio seno de la empresa, la competencia entre filiales autónomas, entre equipos empujados a la polivalencia y, en definitiva, entre individuos, a través de la individualización de la relación salarial: fijación de objetivos individuales; entrevistas individuales de evaluación; evaluación permanente; subidas individualizadas de salarios o concesión de primas en función de la competencia y del mérito individual; carreras individualizadas; estrategias de "responsabilización" tendentes a asegurar la autoexplotación de algunos técnicos superiores que, meros asalariados bajo fuerte dependencia jerárquica, son considerados a la vez responsables de sus ventas, de sus productos, de su sucursal, de su almacén, etc., como si fueran "independientes"; exigencia de "autocontrol" que extiende la "implicación" de los asalariados, según las técnicas de la "gestión participativa", mucho más allá de los empleos de técnicos superiores. Técnicas todas ellas de dominación racional que, mediante la imposición de la superinversión en el trabajo a destajo, se concitan para debilitar o abolir las referencias y las solidaridades colectivas (3).

La institución práctica de un mundo darwinista de lucha de todos contra todos, en todos los niveles de la jerarquía, que halla los resortes de la adhesión a la tarea y a la empresa en la inseguridad, el sufrimiento y el stress, no podría triunfar tan completamente, sin duda, de no contar con la complicidad de las disposiciones precarizadas que produce la inseguridad y la existencia - en todos los niveles de la jerarquía, hasta en los niveles más elevados, especialmente entre los técnicos superiores - de un ejercito de reserva de mano de obra domeñada por la precarización y por la amenaza permanente del paro. En efecto, el fundamento último de todo este orden económico situado bajo el signo de la libertad, es la violencia estructural del paro, de la precariedad y de la amenaza de despido que implica: la condición del funcionamiento "armonioso" del modelo micro-económico individualista es un fenómeno de masas, la existencia del ejercito de reserva de los parados.

Los efectos visibles del modelo
Esta violencia estructural pesa también sobre lo que llamamos el contrato de trabajo (sabiamente racionalizado y desrealizado por la "teoría de los contratos"). El discurso de empresa nunca había hablado tanto de confianza, de cooperación, de lealtad y de cultura de empresa como en una época en la que se obtiene la adhesión de cada instante haciendo desaparecer todas las garantías temporales (las tres cuartas partes de los contratos son temporales, no cesa de crecer la parte de empleos precarios y el despido individual tiende a no estar ya sometido a ninguna restricción).

Vemos así cómo la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad de una especie de máquina infernal, cuya necesidad se impone a los propios dominadores. Esta utopía - como el marxismo en otros tiempos, con el cual, desde este planteamiento, tiene muchos puntos en común - suscita una formidable creencia, la free trade faith (la fe en el librecambio), no sólo entre los que viven de ella materialmente, como los financieros, los patronos de las grandes empresas, etc., sino también entre los que extraen de ella su razón de existir, como los altos ejecutivos y los políticos, que sacralizan el poder de los mercados, en nombre de la eficacia económica, que exigen el levantamiento de las barreras administrativas o políticas susceptibles de importunar a los detentadores de capitales en la búsqueda puramente individual de la maximización del beneficio individual, instituida en modelo de racionalidad, que quieren bancos centrales independientes, que predican la subordinación de los Estados nacionales a las exigencias de la libertad económica para los amos de la economía, con la supresión de todas las reglamentaciones en todos los mercados, empezando por el mercado de trabajo, la prohibición de los déficits y de la inflación, la privatización generalizada de los servicios públicos y la reducción del gasto público y del gasto social.

Los economistas vinculados al neoliberalismo, sin compartir necesariamente los intereses económicos y sociales como verdaderos creyentes, tienen los suficientes intereses específicos en el campo de la ciencia económica como para aportar una contribución decisiva, cualesquiera que sean sus impresiones respecto de los efectos económicos y sociales de la utopía que visten de razón matemática, en la producción y en la reproducción de la creencia en la utopía neoliberal. Como están separados a lo largo de toda su existencia y, sobre todo, por su formación intelectual, casi siempre puramente abstracta, libresca y teoricista, del mundo económico y social tal como es, se muestran particularmente inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas.

Participan y colaboran en un formidable cambio social y económico - confiando en modelos que tunca tuvieron la oportunidad de someter a la prueba de la verificación experimental, propensos a mirar desde arriba los logros de las otras ciencias históricas, en las que no reconocen la pureza y la transparencia cristalina de sus juegos matemáticos, y cuya profunda necesidad y su capacidad suelen ser incapaces de comprender - que, pese a que algunas de sus consecuencias les causan horror (pueden cotizar para el Partido Socialista y dar meditados consejos a sus representantes en las instancias de poder), no puede disgustarles ya que, aun a riesgo de algunos fallos, imputables a lo que ellos llaman a veces "burbujas especulativas", tiende a hacer realidad la utopía ultraconsecuente (como ciertas formas de locura) a la que consagran su vida.

Y, sin embargo, el mundo está ahí, con los efectos inmediatamente visibles de la puesta en práctica de la gran utopía neoliberal: no sólo la miseria cada vez mayor de las sociedades más avanzadas economicamente, el crecimiento extraordinario de las diferencias entre las rentas, la desaparición progresiva de los universos autónomos de producción cultural, cine, edición, etc., por la imposición intrusista de los valores comerciales, sino también y sobre todo la destrucción de todas las instancias colectivas capaces de contrapesar los efectos de la máquina infernal, a la cabeza de las cuales está el Estado, depositario de todos los valores universales asociados a la idea de público, y la imposición, generalizada, en las altas esferas de la economía y del Estado, o en el seno de las empresas, de esta especie de darwinismo moral que, con el culto del "triunfador", formado esencialmente en las matemáticas superiores, instaura como normas de todas las prácticas la lucha de todos contra todos y el cinismo.

¿Cabe esperar que el volumen extraordinario de sufrimiento que produce semejante régimen político-económico llegue un día a ser el origen de un movimiento capaz de parar la carrera hacia el abismo? De hecho, nos encontramos aquí ante una extraordinaria paradoja: en tanto que los obstáculos encontrados reiteradamente en el camino de la realización del otro orden - el del individuo solo, pero libre - se consideran hoy imputables a rigideces y a arcaísmos, y mientras que cualquier intervención directa y consciente, al menos cuando viene del Estado, es desacreditada de antemano, es decir, conminada a desaparecer en beneficio de un mecanismo puro y anónimo, el mercado (olvidamos con frecuencia que éste es también el ámbito del ejercicio de los intereses), en realidad, la permanencia o la supervivencia de las instituciones y de los agentes del orden antiguo a punto de ser desmantelado, y todo el trabajo de todos los niveles de trabajadores sociales, y también todas las solidaridades sociales, familiares y muchas más, es lo que hace que el orden social no se hunda en el caos a pesar del volumen creciente de la población precarizada.

El paso al "liberalismo" se ha realizado de manera insensible, o sea imperceptible, como la deriva de los continentes, ocultando así a las miradas sus más terribles efectos a largo plazo. Efectos que, paradojicamente, también son disimulados por las resistencias que suscita ya por parte de los que defienden el orden antiguo bebiendo en las fuentes que encerraba, en las solidaridades antiguas, en las reservas de capital social que protegen toda una parte del orden social presente de su caída en la anomía. (Capital que si no se renueva, ni se reproduce, está abocado a su depauperación, pero cuyo agotamiento no es para mañana).

Pero esas mismas fuerzas de "conservación", a las que no es tan fácil tratar como fuerzas conservadoras, son también, bajo otra relación, fuerzas de resistencia contra la instauración del orden nuevo, que pueden terminar siendo fuerzas subversivas. Y si, por consiguiente, podemos guardar alguna esperanza razonable, es porque todavía existe, en las instituciones estatales y también en las disposiciones de los agentes (en especial, los más vinculados a esas instituciones, como la pequeña aristocracia funcionarial), de tales fuerzas que, bajo la apariencia de defender simplemente - como se les reprochará en seguida -un orden desaparecido y los "privilegios" correspondientes, deben ciertamente (para resistir la prueba) afanarse en inventar y construir un orden social que no tenga por única ley la búsqueda del interés egoísta y la pasión individual del beneficio, que prepare el camino a colectivos orientados a la consecución racional de fines colectivamente elaborados y aprobados.

¿Cómo no hacer un sitio especial, entre estos colectivos, asociaciones, sindicatos, partidos, al Estado, Estado nacional o, mejor todavía, supranacional, es decir, europeo (etapa hacia un Estado mundial), capaz de controlar y de imponer eficazmente los beneficios obtenidos en los mercados financieros y, sobre todo, de contrapesar la acción destructora que estos últimos ejercen sobre el mercado de trabajo, organizando, con la ayuda de los sindicatos, la elaboración y la defensa del interés público que, se quiera o no, no saldrá nunca, ni siquiera al precio de algunos errores en la escritura matemática, de la visión de contable (en otra época se hubiera dicho "de tendero") que la nueva creencia presenta como la forma suprema de la realización humana.

Notas
(1) NDLR: en referencia a Auguste Walras (1800-1866), economista francés, autor De la nature de la richesse et de l'origine de la valeur (1848); fue uno de los primeros que intentó aplicar las matemáticas al estudio económico.
(2) Erving Goffman, Asiles, Etudes sur la condition sociale des malades mentaux, Editions de Minuit, Paris, 1968
(3) Sobre todo esto, cabe remitirse a los dos números de las Actes de la recherche en sciences sociales dedicadas a las "Nouvelles formes de domination dans le tranail" (1 y 2), n°114, septiembre de 1996, y n°115, diciembre de 1996, y muy especialmente a la introducción de Gabrielle Balazs y Michel Piatoux, "Crise du travail et crise du politioque", n°114.

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UPyD o el aumento de gasto publico innecesario

Desconfío de UPyD no sólo porque esté participando en el juego partidocrático -ya sabe, lector, que usted colabora magnánimamente en su financiación y en pagar el sueldo de su representante (del propio partido, no de usted) en el Parlamento-, sino, sobre todo, desconfío porque sus propuestas regeneracionistas poseen muy poco vuelo y son, en cierto modo, una birria gótica.

Ley electoral: simplemente proponen un lavado de cara de la que ya existe, porque en ningún momento apuestan por romper la proporcionalidad de la misma. Ni siquiera se la cuestionan. Una ley electoral proporcional es anti democrática porque aspira a representar incluso a los perdedores, rompiendo así el juego de la mayoría. Con una ley electoral proporcional muy pocos pierden, lo cual es un contrasentido en la pugna política. La proporcionalidad como salvaguarda de la representación de las ideologías en el Parlamento va en contra de la idea democrática de la representación del ciudadano.

Partidos políticos: el artículo de la Constitución que obliga a los partidos políticos a ser democráticos es una soplapollez; es como obligar a todos los murcianos, por ejemplo, a ser rubios. La naturaleza de los partidos políticos ha de estar fuera de la "constitución del Estado", pues tienen que ser representativos de la sociedad civil. UPyD, en este tema, sólo exige que se cumpla la Constitución, lo cual es un imposible. Los partidos políticos dejarían de ser un problema para la democracia si éstos dejaran de ser financiados estatalmente y se debieran sólo a las cuotas de sus afiliados -sin posibilidad, claro está, de las donaciones anónimas, el gran cáncer de la democracia americana-. UPyD, por supuesto, no propone nada que se le parezca. Por otro lado, tampoco apuesta por el fin de las listas electorales. Se limita, creo recordar, a exigir listas abiertas. Las listas abiertas no acaban con el problema de la representación del ciudadano, pues, en última instancia, el partido de turno sigue elaborando la lista en cuestión y poniendo en ella a los tipejos que más le convienen.

Separación de poderes: tampoco son muy regeneracionistas en este punto. La auténtica separación de poderes radica en la elección, por separado, de los diputados y del presidente del gobierno. En cuanto al Judicial, cuantos menos órganos de gobierno de jueces y magistrados mejor. UPyD se limita a exigir una elección más "libre" -como si los jueces elegidos por el Parlamento pudieran serlo- en el CGPJ y el Tribunal Constitucional. Regresar a lo que dice la Constitución tampoco soluciona la "inseparación". Lo mejor -no porque me lo parezca a mí, sino porque es de sentido común- es alejar los altos tribunales del Legislativo y del Ejecutivo. ¿Cómo? Muy fácil: ¿por qué no plantear que jueces, notarios, abogados, procuradores, profesores de Derecho, etc., elijan a los componentes de este poder? O, si no, como hace USA: convertir los cargos al Tribunal Supremo en cargos vitalicios. No dudar de la utilidad del Tribunal Constitucional me parece también una cobardía. En teoría sirve para velar por que se cumpla la Constitución. Pero esto es absurdo. Una Constitución que realmente constituya algo, que realmente funcione, no necesita tribunales intermedios -que en realidad son otra estratagema del ejecutivo para meter mano- sino la facultad de cualquier juez -cualquiera- de declarar inconstitucional una ley.
Educación: la presencia del ínclito Sabater y la timidez de sus argumentos cuando realmente debía haberlos puesto sobre la mesa, me hace desconfiar de sus propuestas (dejo las razones para otro artículo).

Nacionalismos y España: sin libertad política me importa un carajo el problema nacionalista, que, por otro lado, es un fruto más de la Constitución de 1978. En vez de elaborar más leyes que aseguren la unidad de la nación, ¿por qué no se limita UPyD a decir lo que a buen seguro sabe ya desde hace tiempo -por lo menos la señora Díez, que posee dilatada experiencia-? A saber: con Comunidades Autónomas, con Ley Electoral Proporcional, sin representación efectiva del ciudadano en el Parlamento, con financiación estatal de partidos políticos y con competencias -no sólo la de educación- intransferibles transferidas a los pequeños reinos de Taifas, los Ibarretxe y Carod de turno viven de puta madre. Eliminemos todo eso y seguro que no duran más de un año en sus poltronas. Además, ya está bien de hablar de lenguas oficiales. Lo que hay que hacer -aunque para eso se necesita realmente mucho mucho valor, y UPyD no lo tiene- es acabar con la oficialidad de cualquier lengua dentro del territorio nacional. Ni español, ni catalán, ni vascuence ni gallego ni leches. Ya vería usted lo que tardaban en cerrar las ikastolas. La unidad de la Nación española no se defiende con leyes restrictivas que sólo logran parchear el agujero de las Comunidades Autónomas. La unidad de la Nación española, tal y como están las cosas, se defiende con la libertad política, inexistente ahora mismo. Y alguien dirá que los españoles sí poseemos libertad política, que cada cuatro años ejercemos nuestro derecho al voto.

Pero es que eso no es libertad política. La libertad política es la posibilidad que usted tiene de elegir y deponer a sus representantes. Y tal cosa -se piense como se piense-, no ocurre. Usted, querido lector, no elige nada -recuerde que con Franco también se votaba y que eso no significaba que los españoles pudieran elegir a sus representantes (la única diferencia con el anterior régimen es que hemos ganado otro tipo de libertades, pero no la política)-; usted simplemente "escoge" entre las opciones que ya han "elegido" por usted los partidos políticos. No, ni elige ni las personas a las que vota le representan -sea el partido que sea-. Y mucho menos posee usted la facultad de deponerlos.


No obstante, al margen de estas razones que explican mi desconfianza, existe una causa primera que las reúne a todas y que me obliga a desechar la alternativa de doña Rosa Díez definitivamente , como todas las demás, por supuesto, y es que -una señora, he de añadir, que ya comienza a ser canonizada por ciertos medios disidentes de la derecha con los únicos méritos de ser vasca, haber abandonado a Papá-PSOE y estar todos los días dando la tabarra con la dichosa unidad española-: su profundísima connivencia con el orden establecido de esta cochambrosa res publica.

UPyD ha tenido -por las personalidades que lo componen y que difunden sus principios- una oportunidad única para llegar a ser realmente una alternativa que cogiera el toro por los cuernos. La ingenuidad -y supongo que la mala fe- lo ha empujado a creer, sin embargo, que sólo constituyéndose en partido político y acatando las reglas existentes puede regenerar el sistema. Cuando el proceso, a medida que vaya ganando simpatizantes, será precisamente el inverso: el sistema terminará "regenerando" a UPyD.


UPyD sobrevivirá a costa del PSOE y del PP. Puede incluso que ocupe el puesto de alguno de ellos -y esto es mucho suponer-. Quizá también logre que se refuerce la lengua española en las comunidades bilingües -o "diglósicas"-, que modifique la ley electoral y le otorgue menos representación -nunca será la real, insisto- a los nacionalismos. Ok. Pero, fíjese usted qué gatopardiana certeza, al final algo habrá cambiado para que todo continúe tal y como estaba: irrepresentación del ciudadano e "inseparación" de poderes. Es decir: oligocracia.


Aquiles

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Si el orden económico-social quiere tener un futuro en la historia humana habrá de someterse a una rectificación moral

"Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro;
o bien se entregará a uno y despreciará al otro.
No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt. 6, 24; cf. Lc. 16, 13)".

En su bimilenaria historia esta palabra creída en Occidente, durante siglos, como verdad imperecedera y tenida culturalmente como fundamento moral y «fuente de sentido», sufre en la modernidad la burla del capitalismo cínico que con su arrastre cultural nihilista impone con su explícita voluntad –que es voluntad de poder– nuevos valores (el utilitarismo, el individualismo, el eficientismo económico, el dinero, la competitividad, entre otros) que vienen a arrumbar y a sustituir los valores tradicionales, incluido Dios como valor supremo («Dios ha muerto»).

«Si Dios no existe, todo está permitido», reflexionará Iván, en Los hermanos Karamazov, de Dostoievski. El relativismo extremo se impone como compañero inseparable del nihilismo militante del que ya alertara Nietzsche y que él mismo veía instalarse como «huésped inquietante» –según su propia denominación– en la Europa de finales del siglo XIX. Pero si el nihilismo es propio de nuestra cultura moderna y contemporánea es porque la lógica del capitalismo es esencialmente nihilista. Cierto es que el fenómeno de cultura epocal que es la modernidad, al venir incubando largamente el nihilismo, facilitó el asentamiento histórico del capitalismo moderno y sus valores –y disvalores– inherentes.

"¿Podemos acaso hacernos sordos al actual clamor de «demanda ética» también en la economía, en el mercado, en las finanzas, en la empresa, en el gobierno corporativo, en la propiedad industrial, en un tiempo de postmodernidad tan carente de valores éticos?"

En los tiempos actuales de postmodernidad en los que hemos cobrado conciencia de crisis de modernidad (crisis de valores; crisis de sentido; cuestionamiento radical de toda pretensión de verdad; negación de toda trascendencia; desmitificación del sentido unitario de la historia de la humanidad, ni siquiera bajo la bandera del progreso, esto es, liquidación de toda «comunidad de memoria» en torno a un principio histórico central en la definición del conjunto social; referencia exclusiva a lo que es incesantemente transformado y creado en un continuum de vida líquida –«sociedad moderna líquida», según Bauman–, donde el individuo queda liberado de toda vinculación social o moral dictada por regulaciones externas de autoridad; etc.) se percibe con dramática preocupación que nuestra realidad cultural –también la que se refiere a la economía, al mercado, al dinero, a las finanzas, a las empresas y al gobierno corporativo de éstas – está aquejada de ese nihilismo profundo que los filósofos modernos y contemporáneos nos han desvelado sin escamoteos de entre el espesor, tantas veces dramático, de la historia (Nietzsche, Marx, Durkheim, Max Weber, Spengler, Ortega y Gasset, Fromm, Jünger, Habermas, Lévinas). Ciertamente son los filósofos quienes en las dos últimas centurias han venido alertando acerca de los peligros de la modernidad (algunos tan dramáticos como los campos de exterminio, verdadero Gólgota del siglo XX e impensable recapitulación de todas las «muertes de Dios», presentadas como «muertes de tantos hombres») y que finalmente ha conducido no sólo al individuo sino al cuerpo social a un indiferentismo o relativismo moral a la medida de las exigencias del capitalismo de libre mercado, tan nihilista, que sabiendo de la incompatibilidad de Dios y el Dinero se unce al carro de la «muerte de Dios» y consuma su propia deificación, como condensación de todos los dioses falsos (Pérez Tapias).

Es la filosofía de la historia la que nos desvela las claves intencionales del proyecto epocal de la modernidad donde se tramó, en aras del capitalismo moderno, una histórica transmutación de valores culturales y morales de cuño nihilista y relativista presentada como «signo de los tiempos». Entre los nuevos valores transmutados por el capitalismo moderno cabe señalar la absolutización del capital y del enriquecimiento individual rápido; del eficientismo económico incluso como paradigma de lo que –en razón de lo útil y utilitario– debe ser tenido sin más como justo; de la competitividad a ultranza, sin miramiento de la situación del «otro» del que nadie se «responsabiliza» en el mercado ni en la sociedad; del crecimiento económico sin límites, pese a la cada vez mayor «herida de la Tierra».

"¿Un Derecho mercantil de la modernidad y ahora de la postmodernidad –ya en la era de la globalización económica pero también irreversiblemente cultural– sin responsabilidad moral, ni social, en fin, sin anhelo ético?"

Cierto es que este capitalismo moderno, no obstante su nihilismo cultural y su déficit ético, se ha mostrado, incluso atravesando crisis cíclicas, enormemente eficaz. La prosperidad y el alza del nivel de vida son incuestionables. Pero es evidente que este balance no abarca –globalmente– a toda la humanidad en cuyo seno permanece abierto el «abismo de la desigualdad» y con él el drama humano que cada año relata Naciones Unidas en sus Informes de Desarrollo Humano y Social (PNUD). Para muchos –y, desde luego, para Naciones Unidas– el enorme y eficaz desarrollo económico contemporáneo impulsado por la economía de mercado ha contado con el precio de grandes desigualdades e injusticias. Y buena parte de éstas tienen sus raíces en axiomas o leyes y actitudes socioculturales dominantes en el capitalismo contemporáneo y «global» que tienden a canonizar e imponer (con un cierto neoimperialismo cultural) cuanto en el mercado tiene un valor de utilidad y de eficacia.

«El diálogo con la cultura moderna –se ha dicho– tendrá que ser crítico, ante el hecho innegable de que en el banquete de la humanidad la mayoría se encuentra excluida». De aquí que el «cambio social no puede ya pensarse únicamente en términos de transformación de las estructuras sociopolíticas y económicas, sino también de los valores culturales y morales que, en muchos lugares y situaciones, sostienen un orden económico y social injusto» .
El problema que al sistema económico y al orden social del capitalismo contemporáneo plantea el nihilismo y el relativismo sociocultural es de naturaleza moral; se ha gestado en los caminos de la moral y si ese orden económico-social quiere tener un futuro en la historia humana habrá de someterse a una rectificación moral.

Desde las élites empresariales ya se habla y se propaga la idea de la necesidad de una «revolución ética» en el mundo empresarial y en el gobierno corporativo , lo que certifica la mala conciencia de los agentes económicos y líderes empresariales en el gobierno local y global de las empresas, de los negocios, de los mercados y, en general, de la economía.
Dentro las nuevas generaciones de mercantilistas se propugna ya sin complejos “el retorno a una visión ética del Derecho mercantil” (Ramos Muñoz, Serrano Cañas). Es alentador este anhelo ético -generador de una renovada y fértil inquietud cultural- de las nuevas generaciones de juristas reticentes a dejarse deslumbrar por la moda de otras culturas economicistas jurídicamente alienantes y socialmente –cuando no también constitucionalmente- estridentes, muy paseadas en “pasarelas transatlánticas” durante las tres últimas décadas.

Pero esta moda –con etiqueta de “análisis económico del Derecho” que propugna con descaro que en el mundo moderno y globalizado el Derecho es un sistema separado de la moral, de modo que ésta es categóricamente refractaria e incompetente, por su irreversible ineficiencia económica, para la formulación de juicios legales (Posner)- merece, una vez más, quedar arrumbada a raíz de la actual e imponente crisis financiera global que voces autorizadas y conciencias insobornables interpretan ya como crisis sistémica del capitalismo de libre mercado, percibido cada vez más por una mayor parte de ciudadanos del mundo como un sistema económico injusto.

¿No debieran sus artífices, defensores y propagadores reconocerlo? ¿Soportarían el “juicio de la “Historia” inexcusablemente exigido por quienes en los momentos actuales sufren –incluso dramáticamente- las consecuencias de un modelo económico amoral al que esta doctrina (¿jurídica?) del análisis económico del Derecho [quizás mejor “teoría económica sin Derecho”, como la llegara a calificar proféticamente Federico De Castro], asiste haciendo del Derecho una especie de ingeniería económica al servicio exclusivo del utilitarismo y economicismo eficientista?

Y en aras de este inexcusable “juicio de la Historia”, ¿no es el momento de ofrecerse y predisponerse, con apertura de criterio y sensibilidad cultural, a un “contraanálisis ético y social del Derecho” cuyo resultado pueda sentar de nuevo las bases para un diálogo o gran pacto –en presencia de la Moral o la Ética- entre Política, Economía y Derecho, recuperando así lo más valioso de una tradición cultural típicamente europea fatalmente liquidada y ahora tan añorada, capaz de devolvernos la fe en el Derecho y la esperanza en un mundo más justo –ya en la época de la globalización- para toda la humanidad? ¿No debiéran los juristas dejarse afectar e irradiar por este eclosionante “anhelo ético mundial” y propugnarlo, con coraje moral y sin complejos, como imperativo epistemológico del nuevo ius y la nueva lex mercatoria exigidos por la imponente soberanía moral que emana, incontenible, de la sociedad global integrada por toda la humanidad?

"Es la filosofía de la historia la que nos desvela las claves intencionales del proyecto epocal de la modernidad donde se tramó, en aras del capitalismo moderno, una histórica transmutación de valores culturales y morales de cuño nihilista y relativista presentada como 'signo de los tiempos'"

Nadie puede permitirse hoy el lujo –cínico– de la buena conciencia, cuando la humanidad vive acuciada por enormes y complejos problemas que comprometen la vida digna, cuando no la supervivencia, de grandes masas humanas. La postmodernidad ha ensombrecido el optimismo liberal y la racionalidad económica encuentra dificultades para expresarse en el ámbito de la economía, donde nuevos factores –algunos cíclicamente incontrolables- y también nuevas y gravísimas exigencias vitales alteran el equilibrio unilateral y hasta ahora dominante de la razón económica. Hemos pasado de la edad de las certezas a la de las dudas, de la edad de los principios a la del consenso y el compromiso, tanto en economía y en gestión como en moral y ética (Atardi).
Hasta ahora, en efecto, el economista y el manager –acaso también el jurista-mercantilista– se desentendían del discurso ético «no científico» centrado en la búsqueda del sentido en los fines y en los valores (razón ética o «discurso del sentido»), y no en los medios y en la eficiencia (razón económica).

Pero en la actualidad la razón económica no es ya capaz de restablecer el equilibrio del mundo, roto por la «galaxia de la complejidad» en que se ve inmersa la humanidad («abismo de la desigualdad», desaliento y fracaso en la «erradicación de la pobreza», movimientos migratorios incontrolados, corrupción política y económica a diversos niveles, violencia y guerras, la «herida de la Tierra», la globalización temida por muchos –las víctimas de la Historia– como amenaza más que esperada como oportunidad, crisis financieras y monetarias ingobernables y de escala planetaria, etc.).

No es extraño que se advierta que en el mundo actual con la sola razón económica corremos el riesgo de perder «el rastro del hombre» (Birnbaum). De lo que se trata es de introyectar en la razón económica («científica») la razón ética («no científica») a fin de que la exactitud, el rigor y la eficiencia de la ciencia de la economía –que es ciencia «hard»– se comprometa también con los valores y los fines éticos dadores de sentido –sentido moral de la historia, de la existencia, del progreso– ganando así en libertad, humanidad, justicia, globalidad, democracia y ”sostenibilidad”, aun a costa de cierta merma o desaceleración de la eficiencia y la acumulación económicas. Sólo así las ciencias del hombre –que son ciertamente ciencias «soft»– permanecerán verdaderamente humanas (Atardi).

Hablar de sentido es lo propio de la ética. La ética habla desde la tradición o desde la transcendencia; desde el hombre o desde el sujeto; o desde el consenso(no el político – partitocrático*)necesario para la convivencia. Todos estos determinantes tienen su razón de ser. Pero la razón ética fundante es la razón (derecho) del otro, que pide responsabilidades y descentra nuestro sistema: el de la razón o el derecho establecidos, el de la razón no-crítica (Atardi).

La ética habla e interpela, pues, desde la compasión y el respeto del otro cuya necesidad nos convoca para constituirnos a nosotros mismos como sujetos éticos. Para Adela Cortina, lo propio de la ética económica estriba en la convicción de que el núcleo de la vida social es la intersubjetividad y, en modo alguno, el individualismo.

Será Lévinas quien nos descubra la epifanía del otro como revelación de la «verdad de la justicia» y, por consiguiente, como «verdad del sentido»: «Es la revelación del otro, desde su condición de extraño que a la vez se comunica conmigo convocándome a la fraternidad (–la alteridad del otro, y yo también soy otro para el otro, manifiesta el carácter no genérico de nuestra humanidad, su carácter, por tanto, radicalmente ético–), la que me sitúa ante la propia responsabilidad que constituye mi subjetividad. Ella hace posible la verdad del sentido desde una vida que se sabe moral –el milagro de la creación consiste en crear un ser moral– y que hace frente a una cuestión crucial –por qué el bien y no el mal–, respondiendo al otro ‘héme aquí’, dispuesto a hacerle justicia reconociéndole ‘un derecho sobre mi egoísmo’» (Pérez Tapias).

«Más filosofía y menos prozac», reza un famoso eslogan que parasita, en realidad, el título de un conocido libro de Lou Marinoff, “Más Platón y menos prozac”. Debo reconocer que desde mis primeros pasos como mercantilista he tenido que defenderme de la desazón anímica que siempre me ha producido la escasa inquietud filosófica por el discurso ético –la cuestión de las preguntas y respuestas acerca del sentido– que apreciaba en las capas profundas de mi disciplina –la cuestión del porqué y para qué de las normas–, lo que dejaba vacío y angustiado al joven mercantilista que desde su ius positum y desde la atenta observación de la realidad se preguntaba también por las grandes verdades morales (el misterio del sentido de la vida, del hombre, de la historia; el sentido del bien y el sentido del mal; la verdad de la justicia, la solidaridad social, la libertad y la democracia; la complicidad del poder de la mentira…; y el sentido del compromiso moral de cualquier vida).

No me resignaba a aceptar que la unidad de sentido era pura ilusión y que no eran sino fragmentos a la deriva, restos de un naufragio, en el turbión de la historia. [Algunos, al observarme, se decían: «Cosas de juventud; le ayudaría el prozac»].

Pero la inquietud filosófica de aquel joven mercantilista por el discurso ético no se consumió –de puro insatisfecha– y ya de mayor comprendió que lo importante es preguntarnos y preguntar, interpelarnos e interpelar, buscar respuestas y soportar no hallarlas en el oscuro espesor de la realidad injusta o doliente; lo decisivo es perseverar, contra toda esperanza, en la utopía de las aspiraciones más elevadas, desde el acá al (más) allá (Atardi).

Más tarde el ya maduro mercantilista, estudiando a los filósofos, aprendió a resituar lo utópico como horizonte de sentido que tiene su punto axial en la misma humanidad de cada uno de nosotros y que nos revela que la dignidad de cada persona sólo se puede reconocer en el lugar moral de la responsabilidad a que el otro nos convoca. La alteridad de la utopía no sólo supone el reconocimiento recíproco del otro, sino que, en tanto que humanos, «siendo de otro modo de ser», somos siempre y en cada caso «uno para el otro» (Lévinas, Pérez Tapias).

"En los tiempos actuales de postmodernidad en los que hemos cobrado conciencia de crisis de modernidad se percibe con dramática preocupación que nuestra realidad cultural está aquejada de ese nihilismo profundo que los filósofos modernos y contemporáneos nos han desvelado sin escamoteos de entre el espesor, tantas veces dramático, de la historia"

¿Cómo podrían el legislador, el jurisprudente y el cultivador del nuevo ius urgido por las exigencias vitales de la globalización económica desentenderse del pathos moral del suceso humano tan determinado –e incluso amenazado– ahora por los efectos de este fenómeno con su promesa de extraordinarias oportunidades, pero que ya anticipa gravísimas amenazas y sufrimientos para los países de menor desarrollo y sus poblaciones empobrecidas?
¿No ha de dejarse interpelar el Derecho actual –esto es, la regulación mercantil de la empresa, del beneficio, del mercado, de las finanzas y capitales, de la competencia, de la propiedad intelectual e industrial, del gobierno corporativo de las sociedades mercantiles, tanto más en sus regulaciones (o desregulaciones) internacionales y “globales”– por este pathos moral que comporta, además, una responsabilidad social ante las nuevas exigencias vitales de orden no sólo económico, sino también social, ecológico, humanitario y comunitarista predicadas por el imperativo ético mundial (Hans Küng) de la más reciente «historia» de la cultura y la sensibilidad social mundial?.

¿Podemos acaso los mercantilistas hacernos sordos al actual clamor de «demanda ética» también en la economía, en el mercado, en las finanzas, en la empresa, en el gobierno corporativo, en la propiedad industrial –que los filósofos expresan como «impaciencia ética» frente a la «paciencia política»–, en un tiempo de postmodernidad tan carente de valores éticos? ¿Un Derecho mercantil cultural e ideológicamente postmoderno? ¿Qué quedaría de aquella categoría histórica comprometida con la satisfacción de las exigencias vitales de cada momento y que ha acompañado a los pueblos y a los hombres hacia cotas de mayor progreso económico y social? ¿Acaso un Derecho mercantil ideologizado por el economicismo eficientista y embelesado por el prometeico análisis económico del Derecho? ¿O, en cambio, un Derecho mercantil que en el nuevo tiempo del mercado global, con el acercamiento tecnológico de las oportunidades de negocio y el alejamiento y desconocimiento del otro, no quiere «perder el rastro humano» sobre todo de aquel que es «víctima de la Historia»? .

¿Soportaría el “juicio de la Historia” un tal modelo de Derecho mercantil desencarnado de lo humano, descomprometido con lo social e indiferente con lo ecológico, esto es, con la ética? Y entonces, así, ¿este modelo de Derecho mercantil no correría el riesgo de su disolución al perder, en aras de la absorbente y deificada razón económica, su legitimación histórica hoy igualmente entrañada de imperiosa razón ética? ¿No nos hace comprender precisamente esta imperiosa razón ética (mundial) que la empresa, el dinero, el beneficio, el mercado, la competencia, la publicidad, la patente, el consejo de administración, la bolsa, el concurso de acreedores, etc., son hoy también el «lugar moral» al que todos somos convocados por la responsabilidad hacia el otro (distinto de mi yo) y hacia lo otro (distinto de lo mío), como condición de posibilidad de alcanzar, en el proceso emancipador de la Historia –no de la que es, sino de la que debe ser–, la verdadera Justicia?

Autor: Juan Ignacio Font Galán
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*Leve añadido de Veritas

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La Geografía histórica de las ideologías


El mito de la Derecha. ¿Qué significa ser de derechas en la España actual?, Gustavo Bueno, Temas de Hoy, Madrid 2008, 319 páginas.

Tenemos un nuevo mapa de las ideologías. En 2003 Gustavo Bueno publicaba El mito de la Izquierda. Ahora, en 2008, ese libro se cierra con El mito de la Derecha, su simétrico necesario, según el atento lector podrá constatar.

Se trata de dos obras que son en realidad una, en cuanto en ellas el materialismo filosófico cartografía la historia de las ideologías políticas de los dos últimos siglos.

1. Marco histórico

Las izquierdas y las derechas cobran sentido conceptual a partir del derrumbamiento del Antiguo Régimen (AR), y desde este marco histórico original las izquierdas significan las sucesivas formas de alejarse de las monarquías absolutas y las derechas los sucesivos modos de corregir esos intentos de las izquierdas. De esta manera, izquierda y derecha son dos conceptos que hay que entender dinámicamente, en su despliegue histórico y no como dos realidades esenciales (mitificadas) previas y exentas de un orden político concreto: el que va de 1789 a 1989.

Si tenemos asumido el inicio de una nueva edad histórica en 1789, ¿cuál es el criterio para fijar su final en 1989?: la caída de la Unión Soviética y la entrada en una sociedad pletórica de mercado y de democracia homologada, como modelo único, suponen el fin de la lucha por sustituir las instituciones de un AR que ha sido ya trascendido por el propio curso histórico.

Lo que queda ahora, en concreto en España, son sus inercias y un estado de transición en el que los valores bipolares anteriores se van ecualizando. Queda, también, un futuro ideológicamente incierto.

2. Marco geográfico

Si hay un marco histórico en el que los conceptos de izquierdas y derechas cobran significado, hay también un marco geográfico. Fuera del contexto europeo (Francia, España, Italia...) en donde nace esta confrontación entre las izquierdas y las derechas, y teniendo en cuenta su irradiación exterior (sobre todo a América), estos conceptos pierden su significado preciso.

Además, estas confrontaciones ideológicas adquieren pleno sentido sólo en el interior de cada Estado concreto (como totalidad atributiva). Las coaliciones internacionales suponen una red organizativa supranacional, es obvio, pero cada partido político se define realmente en función de sus programas internos.

3. ¿Por qué mitos?

¿Por qué mitos: de la derecha y de la izquierda? Porque aunque esos conceptos han ido significando fenómenos reales bastante circunscritos (jacobinos, liberales, absolutistas, carlistas, leninistas, falangistas, &c.), a la vez, en su desarrollo, se fue fraguando un dualismo metafísico borroso, según el cual «se es de derechas o de izquierdas constitutiva, ontológica o antropológicamente» y de aquí la forja de estos relatos míticos falsos y envolventes.

Aunque los mitos impulsan sin duda a las conciencias, la política concreta se movía de hecho en el contexto de sus tres capas efectivas: la «conjuntiva», la «basal» y la «cortical», que podemos traducir y simplificar, respectivamente, por las capas gubernamental, la económica y la defensiva, en el marco no de un reino de ideas proyectadas y utópicas sino en el de la eutaxia (o buen orden) de cada Estado concreto.

4. Modulaciones de la derecha

Frente a las seis generaciones de izquierdas (jacobinos, liberales, anarquistas, socialdemócratas, comunistas y maoístas), Gustavo Bueno señala tres modulaciones que se van sucediendo en la derecha: la derecha primaria, la derecha liberal y la derecha socialista.

La derecha primaria está representada por quienes reaccionaron desde los supuestos del AR contra la revolución francesa y contra el anarquismo, y más tarde por aquellos partidos que siguieron manteniendo intacta la pretensión de volver a modelos o instituciones del AR. En España, los serviles de Cádiz, los carlistas y los requetés son sucesivas expresiones de esta modulación.

La derecha liberal es, paradójicamente, la misma izquierda liberal en aquel momento de su evolución en el que su proyecto político pasa a conectarse con hilos provenientes del AR y a enfrentarse de esa manera a otros modelos de izquierda más revolucionaria. Los Espartero, O´Donnel, Cánovas y Sagasta son ejemplos de esta modulación, a pesar de que alguno de ellos pudiera autodefinirse en sentido contrario.

La derecha socialista es aquella modulación, ya en el siglo XX, que se da como cometido enfrentarse a la socialdemocracia y al comunismo a la vez que se aleja de las tesis liberales y sin recaer en las pretensiones de la derecha primaria. El maurismo («revolución desde arriba a favor del pueblo»), la dictadura de M. Primo de Rivera y el régimen de Franco son catalogados aquí, rompiendo por completo más de un tópico.

5. Derecha absoluta, derechas efectivas (tradicionales) y derechas no tradicionales

Obviamente, la primera generación de izquierdas y su modulación respectiva de derechas no nacieron de la nada. Provienen de la «derecha absoluta» (o virtual), concepto con el que se define el modo de apropiación del territorio correspondiente al AR. Contra esta estructura de apropiación se levantaría la primera generación de izquierdas, la revolución francesa, y frente a ella, desde el núcleo generador de la derecha absoluta se desarrollaría la primera derecha efectiva (real, siendo la derecha absoluta sólo virtual). Las distintas generaciones de izquierda irán sucediéndose y a ellas irán respondiendo las modulaciones de la derecha, como ya hemos apuntado.

A la altura del siglo XX, del mismo modo que habíamos visto ya la aparición de las izquierdas indefinidas (la extravagante, la divagante y la fundamentalista), «anomalías» de izquierda por cuanto desatienden los objetivos políticos del Estado en favor de otros intereses «culturales», veremos ahora en esta cartografía materialista a las «derechas no tradicionales» o, también llamadas, «no alineadas» al construir sus proyectos al margen ya del AR, si bien reteniendo suficientes analogías con él como para ser consideradas derechas (sin perjuicio de que tengan componentes compartidos con las izquierdas): el fascismo y el nacionalsocialismo. Complementariamente, los partidos secesionistas en el interior de un Estado cabe considerarlos al lado de éstos como derechas no alineadas «extravagantes» (aunque algunos compartan también rasgos izquierdistas).

6. ¿Y el centro?

Gustavo Bueno señala que el concepto de centro, siendo geométricamente muy preciso es políticamente muy borroso. La situación pura, geométrica, de la que parte el concepto no se hace compatible con las denominaciones políticas conocidas. Creemos haber entendido, dentro de una argumentación cruzada y larga, que la incongruencia del concepto de centro se derivaría de considerar la posibilidad de un lugar «justo medio» entre dos polos opuestos dotadas de esencia metafísica no cambiante.

El centro político no metafísico, por tanto, en sentido dinámico, vendrá dado por aquellos fenómenos políticos que pragmáticamente delimiten un programa de objetivos que forzosamente deberá ser tomado o de la izquierda o de la derecha de cada tiempo. La posibilidad de la mezcla es prueba fehaciente, entonces, de que se trata no de una realidad bipolar pura sino de un continuo estratégico vivo con capacidad de ecualizarse.

7. Los ídolos rotos

Gustavo Bueno no sólo cartografía la ideología ordenando sus conceptos sino que rompe muchos moldes, muchos tópicos, muchos ídolos. Enumeremos algunos.

Los conceptos de izquierda y de derecha los hemos visto nacer y estamos viéndolos morir.

Los conceptos de izquierda y derecha no pueden ser atribuidos con pleno sentido a los Estados musulmanes, a muchos Estados orientales y a algunas sociedades africanas, por ejemplo.

En el liberalismo la izquierda y la derecha se dan la mano y casi se confunden.

Hay socialismo de izquierdas y de derechas. El socialismo ya no sólo se asimila a la socialdemocracia sino también a cierta derecha.

Las democracias homologadas de mercado pletórico no son el reino de la libertad, de la igualdad o de la fraternidad sino un nuevo envoltorio mitológico que aunque lleno de tecnología y de novedosas formas de ocio siguen albergando ciudadanos tan maquinales como los súbditos del Antiguo Régimen. Desde este contexto puede interpretarse el valor de la «educación para la ciudadanía».

8. Cuestiones filosóficas abiertas

La Historia, la politología y la filosofía no podrán eludir este nuevo ordenamiento conceptual sobre las ideologías que nos abre Gustavo Bueno. Pero la tarea no ha hecho sino empezar. Los dos libros, «El mito de la derecha» y «El mito de la izquierda», son, por la índole de lo que abarcan, esquemas y líneas a desarrollar y matizar. Caben, desde este marco, muchas indagaciones. Aquí, sólo podemos esbozar algún gesto:

Si la edad contemporánea se ha dado como tarea llenar el lugar que ocupaba Dios en el Antiguo Régimen con la idea de Género humano o con la idea de Naturaleza, derribados también estos ídolos, ¿cómo moverse en el nuevo espacio?, ¿será preciso alentar algún mito concreto transformador en lugar de otros que vendrán si no a ocupar su espacio?

En la época de la ecualización entre las izquierdas y las derechas, para trazar un mínimo programa de futuro, además de apostarse tras los valores éticos que se vienen construyendo desde los griegos y además de asumir que el orden político pasa por la eutaxia de cada Estado particular, ¿en los conflictos intergrupales e internacionales, como medida preventiva de la confrontación sangrienta, cabe defender una idea de «justicia fuerte» frente a otras ideas de «justicia débil» o estamos ante el absoluto caos moral?

Y, en general, las fronteras dinámicas señaladas por Bueno han de ser revisadas palmo a palmo con mirada histórico-topográfica.

Autor: Silverio Sánchez Corredera

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Novelistas sin coartada



Uno de los novelistas más confortablemente instalados en el sistema de la industria cultural y, por lo tanto, menos heróicos, en el sentido abelliano, que ha existido nunca –para él, la literatura es un medio, no un fin–, Juan Manuel de Pradas, en un artículo publicado en ABC, hacía la siguiente manifestación, expresiva de una actitud ante el género novelístico que, por otra parte, no es privativa suya: la comparten muchos de sus colegas y compañeros de promoción: «Las nuevas tendencias artísticas imponen que los géneros de ficción se contaminen de verdad; y así los melodramas y comedias adoptan estrategias propias del documental, a la vez que las novelas entablan su juego de seducción entreverándose de ensayo y biografía». Semejantes manifestaciones que, en el fondo, no son sino una declaración de impotencia son discutibles, más aún, refutables en todas sus afirmaciones parciales.

"Las nuevas tendencias..." ¿A qué tendencias se refiere? "... imponen..." ¿Cómo que imponen! ¿Quién o qué puede imponer nada tratándose de una labor que es por definición libérrima, y que realizan personas también por definición absolutamente libres, creadoras e independientes?

Añadía que, para que las creaciones artísticas productos de esa imposición sean válidas, es preciso que se contaminen "de verdad". Pero, ¿es que el Quijote no es verdad? ¿Es que no lo son los viajes de Gulliver, las picardías de Lázaro de Tormes o cuanto ocurre en el París de Balzac o en el condado de Yoknapatawpha faulkneriano? ¿Es que, para quienes hacen tales declaraciones, sólo es verdad cuanto les machaca sus rupestres sentidos y que, para colmo, la física cuántica ha demostrado que anda muy lejos de serlo? Cuando Robert Pinget pone a un hombre a buscar un papel durante trescientas páginas, creando valores estéticos de magnitud especial, como Kafka tras convertir en escarabajo a Gregorio Samsa, ¿está mintiendo? ¡Cuánta confusión mental, cuánta ignorancia acerca de lo que es la literatura en general y la novela en particular! Y está también el olvido o desprecio de la labor creadora, del parto artístico con dolor: la conmoción que ocasiona la irrupción en el cosmos de un nuevo ente, marginal a todo lo hasta entonces existente. Habría que interrogar a Poe, a Becquer, a Rimbaud, a Nietzsche, a tantos que pasaron temporadas en el infierno, nunca en hoteles de lujo.

Cuando el frívolo articulista se refiere a "tendencias artísticas", ¿qué querrá significar? Tendencia, en un contexto así, no puede ser más que un comodín historiográfico, en modo alguno utilizable para encajar una "jugada" en el presente ni, mucho menos, para señalar la configuración de otra futura.

En un momento de sequedad cultural, de crecimiento cero en el orden de la novedad y de la exigible permanente renovación –siempre desde la base, por supuesto, de un asentamiento seguro en la tradición– de las artes, declaraciones de principios como las que comento causan pena y desolación. ¿A dónde va la literatura del siglo XXI, que ni siquiera es capaz de cimentar una prolongación epigonal de la grandiosa que produjo, en todos los géneros, el XX?

Cuando los supuestos novelistas hacen dejación de la imaginación o, peor, que es lo que yo pienso que ocurre, carecen de ella y tienen que echar mano de materiales existentes y diariamente presentes en los periódicos, los informativos y los documentales, están negando la esencia misma de la novela, incluso la etimología de la palabra que la designa. Desde el Quijote a Cien años de soledad, pasando por Los hermanos Karamazov, A la busca del tiempo perdido, La montaña mágica, las creaciones balzacianas y de Faulkner antes mencionadas, Las uvas de la ira, La primera y la última humanidad, Universo de locos ,La comedia humana, Ciudad o Sirio, Otra vuelta de tuerca, Los acantilados de mármol o Las abejas de Cristal, La náusea, Todos los hombres son mortales, El juego de los abalorios, La peste, etc., etc., la novela moderna ha consistido –porque no puede consistir en otra cosa–, dejando aparte ahora algunos temas, muy profundos de estética filosófica aplicada al género narrativo, en la creación de una realidad "otra", de un segundo mundo, parecido a éste, pero distinto, porque puede ser a la vez ideal y real. Evidentemente, crear algo así no está al alcance de cualquiera –por supuesto, no de quien se erige en copista o en documentalista o en cronista de las costumbres–, sino de quien tenga, además de imaginación y fuerza creadora, capacidad para crear un tiempo y levantar un espacio. Lo que sin duda no poseen quienes se ven obligados a creer, por instinto de defensa, que novelar no es más que ponerse a contar cosas. Para colmo ocurridas, no inventadas.

Tengo una concepción del novelista, partiendo de mi idea de que si hay algún artista al que le cuadra el concepto de demiurgo es al creador de (auténticas) novelas, mucho más profunda que la, tan superficial y profesional, que se tiene hoy. En lo intelectual y en lo artístico. Desde ella, me arranqué hace tiempo un pensamiento metafórico, que no tengo empacho en afirmar que es la más alta valoración que se ha hecho nunca de la obra de arte. Ni quise hacer entonces ni quiero hacer ahora profesión de platonismo. Simplemente, se trata de que parto de mi convencimiento de que las grandes concepciones armónicas del espíritu humano, como la teoría platónica de las ideas o el sistema astrológico, aunque se demostrase su falsedad, seguirían siendo válidas para expresar, simbólicamente, grandes verdades o simplemente una gran belleza. Es sabido que los físicos teóricos empiezan valorando las teorías por su belleza y armonía. Lo que expresé, sobre el armazón, lógicamente sólido, de la teoría de Platón, fue lo siguiente: "Las obras de arte tienen sus propias leyes, su propia justicia, su verdad particular; su armonía, su lógica interna, su estructura que les pertenece y no puede pertenecer a ninguna otra obra más. Estructura no visible, sino invisible; y aparente a fin de cuentas tan sólo, hasta en sus rasgos más característicos. Como la eclíptica, que no es la órbita del sol y, sin embargo, como tal se dibuja sobre las estrellas. Invisible, incatalogable, engañosa inclusive para su propio artífice. Y es que las obras de arte, como las obras de amor, se diferencian de los demás objetos en que, al tiempo de estar siendo materialmente creadas, está teniendo lugar el nacimiento de su arquetipo en el mundo de las ideas. Arquetipo sólo existente en potencia en la realidad trasmundana. Reflejo de un reflejo es la obra de arte, como la obra de amor. Y artista, o amante, en cada caso, quien acierta, al hacer su obra, con la única e irrepetible ordenación.

M. García Viñó

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Unidad Política


Se podría pensar que la libertad y la igualdad, al ser valores espirituales que trascienden la parcialidad egoísta de los intereses materiales, podrían fundar tipos de unidad política que gozaran de aquiescencia general. Pero sucede que la política, en tanto que relación de poder encuadrada en escenarios conflictivos, necesita utilizar los valores morales como instrumentos de dominación del todo social por una de sus partes. Y para ello ha de convertirlos en ideologías. En consecuencia, hay tantas concepciones de unidad política como ideologías egotistas. Y éstas, creyéndose portadoras de verdades universales, tienden a tipos de unidad totalitaria.

En este aspecto no había diferencias esenciales entre las distintas ideologías. Las tendencias uniformadoras del nacionalismo y del comunismo se hicieron patentes en sus acciones de conquista del Estado, para transformarlo en totalitario. Pero esa tendencia también existía, aunque disimulada, en las ideologías liberales y socialistas que confiaron la uniformidad social a la longa mano invisible del mercado o a la intervención estatal en la economía y la cultura de la sociedad civil, que son asuntos distintos e independientes de la indispensable asistencia social del Estado.

Las ideologías gozaron de aceptación por su justificación en un pacto ficticio de sujeción a un soberano que impidiera al hombre ser lobo para el hombre (Hobbes); en un contrato social para pasar del estado de naturaleza al de civilización, haciendo soberano al pueblo (Rousseau); en un retorno al comunismo de la igualdad primigenia, mediante la supresión de la propiedad privada de los medios de producción (Marx); en un tratado de paz que trasformó, mediante el lenguaje, las metáforas intuitivas del mundo, en palabras designativas de las cosas en sí y en conceptos tautológicos que crean voluntad de ilusión (Nietzsche); o en una ficción universal que considera el conocimiento pragmático del mundo “como si” fuera la verdad (Vaihinger).

Todo ese imponente edificio conceptual se derrumbó con la onda expansiva del horror bélico y la fría crueldad de los holocaustos. Y del mimo modo que la población alemana acarreaba materiales del derribo bélico para la reconstrucción de sus ciudades, el pragmatismo americano reconstruyó la vida política europea, en el Estado de Partidos, con materiales ideológicos y humanos procedentes del desecho. Una nueva idea de unidad política, la del consenso, creaba ilusión de libertad sustituyendo el partido único por la estatalización de todos los partidos. La ficción de pluralismo político se traducía así en relativismo cultural y escepticismo moral. Y la guerra fría consolidó el invento.

Ante la crisis irreversible del Estado de Partidos, la corrupción como sistema y el desprestigio absoluto de los partidos estatales, se abre camino la conciencia de la necesidad de un nuevo concepto de unidad política no ideológica que, en consecuencia, no tienda al totalitarismo. Lo que solo es posible si la unidad se concibe como modo de lograr la identidad entre verdad y libertad, en la relación de poder entre gobernantes y gobernados.

El hallazgo de ese modo de unidad monádica, orientado al logro de la identidad verdad-libertad en la inteligencia del tercio laocrático de la sociedad, no está naturalmente al alcance de las voluntades de poder expresadas en ideologías de partido y en organizaciones de agregados mecánicos o de células orgánicas.

La gran dificultad que presenta la definición de ese tipo de unidad vinculante, pero no ideológica ni egotista, está en el hecho de que carece de antecedentes experimentados y, por tratar de conseguir la identidad social de verdad y libertad, no puede acudir el criterio aritmético de que la unión hace la fuerza. Pues quien busca la fuerza, como los partidos y sindicatos, podrá dotarse de aparatos de coacción, pero jamás encontrará con ella la verdad-libertad.

La dificultad puede superarse, no obstante, si el modo de unidad política se induce de su finalidad constituyente de la libertad política, mediante el método retrodictivo, y si la unidad de la inteligencia social, capaz de percibir la identidad verdad-libertad, no proviene de una adhesión de individuos a una voluntad colectiva, ni de un compromiso personal, sino de un vinculo sustancial de la personalidad con la lealtad natural a la verdad y la libertad colectivas.

Tanto el método retrodictivo, como el vínculo sustancial con la lealtad, vienen impuestos por la modalidad del referéndum constituyente de la libertad política. Que, para no ser plebiscito autoritario, ha de consistir en la elección libre por los gobernados entre las opciones constitucionales, sobre forma de Estado y de Gobierno, que se formulen y propongan desde la sociedad civil.

Si la Monarquía queda excluida por los acontecimientos, esas opciones serían: República de Partidos, República Federal y República Constitucional. Pues solo esas tres posibilidades políticas tienen virtualidades sociales de realización. La restauración de la II República es una fantasía reaccionaria.

Bajo esta hipótesis, definiremos el modo de unidad política que vinculará sustancialmente al Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional (MCRC) y finalmente, en virtud del principio de homogeneidad, a la sociedad política española.
A.G.T.

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Desayuno desequilibrado

El pensamiento politico de lo que se llamó en Francia "nueva derecha" (ND)debe pasar necesariamente por lo siguiente: Ni una excesiva inclinación por el orden y la autoridad, ni fundar esta última en algo distinto que no sea la soberanía inalienable de los ciudadanos; lo que no sería posible hoy en España.

Benoist, llamo derecha a la actitud consistente en considerar la diversidad del mundo y, por consiguiente, las desigualdades relativas que necesariamente produce, como un bien, y la homogeneización progresiva de ese mundo, preconizada y llevada a cabo por el discurso bimilenario de la ideología igualitaria, como un mal. Llamo de derecha a las doctrinas que consideran que las desigualdades relativas a la existencia motivan relaciones de fuerza cuyo producto es el devenir histórico, y que estiman que la historia debe continuar. En resumen, que la vida es la vida, es decir, una lucha, tanto para las naciones como para los hombres. Por tanto, el enemigo no es la izquierda o el comunismo, ni siquiera la subversión, sino simplemente esa ideología igualitaria cuyas formulaciones, religiosas o laicas, metafísicas o pretendidamente científicas, han florecido sin cesar desde hace dos mil años, de lo que las "ideas de 1789" sólo han sido una etapa y de la que la actual subversión y el comunismo una consecuencia inevitable.

La amplitud de la cita está justificada al menos por dos motivos: primero, porque ofrece en forma condensada los elementos programáticos básicos de la doctrina de la ND (el mencionado anti-igualitarismo, la crítica de la modernidad encuadrada en el marco de una crítica de la civilización cristiana, la interpretación de la historia en clave nietzscheana, etc.); y en segundo lugar y lo que es más importante, porque presenta lo que podría llamarse el núcleo ideológico de la ND, el centro doctrinario en el que coincidirían las diversas familias néodroitières en Francia y que, a pesar de las diversas transformaciones ideológicas habidas a lo largo de los años, habría permanecido inmodificado.

Podemos aplicar a España lo que Benoist constata como una paradoja aparente: en Francia, dice, un país en el que la derecha ha tenido siempre –o casi siempre- el domino político, son pocos –o ninguno - los que declaran sin rebozo su filiación derechista. Existe un cierto complejo de derecha que lleva a los derechistas a negar su propia condición y que tiene fundamentalmente su causa en que la hegemonía cultural ha estado durante mucho tiempo en manos de la izquierda.

Pero además existen determinados elementos ideológicos constitutivos del pensar de derechas que se oponen a una aceptación explícita del propio carácter por parte de los pensadores y militantes derechistas. En primer lugar, la derecha tiene reparos en aparecer como representante de una parte; por así decir, se quiere a sí misma nacional, entendiendo la nación como una unidad compleja articulada internamente conforme a un orden propio.


La derecha ve en la división de la comunidad nacional en partes (y en partidos) el comienzo de lo que ella rechaza, el inicio de la guerra civil. Al propio tiempo, y de manera consciente o inconsciente, se opone a la tendencia de dar a la realidad una explicación única; rechaza, pues, el reduccionismo (o los unilateralismos reductores, en palabras del autor), se base éste en la economía o en la sexualidad.


Existen además razones históricas evidentes para que la derecha se niegue a sí misma. Tras la Segunda Guerra Mundial, el término derecha se cargó de las
connotaciones y las emociones negativas que antes se asociaban a la extrema derecha. Hay que recordar que, de forma no justificada, la derecha se vió comprometida en un peligroso juego de equivalencias. Derecha = fascismo = racismo = crimen de masas. El resultado es una disimetría ideológica que niega a la derecha su derecho a la existencia.

Nuestra sociedad, la española, ofrece también el espectáculo asombroso de una derecha que no puede afirmarse como tal sin verse tachada de fascismo, y de una izquierda y una extrema izquierda que pueden en todo momento calificarse de socialistas, comunistas o marxistas, mientras afirman que sus doctrinas nada tienen que ver con el estalinismo ni con ninguna forma de socialismo históricamente realizado.


Y también en España, la derecha ha tenido además y en todo momento cierta prevención histórica hacia el mundo de las ideas. De hecho, está en los orígenes del pensamiento conservador (Burke) la consideración de que el racionalismo abstracto conduce al caos revolucionario. El problema es que, conforme la derecha parece haber perdido incluso las ganas de defenderse. "Criticada, hostigada, zarandeada de todas las maneras posibles, permanece pasiva y prácticamente indiferente. Ante las acusaciones, se repliega sobre sí misma. No sólo ha dejado de responder al adversario, no sólo no trata de definirse, sino que apenas presta atención al movimiento de las ideas, a las polémicas en curso, a las nuevas disciplinas.

La situación de la izquierda es, sin embargo, muy diferente. La izquierda sin embargo ha avanzado, en último término, acoge y reinterpreta conceptos, temas (anti-materialismo, anti-intelectualismo, crítica del racionalismo, etc.) y autores que tradicionalmente se habían situado a la derecha. Se trata de una izquierda "inteligente", que opera de manera estratégica; una izquierda que aumenta su credibilidad al esforzarse por añadir a su herencia tradicional, y no sin éxito, temas puramente derechistas, temas "neutralizados" en los que lleva a cabo una inversión de sentido. Lo dicho podría interpretarse sin dificultad en términos gramscianos : las ideologías no brotan ex nihilo; son complejos sistémicos estructurados en torno a un centro que dota de sentido al conjunto.

El objetivo es, pues, construir un nuevo relato ideológico coherente, articulado en torno a la valoración positiva de la diversidad y de la desigualdad. En esta tarea habrá de invertirse el trabajo de la izquierda intelectual: reinterpretación y asimilación de conceptos, temas y autores que tradicionalmente se han vinculado al extremo opuesto de lo que Cacciari llama el esquema topológico axial.


El éxito de la derecha depende en último término de sus logros en el terreno de las ideas. Y De Benoist habla en leninista cuando afirma: "Sin teoría precisa no hay acción eficaz. No podemos pasarnos sin una Idea. Y, sobre todo, no se puede poner la carreta delante de los bueyes. Las grandes revoluciones de la historia no han hecho sino trasponer a los hechos una evolución que ya había tenido lugar, de modo subyacente, en los espíritus".

La lucha contra la Weltanschauung igualitaria, hegemónica en Occidente desde hace dos mil años, ha de pasar, por consiguiente, por un período más o menos largo de penosa elaboración doctrinal. El proceso será arduo y necesitará de unas condiciones y de una disposición de ánimo que parecen escasear en los medios derechistas. En síntesis, el avance de la derecha dependerá:
1) de que sea capaz de tener en cuenta el largo plazo y de pensar estratégicamente;
2) de que alcance a comprender la necesidad de declararse como lo que es;
3) de que consiga identificar a su enemigo principal; y
4) de que llegue a admitir que en la existencia no hay nada neutro y que debe extender su discurso a todos los ámbitos.

Por otro lado, la derecha parece ignorar a menudo lo que lleva dentro de sí. En cierto modo, nunca ha llegado a adquirir plena conciencia, en el plano formal, de cuánto implican sus aspiraciones. Su mensaje está implícito, y la tarea pendiente consiste en sacarlo a la superficie. La derecha está así necesitada de teóricos a medio camino entre el intelectual orgánico de Gramsci y el psicoanalista freudiano.

La idea de la convergencia ideológica, de la transversalidad, del et-et (Bobbio), de la síntesis izquierda-derecha o como quiera llamársele está ya presente también en Alain de Benoist. Es importante constatar este hecho porque dice mucho del sentido de la evolución posterior de la ND: no se trataría tanto de un desplazamiento ideológico desde la derecha originaria a la izquierda política en los últimos tiempos, cuanto de un intento de superación del viejo esquema axial que adopta diferentes modulaciones a lo largo de treinta años de trabajo teórico.

Continua diciendo Alain de Benoist, que: "En medio de esta inadecuación cada vez más evidente de las fórmulas y las ideologías de una pieza, se
abre paso un sentimiento: la aspiración a una síntesis. Son ya muchos los que sienten la necesidad de ir más allá de las líneas de reparto actuales. El modo en que, desde hace años, ciertos temas pasan de la derecha a la izquierda (o viceversa) es uno de los síntomas de esa aspiración. Pero es precisamente ahí donde se produce el tropiezo. No debemos ya disimularlo: lo que se necesita es una síntesis de las aspiraciones positivas que hasta hoy han venido presentándosenos de manera dispersa. Esa síntesis equivale a una superación del estadio actual de la condición humana. Creo en su posibilidad, pero no estoy seguro de que vayamos a tener la audacia necesaria para llevarla a cabo. Me temo que la ideología igualitaria nos lo impida".

La última apreciación expresa bien a las claras el sentido de tal síntesis: será una síntesis en la que el pensamiento de derecha, tal como ha sido definido previamente, desempeñe el papel de elemento dominante. Por otro lado, ¿no resulta contra natura tal coyunda ideológica?. A este respecto puede decirse que Bobbio tiene razón en un nivel abstractísimo: el principio de [no] contradicción niega la posibilidad lógica de ser al mismo tiempo igualitario (de izquierdas) y anti-igualitario (i.e., de derechas). Sin embargo, la síntesis de la que habla De Benoist tiene un sentido diferente. En realidad, se trata de la asimilación de temas y conceptos de izquierdas desde una perspectiva de derechas, y también de una reorganización de los frentes políticos que respondería al siguiente esquema:


Diferencialismo (A) ----- Anti-igualitarismo (A) ------ Solidaridad orgánica (A)
Universalismo (B) ----- Igualitarismo (B) ------ Solidaridad mecánica (B)


De modo que, tanto a un lado como al otro, irían a parar pensadores y militantes hasta entonces asociados a las ideologías tradicionales de derecha y de izquierda. Así, comunismo y liberalismo –doctrinas en apariencia irreconciliablemente enemistadas, pero, en realidad, hijas de una misma concepción del mundo- se situarían en [B]; mientras que revolucionario-conservadores y esos anarquistas que no son queridos en ningún bando a los que ya se refirió Jünger se emplazarían en [A]. Para esta opción De Benoist recupera el denostado término de conservadurismo, como opuesto a reaccionarismo. Y explica: "Llamo reaccionaria a la actitud que consiste en tratar de restituir una época a un estado anterior. Llamo conservadora a la que consiste en apoyarse, dentro de la suma de cuanto ha sucedido, en lo mejor de lo que ha precedido a la situación presente, para llegar así a una situación nueva.
Es decir, que a mis ojos todo verdadero conservadurismo es revolucionario" .

En todo caso, en el terreno de este nuevo conservadurismo todo está por hacer. Una filosofía de la historia y una apresurada teoría de las ideologías ad hoc permiten a Alain de Benoist otorgar fundamento conceptual a su afirmación de que todo es uno y lo mismo: monoteísmo cristiano, liberalismo burgués y comunismo marxista no constituyen sino una misma concepción del mundo en diferentes fases de su desarrollo histórico. Conforme a una ley que recuerda a la de los tres estadios de Auguste Comte, toda ideología se expresa en el curso de la historia bajo tres formas sucesivas: religión, teoría laica y ciencia. Bajo la piel de todas ellas, empero, alienta un mismo espíritu: la Weltanschauung igualitaria. He aquí el enemigo principal al que Alain de Benoist hacía mención. La preocupación por la idea de la transversalidad y por la necesidad de superar el viejo esquema axial ha sido una constante de la ND francesa en general y de Alain de Benoist en particular en sus desarrollos teóricos respectivos.

De Benoist reconocía explícitamente su doble filiación en una entrevista reciente para la revista estadounidense Telos: " [...] prefiero considerarme de derecha y de izquierda. [...] Puedo identificarme con la derecha si con tal término se entiende el rechazo a toda teoría del progreso, el deseo de preservar la diversidad humana o la convicción de que el pasado y el futuro son dimensiones del presente. Psicológicamente, puedo identificarme además con la derecha si esto comporta creer que el honor es, cuando menos, tan importante como la dignidad, que el estilo es decisivo [...]; también me reconozco en la convicción de que el enemigo de hoy puede ser el aliado de mañana (eso que se llama agonalidad. Pero, por otro lado, soy ciertamente de izquierda si este término significa el rechazo del individualismo y de la primacía de los valores del mercado, así como de la competencia destructiva entre las personas. Goethe dijo que prefería la injusticia al desorden; yo pienso que la injusticia es el peor de los desórdenes. ¿Es ésta una idea de derecha o de izquierda?".

En otro lugar, De Benoist traza una curiosa filiación teórico-política. Según sus propias palabras, el principal teórico de la ND se siente deudor de Rousseau, la
Comuna, el socialismo francés (sobre todo, Sorel y Pierre Leroux), los no-conformistas de los años treinta, la Revolución Conservadora alemana, el sindicalismo revolucionario italiano y el situacionismo. El listado exige un análisis de cierto detalle, pues combina autores y corrientes de derechas y de izquierdas, que, eso sí, coincidirían en un compartido radicalismo o extremismo. Veamos.

Rousseau. ¿No ha sido un pensador reivindicado por la izquierda? Y lo que es más, ¿por la izquierda más radical, de tipo asambleario, anarquizante, democrático extremo? Desde luego. Pero Rousseau es, sobre todo, el representante moderno más influyente de la tradición republicana clásica. Y es en este aspecto, en su condición de obra de un intelectual anti-burgués y anti-liberal, de un crítico del cosmopolitismo abstracto de las Luces y de un teórico de las pequeñas comunidades autónomas y autosuficientes, económica y culturalmente homogéneas, fundadas en prácticas de democracia directa o participativa, en el que el legado rousseauniano puede ser reclamado por la ND francesa. Su aproximación a las corrientes de pensamiento político de corte neoaristotélico y comunitarista desarrolladas en los últimos decenios en los EE.UU. tendría análogo sentido. Pero, dicho entre paréntesis, el problema que suscita esta orientación es el siguiente: ya no parece posible, al menos en las grandes ciudades de las sociedades avanzadas, encontrar unidades territoriales lo bastante pequeñas y al mismo tiempo lo suficientemente viables en términos políticos que resulten culturalmente homogéneas. La democracia radical ha de habérselas, pues, y por decirlo así, con la diversidad cultural –entre otras diversidades- en sus propias entrañas.

Habría que concebir el espacio político en los términos en los que lo hace H. Arendt: como lugar neutro en el que es posible el encuentro de las distintas identidades políticoculturales.

La Revolución Conservadora alemana. El influjo de la R.C. es crucial y constante en la ND francesa, al punto que, como ya dijimos, podría interpretarse,
salvadas las distancias precisas, como una reedición contemporánea de aquel movimiento de la Alemania de entreguerras. El propio Alain de Benoist es un profundo estudioso de autores vinculados a esta corriente como Moeller van den Bruck, Oswald Spengler, Carl Schmitt, y sobre todo, Ernst Jünger y Martín Heidegger.

Heidegger. Su filosofía de la técnica y su crítica de la metafísica del sujeto tendrán un gran peso en los trabajos de la ND de los últimos años.

Jünger. Su influjo se hace sentir en cuanto filósofo del nihilismo activo. Su elitismo y su teoría del Estado Mundial ocuparán también un lugar destacado en la obra de los autores néodroitiers.

Schmitt. De Schmitt se tomará la idea de una democracia compatible con un Estado fuerte. Democracia Liberalismo; son órdenes políticos que responden a
lógicas diversas. La ND se apropiará de la crítica de Schmitt al liberalismo en tanto que doctrina esencialmente apolítica. Su teoría del Estado como locus de la soberanía, su revalorización de lo político y la determinación de su esencia en la divisoria amigo /enemigo tendrán también gran influencia en el pensamiento neoderechista.


El Sindicalismo revolucionario italiano. Téngase en cuenta que, en gran medida, se trata de una trasposición del llamado socialismo revolucionario francés,
cuyo más importante teórico fue G. Sorel, que conforme a los trabajos de Sternhell daría origen al fascismo tras su vinculación con el nacionalismo radical de principios del siglo veinte. Revisión en clave revolucionaria del marxismo: se constata el aburguesamiento del proletariado (encuadramiento en las instituciones burguesas, asimilación de los valores de la burguesía, etc.), pero frente a una salida socialdemócrata à la Bernstein se apuesta por la búsqueda de nuevos mitos movilizadores capaces de insuflar en las masas el impulso revolucionario perdido. El nuevo mito: el nacionalismo. La búsqueda de nuevos mitos donadores de sentido a la existencia comunitaria en un momento de crisis aguda de valores; he aquí un de las preocupaciones constantes de los pensadores de la ND.

Situacionismo. En cuanto crítica radical de la cultura espectacular contemporánea. Es mucho lo que el proyecto neoderechista de constitución de una cultura enraizada orgánicamente puede recuperar de los trabajos de Debord y sus compañeros de la IS sobre la alienación en la société du spectacle. Pero el situacionismo es algo más que esto. Es una cierta interpretación del marxismo y una apuesta por el consejismo proletario, aspectos ambos que no se entiende muy bien cómo Alain de Benoist y los neoderechistas podrían integrar en su discurso.

Y , ¿en España?. Pues al igual que en el caso de otros países europeos, los orígenes de la Nueva Derecha en España se encuentran en un neofascismo necesitado de renovación doctrinal. En un primer momento, los autores más receptivos a las aportaciones de la Nouvelle droite serán los ideólogos de la organización neonazi catalana CEDADE (Club Español de Amigos de Europa, durante muchos años principal foco difusor de la propaganda neofascista en toda Europa. El grupo reunía un buen número de características que lo convertían en un espacio ideológico privilegiado para una tal asimilación: se trataba de una organización elitista que desde su nacimiento había apostado por la lucha cultural.

La Nueva Derecha a la francesa entrará, sin embargo, con dificultad en los medios de la derecha radical española. Lo corriente será que éstos intenten integrar algunos elementos neoderechistas en un discurso que sigue ligado a los modos de la derecha extrema del pasado reciente.

Una rémora de peso en esta adaptación de las ideas de la Nueva Derecha será la importancia que, entre las organizaciones neoconservadoras y neofascistas españolas tiene la defensa del cristianismo en su versión católica.
Casals, encontraba aquí el principal obstáculo para el nacimiento de una Nueva Derecha fuerte en España. Pero con el paso de los años, el alejamiento de la época franquista y el proceso de laicización de la población española, es posible que la Nueva Derecha pueda ampliar su público en España.

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Averroes

La primera trinca

1
Una de las instituciones más venerables de la enseñanza española, a la que todos los estudiantes asisten y todos los opositores temen, es lo que en el argot universitario llaman la trinca. Ahora mismo está en franca decadencia, y sólo de cuando en vez reaparece, si quienes concursan a una plaza de cátedras son particularmente belicosos, quieren desbancar el falso prestigio de su competidor o lucirse ante sus examinadores y ante un público deseoso de emociones. Sucede que en el primer ejercicio, luego de que un candidato ha expuesto sus méritos y publicaciones, todos los demás tienen derecho a hacer de abogados del diablo, denunciando su evidente retraso mental, descarados plagios, escasez o inexistencia de artículos o libros verdaderamente originales y toda clase de calamidades pedagógicas. Este juego de ataques es particularmente sangriento cuando el protagonista de la trinca está bajo la protección de una eminencia política o académica, ya que entonces la andanada se dirige por elevación a su patrono, normalmente enemigo de quienes presiden y de los alegres asistentes al acto.
Luego que los adversarios han hecho uso de sus derechos, los miembros del tribunal , lo mismo en este primer ejercicio que en todos los demás, plantean al opositor difíciles cuestiones con intenciones muy variadas, según sean sus relaciones con el candidato. Unas veces pretenden que se luzca a través de su respuesta en un terreno que ha trabajado y que domina, otras le ponen en una situación difícil, y por decirlo así casi fuera de combate, y finalmente le pueden exponer un lugar común sumamente problemático, bien conocido de todos y objeto de una actual cuestión disputada. Naturalmente los examinadores deben demostrar a los opositores y al público en general que están al día y merecen el puesto que ocupan, y esto hace que sus preguntas, sin parecerse a una rendición de cuentas, son de todas formas verdaderamente temibles.
Pero la trinca no es de hoy ni de ayer, pues tiene una larguísima historia. Su primera manifestación es, desde luego, rudimentaria: sólo hay un candidato, presentado por un ministro de instrucción pública, que expone sus méritos ante el tribunal, también unipersonal, de un soberano. La cuestión que éste plantea es única, pero mucho más comprometedora que cualquier ofensiva de un rival con ganas de sangre, y mucho más prestigiosa que si la formulara el tribunal más exigente. El encuentro tiene todas las alternativas y todas las sorpresas de una moderna oposición, pues primero el aspirante se quiere retirar, y en un segundo momento contesta con tal brillantez, que sólo unos meses después consigue la plaza de funcionario, y todavía más, asciende al número uno de su singular escalafón.

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Lo mejor es dar la palabra al protagonista de este primer concurso de méritos, el juez y filósofo cordobés Ibn Rusd, que pronto alcanzó prestigio en Al Andalus y luego en toda Europa con el nombre latino de Averroes.
«Cuando fui introducido delante del Príncipe de los Creyentes, Abu Ya’qub, lo encontré acompañado únicamente de Ibn Tufayl, Abu Bakr, que se dedicó a elogiarme, hablando de mi familia y de mis antepasados, y añadiendo alabanzas personales, que desde luego yo no merecía. El Príncipe de los Creyentes, después de preguntar mi nombre, el de mi padre y mi linaje, trabó conversación conmigo, planteándome la siguiente cuestión.
–¿Qué opinan del cielo los filósofos? ¿Lo creen eterno o engendrado? Lleno de confusión y de miedo, traté de evitar la respuesta, diciendo que yo no me dedicaba a la filosofía , pues no sabía lo que Ibn Tufayl había tratado con él. Pero el Príncipe de los Creyentes, que se dio cuenta de mi terror y mi confusión, se volvió hacia Ibn Tufayl y se puso a hablar de la cuestión que me había planteado, recordando lo que habían dicho Aristóteles, Platón y todos los filósofos, y citando también todos los argumentos que los musulmanes opusieron a su opinión. De esta forma pude comprobar en él una erudición que nunca yo habría sospechado, ni siquiera en los que ordinariamente se ocupan de estas materias. Tanto y tan bien hizo para tranquilizarme, que acabé por hablar y así se enteró de mi opinión. Y cuando me retiré me hizo enviar un regaló en dinero, un magnífico vestido de honor y una cabalgadura»
Hay una serie de detalles que convencen del carácter artificial de esta convocatoria, en la que al parecer, las autoridades académicas y políticas quisieron formalizar legalmente una situación y unos méritos ya bien conocidos. En primer lugar el califa almohade tenía que saber que tanto el abuelo como el padre de Averroes habían sido qadíes de Córdoba, el puesto de mayor rango entre los jueces de Al Andalus. Por otra parte el filósofo no era un joven anónimo, pues ya tenía cuarenta y cuatro años y había escrito los pequeños comentarios a la Lógica, la Física y sobre todo la Metafísica de Aristóteles, donde precisamente se expone el problema de la creación temporal o eterna del mundo. La misma presencia de Ibn Tufayl, médico y Visir del soberano, en funciones de ministro de enseñanza y cazacerebros, certifica el carácter político de esta presentación y este nombramiento. Lo que sí parece natural y auténtico es la sorpresa y admiración del filósofo ante la singular sabiduría de Yusùf Abu Yaqub, y su agradecimiento por la generosidad con que le ha tratado.

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Averroes tiene tal éxito que sólo unos meses después de esta histórica entrevista, el Califa almohade lo nombra Qadí de Sevilla, un cargo público tanto más eminente cuanto que esa ciudad se convierte en la capital del imperio almohade en Al Andalus. Pero el filósofo no pierde su espíritu combativo, y durante los años de 1170 va a prolongar y generalizar esta trinca mediante un opúsculo, el Fasl al Maqal, que ya por su título establece el acuerdo entre la religión y la filosofía. Unos años después, analizará las materias verdaderamente centrales en que la revelación del Corán parece entrar en conflicto con el razonamiento racional, recordando sobre todo la dificultad que Yusuf le había planteado.
Según el proceso de la escuela malikí –el que siguen los juristas de Al Andalus, entre ellos la saga de los Averroes– el qadí o juez, antes de aplicar la sentencia, está obligado, sobre todo en los casos difíciles, a consultar al mufti o experto en derecho islámico, que emite una fatwa, interpretando la ley divina. Ahora bien, después de cumplir este trámite, puede resolver la cuestión acudiendo a su propio criterio, pues el dictamen del mufti es pura mente consultivo. Por otra parte, aunque el qadi no puede ser al mismo tiempo mufti, los malikíes permiten que declare la ley divina en forma de fatwa en cuatro casos : cuando el pleito cae fuera de su jurisdicción y competencia, cuando las cuestiones de que trata sean religiosas, o afecten al ritual, o cuando simplemente son muy generales.
Este es precisamente el caso del opúsculo Fasl al Maqal, pues por una parte su contenido es religioso, al tratar de la concordancia o no contradicción entre la revelación del Libro y la suprema doctrina filosófica de Aristóteles y los musulmanes que le siguen, y por otra parte se refiere a un tema generalísimo, que trasciende a toda interpretación particular de la ley coránica y a la aplicación de una sentencia judicial concreta. Es por con siguiente una fatwa polémica, que refuta las críticas a la filosofía y ratifica su legitimidad, fundamenta la ciencia de la interpretación y finalmente establece la relación entre religión y sociedad. Para subrayar desde la primera línea la competencia en la emisión de este juicio de acuerdo con la escuela malikí, se atribuye solemnemente «al jurisconsulto muy ilustre, el incomparable, el muy sabio, el gran maestro, el qadí muy justo, Ibn Rochd».

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Desde el punto de vista formal, la estructura de todas las fatwas, tanto las consultadas a un mufti individual o a una junta de expertos, como las elaboradas por un qadí, es la misma. Empiezan por una fórmula religiosa, que dedica a Allah toda suerte de alabanzas y siguen por dos partes : la pregunta, que es normalmente muy breve, y la fatwa propiamente dicha, que en forma de respuesta razonada, puede alcanzar la extensión de un opúsculo, como es el caso del Fasl al Maqal. En principio la fatwa puede ser formulada verbalmente, pero la práctica impone a la larga la redacción escrita, y a ella se han de ajustar en todo caso las cuestiones teóricas.
El Tratado decisivo de Averroes es una fatwa de respuesta, dirigida a los alfaquíes y teólogos, que en un dictamen jurídico inicial, 1º prohíben estudiar los escritos de los filósofos antiguos, y 2º condenan por impiedad a los filósofos musulmanes, que violan el consentimiento común de los jurisconsultos al recurrir a la interpretación. Averroes, en una prolongación escrita a la primera trinca, contesta punto por punto a esta prohibición y estas condenaciones, anulando la fatwa original y ratificando los principios opuestos:
1º El estudio de los filósofos antiguos es obligatorio según el Libro, y es falso que esa sabiduría suponga el mínimo riesgo para la religión.
2º Hay que afirmar categóricamente que cualquier conclusión de un razonamiento apodíctico, propio de la especulación filosófica, que se contradiga con la letra del Libro, exige que esa letra sea sometida una interpretación alegórica, siguiendo las leyes de interpretación árabe.
3º Es totalmente falso, juzgar por impiedad a quienes han usado esa interpretación alegórica, acusándoles de violar con este uso el consentimiento común de lo jurisconsultos, pues ese consentimiento no se puede establecer de una forma cierta y segura en cuestiones teóricas, como son las ciencias del entendimiento y los asuntos de fe, y sólo tiene validez en cuestiones prácticas, concretamente en las ciencias del derecho.
A partir de esos principios, el Fasl al Maqal analiza la revelación del Corán, que admite una triple lectura : los hombres comunes deben seguir el sentido literal de los textos, dejándose persuadir por un lenguaje retórico, y sin embarcarse en ninguna interpretación, que forzosamente turbará su fe sencilla y su conducta fiel. En cambio los espíritus superiores, no sólo pueden, sino que están obligados a utilizar el razonamiento apodíctico y la demostración, siguiendo la doctrina de los filósofos antiguos, todo eso de a cuerdo con determinadas palabras del Libro Precioso, que Averroes saca fuera de contexto y comenta con singular desparpajo. Hay una tercera clase de lectores que han de ser evitados, pues al utilizar un lenguaje dialéctico y crear las sectas de teología son responsables de la fragmentación de un único mensaje propuesto por un único Dios.

5
La existencia de dos clases de lecturas del Corán, la literal, propia de los hombres comunes, y la demostración, que pertenece a los pensadores de élite seguidores de los sabios antiguos, plantea un problema, que recorre todo el Fasl al Maqal, toda la doctrina de Averroes y su maestro Abentofail, y para abreviar toda la filosofía árabe. La cuestión está formulada en el mismo título de la fatwa : « Tratado decisivo sobre el acuerdo ( la no contradicción ) entre la religión y la filosofía «, o lo que es igual, entre el sentido literal del Corán, y el razonamiento de los falasafa, discípulos de Aristóteles. Averroes enuncia el principio que después desarrollará con las siguientes solemnes palabras: «Nosotros sabemos, por nuestra condición de musulmanes de forma concluyente que la especulación fundada en la demostración no contradice las enseñanzas contenidas en la Ley divina, pues la verdad no puede ser contraria a la verdad.»
A continuación la fatwa va analizando cuidadosamente la posibilidades que pueden presentar los dos conocimientos desde el punto de vista formal: «Sentado este principio, si una demostración categórica lleva a un conocimiento cualquiera de cualquier ser, una de dos, o bien la ley divina no se hace cuestión del ser, o bien se hace cuestión. Si no se hace cuestión, no puede haber contradicción. Si por el contrario la ley religiosa habla de ello, entonces el sentido exterior del texto puede estar de acuerdo con las conclusiones de la demostración referida a ese ser, o bien en desacuerdo. Si está de acuerdo no hay nada que decir, pero si está en desacuerdo, el texto religioso debe ser interpretado. Interpretar quiere decir traducir el sentido desde una expresión literal a una alegórica, según las figuras de la lengua de los árabes. Así que el nombre de una cosa representa metafóricamente a una cosa semejante, su causa, su consecuencia, una realidad coexistente, o cualquier otro símbolo.»
Averroes resume brevemente las consecuencias de este principio y este largo razonamiento: «Todos los musulmanes están de acuerdo en que no se pueden tomar todas las expresiones de la ley divina en su sentido literal, ni se pueden desviar todas de su sentido literal por la interpretación, pero no están de acuerdo a la hora de determinar las que se deben interpretar de las otras que no admiten interpretación… en cuanto a nos otros, afirmamos de forma categórica, que cuando la demostración termina en una conclusión en contradicción con el sentido literal de la Ley divina, ese sentido literal debe interpretarse según el canon de la lengua árabe.»

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La religión musulmana –a eso debe su asentamiento en buena parte del mundo– es de una suprema sencillez pues no admite jerarquías infalibles, ni verdades sobrenaturales, ni un complicado aparato dogmático. En rigor sólo se exige a cada uno de sus seguidores la declaración de una breve fórmula : Sólo hay un Dios, que es Allah, y Mahoma es su profeta. Según esto hay tres afirmaciones que la totalidad de los creyentes confiesan para no caer en infidelidad o en herejía : la existencia de un creador, la profecía, y los premios y castigos de una vida futura, que justifican el carácter imperativo de esa manifestación de fe. Hay que saber si la filosofía de los antiguos utilizando la demostración categórica, contradice alguno de estos principios centrales.
Antes de entrar a juzgar el contenido de cada uno, el Fasl al Maqal somete a los tres a una crítica formal, pues al parecer la unanimidad de los musulmanes utiliza en su confesión el sentido literal. Ahora bien, de acuerdo con la escuela jurídica maliki, esta unanimidad sólo se puede establecer de forma cierta en una materia práctica, mediante el consentimiento común de los juristas de Medina, propagada por una tradición constante sin ningún desacuerdo. En cambio en una materia teórica es imposible verificar el acuerdo universal de los sabios de todas las épocas, a no ser que cada uno sea conocido individualmente y por su nombre, y que la doctrina de todos se haya trasmitido por una tradición constante. Además de todo esto hay que establecer con toda seguridad que la ciencia no debe ocultarse a nadie, y que el camino para conocer la Ley religiosa es único. Pero se sabe por tradición que desde el nacimiento del islamismo, un gran número de hombres juzgan que en la Ley divina hay un sentido literal y un sentido oculto, y que el sentido oculto no debe ser conocido por quienes no lo pueden comprender por no cultivar la ciencia. «Hay que hablar a las gentes de lo que pueden conocer. ¿ O es que queréis que Dios y su Enviado sean acusados de mentira?»
Así pues, hay dos formas de creencia que se corresponden con otras tantas formas de infidelidad. Los filósofos son hombres de ciencia, que no pueden seguir a la letra los textos del Libro cuya interpretación es obligatoria para ellos si no quieren ser infieles. En cambio si los hombres comunes, que sólo conocen las cosas por la imaginación, se apartan del sentido aparente de ese mismo texto, al no poder usar el razonamiento y la demostración, caen irremisiblemente en infidelidad y en herejía. Y esta ambigüedad y doble lectura del Corán, afecta a todas sus páginas, incluida la fórmula central sobre la que gira toda su doctrina.

7
Por fin el Fasl al Maqal, sin abandonar el punto de vista inicial, entra a considerar las tres proposiciones sobre las que formalmente descansa todo el edificio de la revelación coránica. El primero de todos pregunta directamente si el mundo es eterno o engendrado, y de forma indirecta si hace falta Allah, el creador omnipotente. Es precisamente la cuestión que el califa Yusuf le había planteado al aterrorizado Averroes en su primera presentación en la corte almohade. Ahora se puede explicar el miedo y la confusión de un discípulo de Aristóteles para quien el cielo está sometido a un movimiento circular e interminable, cuando tiene que dar razón de su doctrina al jefe supremo de los monoteístas unitarios, tanto más cuanto que la pregunta no puede ser más comprometida, pues se dirige a él por su condición de filósofo.
Al parecer Averroes sale airoso de la prueba a que le somete el Príncipe de los Creyentes en términos muy parecidos a los de su Fatwa. Según el Fasl al Maqal, hay dos extremos sobre los que el sentido literal del Corán, los filósofos antiguos y las mismas sectas de teología están de acuerdo y sólo disienten al tratar de la forma de ser que está entre estos dos extremos. Por una parte Allah es eterno y no engendrado ni producido, mientras que cada una de los seres particulares sometidos regularmente al nacimiento y la muerte son por eso mismo producidos y no eternos. El problema se plantea al tratar del mundo en su conjunto, que según una primera lectura literal de la Ley ha tenido comienzo, y según la teoría de Aristóteles y los hombres de demostración, igual que no tiene fin, tampoco ha tenido comienzo.
El filósofo descubre la trampa que le tiende Yusuf, cuando según los términos de esta primerísima trinca, le presenta una disyuntiva en forma de exclusión: «¿Qué opinan del universo los filósofos? ¿Lo creen eterno o engendrado?» Averroes convierte esta disyuntiva en una inclusión: el mundo es eterno, como que es efecto de la acción continua de la Primera Causa, pero en la medida en que su existencia no es autónoma, está perpetuamente producido. Negar cualquiera de estos dos principios equivale a desconocer el proceso de causalidad, y por consiguiente el soporte real de la demostración. De esta forma, el primer principio sobre el que gira la revelación –la Voluntad inmutable y omnipotente de Allah– se corresponde en filosofía con el principio que hace posibles el razonamiento y la ciencia. Nada tiene de particular que después de esta contestación, el soberano le haya dado espléndidos regalos, y encima de todo eso, le haya nombrado al poco tiempo Qadí de su capital de Sevilla.

8
La segunda cuestión, tratada en la Dhamima o apéndice del Fasl al Maqal, se encabeza también con una breve fórmula religiosa, y a continuación pide la gracia divina a favor del consultante, con toda probabilidad el mismo Califa almohade Abu Yaqub Yusuf, que había suscitado la cuestión sobre el origen del mundo y de forma indirecta el Tratado Decisivo. El problema que ahora se plantea afecta directamente al conocimiento eterno, por consiguiente inmutable, de las cosas producidas, que por definición son variables, pasando del no ser a la existencia. Pero la cuestión tiene un alcance mucho mayor, porque de forma indirecta trata de la posibilidad de la profecía, otro pilar sobre el que descansa el edificio entero de la revelación coránica.
Según Averroes hay dos tipos de conocimiento de las cosas particulares, y en cada uno de ellos hay determinada secuencia de fenómenos El conocimiento del hombre depende de la realidad conocida, y en este sentido es producido y viene después de ella, y está por consiguiente sometido al tiempo, y en fin no tiene la categoría de eterno. Pero en cambio el conocimiento divino antecede a la cosa conocida, que se deriva de él como el efecto de su causa o como la consecuencia de un principio en el caso del razonamiento por demostración, tan invariable como la lógica. Así pues, es posible un saber eterno de los seres particulares, y en eso está de acuerdo el Libro Precioso: «¿Como no va a conocer El, el Penetrante, el Sabio?», con los peripatéticos, que protestan que dicho conocimiento es la base de las profecías en sueños, de la revelación, y en fin de toda clase de inspiración.
Queda una última cuestión, pero tan delicada, que los filósofos, no sólo interpretan su sentido literal, sino que además ocultan su misma existencia, para no turbar la tranquila fe de los hombres comunes, y es la referente a los premios y castigos de la vida futura. Averroes afirma la existencia de una realidad que trasciende los límites de la presente vida temporal, porque negarla significa caer en infidelidad, pero en su categoría de filósofo la interpreta de forma puramente intelectual. Así que en vez de una multiplicación de entendimientos individuales situados en el tiempo, establece la realidad de un único intelecto material, eterno y común a toda la especie ; y a demás sustituye la inmortalidad personal por la eternidad del Entendimiento Agente, y en fin los méritos y deméritos de la conducta humana por la actualización del entendimiento especulativo.

9
Cuando construye su teoría sobre los fines del Estado, Averroes re cuerda con continua gratitud su primera presentación ante Abu Ya´qub Yusuf y el cordial recibimiento de que ha sido objeto. Por eso prolonga sus comentarios de Aristóteles y las interpretaciones de la Ley religiosa con una defensa de la política de los soberanos almohades. La sociedad tiene según él una misión pedagógica, el Estado es por eso una escuela y el gobernante un educador, legitimado por la única virtud de la sabiduría . Cuando los hombres quieren escapar a esta acción educadora y resisten a la verdad y la justicia con la fuerza, es preciso, como último instrumento y situación límite de la función educativa, acudir a la guerra.
De acuerdo con esta educación quirúrgica, el primer califa Abd al– Mu´min y después de él Yusuf son rigurosos e implacables a la hora de aplicar su credo a los súbditos del imperio. Lo primero que hacen es seguir al pié de la letra las doctrinas de Ibn Tumart, suprimiendo todas las revelaciones anteriores al Islam. Abd al Mu´min obliga a exiliarse o apostatar a los cristianos que encuentra en Túnez, y cuando pasa a España, Yusuf hace lo mismo con los judíos, a pesar de la influencia cultural y administrativa que han tenido desde siempre. La judería de Córdoba tiene que disolverse, y desde ahora sus miembros mantienen la fe, refugiados en la fortaleza impenetrable de la vida doméstica.
Además los soberanos almohades eliminan a los santones morabitos, y además todas las sectas teológicas que se interponen entre los creyentes y el Corán, fragmentando y multiplicando el contenido de su mensaje. De esta forma la unidad de Dios y la de su califa se prolonga en la lectura o la escucha directa de una única profecía. Pero además de esta política represiva admiten y fomentan una doble lectura directa del Corán, de acuerdo con el nivel intelectual de quienes han recibido este mensaje único.
Esta afortunada política cultural permite a los soberanos almohades salvar a la razón, que deja de ser dominio de los infieles y pasa a ser una de las lecturas de la Escritura mediante la interpretación. Por eso los unitarios, a pesar de su intolerancia incluso con los otros credos monoteístas y las sectas teológicas, van a asegurar en el Islam occidental y después en toda Europa la permanencia y la trasmisión de la filosofía clásica en todas sus variantes.
Autor: José Ramón San Miguel Hevia

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La Enseñanza del régimen político de los reinos de taifas en la España de 2008

Hasta el siglo XIX, y desde la búsqueda de la kalokagathía griega -la cualidad ideal de aunar lo bello y lo bueno-, pasando por la humanitas latina, el Humanismo renacentista y llegando, incluso, hasta el ideal “pansófico” de un Comenius, la esencia de todo aprendizaje consiste en la relación vertical entre el maestro o instructor y el alumno que pretende ser instruido. Dicha verticalidad queda establecida por la promesa y esperanza de mejoramiento, de ascensión -intelectual o espiritual- hacia un objetivo que siempre coincide con la areté, virtud que se encarna en un ser humano y lo convierte en paradigma que debe ser imitado. La educación no es posible sin que se ofrezca una imagen del hombre tal como tiene que ser. A pesar de los cambios culturales, sociales, políticos, ideológicos o económicos, la verticalidad se mantiene estructuralmente, si bien lo único que se ve afectado es ese paradigma, ese imperativo de lo humano. Jamás se discute en Occidente el objetivo de hacer a los hombres mejores a partir de la paideia ni, por supuesto, la necesidad de que sea precisamente mediante la superación, la excelencia y el mérito como el ser humano lo logre. Sólo “los mejores” han de conseguir “lo mejor”.

Con las utopías socialistas del XIX emerge un nuevo punto de vista. La preocupación por la miseria en la que vive la clase surgida de la Revolución Industrial crea dos necesidades imperiosas: la búsqueda de la igualdad social y un nuevo ideal de Estado benefactor -pero todopoderoso- que la procure. En la educación, lo que al principio supone tan sólo una modificación en el paradigma de la areté se tornará, tras el auge de los movimientos sociales, en la destrucción de la verticalidad antes citada, sustituida ahora por una horizontalidad impuesta verticalmente desde esa infalibilidad mesiánica y judeocristiana que, a partir de Lenin, caracteriza los regímenes social-comunistas. El proceso queda definido en la confusión -siempre intencionada- entre lo social y lo político y su posterior homogenización. Puesto que el Estado invade lo social, resulta lógico que, en esta tabula rasa, el sistema de enseñanza corra una suerte parecida. Se recrea en lo educativo el mismo proceso que sacrifica la libertad para salvaguardar la igualdad, supuesto fin de todo grupo humano que se precie. No sólo el paradigma de la areté cambia radicalmente, sino las bases sobre las que su búsqueda se asentaba.

Paradójicamente, mientras los países comunistas se apartan de esta lógica haciendo de sus universidades auténticos templos “meritocráticos”, Occidente se lanza, tras la década de los sesenta, a la loca carrera de la “comprensividad”. Pero el Occidente que surge entonces bajo los adoquines parisinos debe conjugar su tradición liberal con la renacida tendencia de las mayorías. Las nuevas propuestas pretenden importar las utopías del primer socialismo al ámbito de la escuela.

En España, hay tres momentos importantes: el krausismo, la Escuela Única de la Segunda República y los daños colaterales del mayo francés, de los que la “Ley Villar Palasí” es el más mortífero. Si los regímenes totalitarios no tienen que esconder sus pretensiones, para la nueva “democracia” española resulta vital la retórica que transforma el sistema de enseñanza en todo un simulacro “baudrillardiano”.

Porque tanto la verticalidad como el mérito huyen de la retórica del simulacro y abrazan la de la imitación de modelos de conocimiento, y porque han de situarse más allá de cualquier imposición exógena, de cualquier ideología aniquiladora de la libertad de cátedra, el sistema educativo actual, al haber acabado con la esencia de cualquier instrucción, es antinatural y sólo sirve al poder establecido. Nunca en España hubo un control tan férreo de la labor del profesor, que se ha visto obligado a abandonar la esencial búsqueda de la areté para impartir la impostada doctrina de la salut publique.

A pesar de lo expuesto, las explicaciones que se suelen dar a la decadencia de la enseñanza española obvian un dato aun más relevante: el contexto donde empieza. Que Transición política y reforma educativa coincidan en el tiempo no es casualidad sino mensaje cifrado que la perspectiva histórica va revelando poco a poco. La senda que abre esta evidencia habrá de ser, sin duda, mucho más provechosa.

La verdad política se muestra tozuda a pesar de los verdugazos propinados desde hace treinta años para intentar domeñarla. Su heroica contumacia tiene hoy recompensa, pues ha aprendido a guarecerse tras la pantalla virtual del mundo esperando las pequeñísimas ocasiones que se le prestan, como poros por donde comienza a transpirar libre. Todo, en España, nace y muere en ella, en su ausencia quiero decir, y todo -no podía ser de otra manera- es a su vez consecuencia de ella misma, de su ocultamiento, de su perversión, de su miseria. La verdad, empero, de la representación de la sociedad civil, de la libertad política, de la supremacía del individuo frente al Estado no advendrá, como algunos piensan, con la actual crisis económica sino un poco más tarde, cuando se apele a la inteligencia del pueblo, a su iniciativa, a su clarividencia, y se descubra que éstas apenas sobreviven. Entonces se mostrará tal y como fue el engaño, y se descubrirá al fin que, para que triunfase, se requería la participación de todos, la servidumbre autocomplaciente de treinta años de reformas educativas.

Cuanto ha acontecido en España se ha sostenido en el pedestal de la ignorancia. El régimen franquista la forjó poco antes de su metamorfosis porque comprendió que sería lo único que garantizase su perpetuación. La impostura mediática, la hipocresía partidista, de nada habrían de servir sin el fundamento de la inopia voluntaria. Pero, ¿cómo conseguirla? Institucionalizándola, es decir, que ésta fuese uno de los pilares del régimen político que se inauguraba. Por ello se hizo imprescindible un movimiento previo a la transición política, la Ley General de Educación y la Reforma Educativa de 1970, que, transido de “nuevos valores pedagógicos y democráticos” -team teaching, educación personalizada, etc.-, preparaba el terreno para el desmantelamiento posterior de aquellos otros valores que se consideraban una antigualla por pertenecer a una ley, la Ley Moyano, que, en su estructura, había perdurado durante más de un siglo. Tres fueron las vías que se siguieron a partir de entonces: desprestigio paulatino de la labor de los profesores, introducción en las aulas del pensamiento dominante del nuevo régimen y, por último, aparente inestabilidad que, con el disfraz ideológico, permitía que la sociedad desviara la atención hacia la superficie de lo que en realidad estaba ocurriendo.

La mengua del oficio docente comenzó con la ley de 1984, que regulaba la Función Pública -a ella hay que añadir las reformas efectuadas en 1988 y 1993- y que establecía una serie de normas concernientes a la movilidad de los funcionarios, a su nivel y a la asignación de destinos que claramente discriminaban a los profesores. Posteriormente, en 1985, la LODE daría la puntilla definitiva, al completar este aislamiento laboral con el desdoro social, creando el Consejo Escolar del Estado y los Consejos Escolares de centro. En aquél los sindicatos comenzaron a suplantar a los docentes en las futuras negociaciones; en éste los claustros dejaron de ser el principal órgano rector de escuelas e institutos. A partir de entonces, la LOGSE de 1990 y la vigente LOE no hallarían ningún obstáculo insalvable para concluir el trabajo: sustitución de las asignaturas por áreas, promoción automática, supresión del Cuerpo de Catedráticos de Bachillerato, creación de las llamadas competencias básicas.

Por otro lado, nada de esto habría sido posible sin la inestimable ayuda de quienes se hacen llamar “agentes sociales”. Que la Administración considere únicamente a las asociaciones sindicales de la enseñanza interlocutores válidos para cualquier negociación no sólo no es democrático sino que pretende el control y el amordazamiento de toda disidencia, y más teniendo en cuenta que éstas son subvencionadas por aquél, que su capacidad de influencia depende de unas elecciones con listas cerradas y que su máxima aspiración consiste en entrar en las diversas mesas sectoriales, agencias de clientelismo, blocaos de intoxicación política, figones de sinecuras.

Así pues, lo peor de semejante panorama no fue el escamoteo progresivo de méritos y privilegios, sino el silencio con que se acató el sacrificio. Se engañan los preceptores cuando achacan parte de los males sufridos a una autoridad mermada. El Cuerpo de Profesores de Secundaria no ha perdido preeminencia sino, precisamente, corporeidad. No resulta extraño que, entre el lamento y la aquiescencia, todavía se encomienden a la vana promesa de un “deus ex machina”.

La irrupción en las aulas del pensamiento dominante del régimen político tuvo su inicio con el nacimiento de la Constitución de 1978. Su presencia desde los más bajos niveles de la EGB, sobre todo en la asignatura de Ciencias Sociales, fue, sin duda, algo concertado y sufragado por los poderes públicos y auxiliado por las diferentes editoriales de libros de texto -recuérdese de dónde surge el difunto señor Polanco y el grupo mediático PRISA- y la complicidad de la mayoría de los profesores. En un momento tan crítico de la historia de España se hacía necesaria la proclamación del nuevo evangelio político sin que nadie -ni siquiera, insisto, la empresa privada dedicada a la edición de libros de texto- osara ponerlo en duda. El ideario, sin embargo, se centró, antes que en el articulado de la Carta Magna, en una suerte de moral buenista y políticamente correcta que abordaba, mediante hipnopedia huxleyiana, temas tan imprescindibles para la sabiduría del estudiante como la educación vial, el respeto de las zonas verdes de la ciudad o la solidaridad con los pobres de Etiopía -por aquel entonces paradigma de la miseria-. El nacimiento de las asignaturas transversales en 1990 y de Educación para la Ciudadanía actualmente no ha supuesto un salto cualitativo importante. La cosa estaba ya inventada.

La piadosa enseñanza, concebida como un instrumento de cambio social, sólo se pudo materializar en la prolongación de su obligatoriedad y en la desaparición de toda autoridad, ocasionando, además, que la educación en valores, arraigado cometido de la familia, pasara a la escuela y que ésta no tuviese ningún reparo en delegar en aquélla su tradicional responsabilidad en la transmisión del saber humano. Al estar hoy vedada la promoción social a los alumnos que no poseen incentivos suficientes en el hogar, el efecto que se pretende no sólo atañe a ideologías o a programas de partido sino a la base misma del régimen de poder, revelando así los dos factores capitales que, desde el ensayo de Étienne de la Boétie, explican qué cosa sea la servidumbre voluntaria: la tutela y la ignorancia.

A estas alturas, el maestro que crea que no está preparando a sus chavales para el futuro se engaña absolutamente. Debe saber que sí los adiestra, pero ahora no para ser ciudadanos sino para ser “otra cosa”. La poca exigencia en la superación de un ciclo vital tan determinante para la forja de la personalidad de cualquier adolescente desemboca en la falta de responsabilidad, en la configuración de un universo tutelado donde la libertad se reduce a la exigua capacidad de elegir alternativas predispuestas. Varias generaciones han salido ya de los institutos trasladando ese beneplácito en la no libertad o servidumbre. A medida que la sociedad civil se llena de conciencias débiles y controladas, la civilidad ha ido quedando excluida de unas relaciones que siguen ahora pautas bien distintas. Así como una de sus bases, la libertad, ha delegado sus funciones de supervisora, de creadora de responsabilidad moral en una estructura superior, el Estado, el sistema educativo ha dejado en manos de la sociedad de la tutela, del Gran Hermano orwelliano, su coherencia fundacional. El alumno alienado y el individuo social alienado son síntomas de la misma enfermedad.

Por último, el vaivén de leyes y de planes de estudio que muchos han criticado no se debió a que la enseñanza fuese un arma arrojadiza de los sucesivos gobiernos en el poder, sino a la exigencia de crear mecanismos de justificación de lo que existía y existe, la salvaguarda del orden establecido. Con la apariencia de “sana confrontación democrática” en realidad se ha estado poniendo en práctica, desde hace más de treinta años, el gatopardiano principio de que hace falta que algo cambie para que todo siga igual. Desde otra perspectiva es imposible comprender cómo nadie ha sido capaz de ponerse manos a la obra para arreglar el desaguisado, o cómo, con el fin de enderezar el rumbo de las últimas estadísticas negativas, se sigan ofreciendo soluciones -los programas electorales de los principales partidos políticos están ahí para comprobarlo- tan pueriles, tan cobardes, tan absurdas.

En una realidad política edificada a partir de simulacros de representación ciudadana, toda confrontación orbitará en torno a cuestiones decididas o pactadas con anterioridad para que cualquier superficie obtenga la apariencia de abismo decisivo. Por una vez, nadie miente. Puesto que ninguno de los partidos con opciones de gobernar debe saltarse el guión, únicamente las polémicas de la enseñanza privada y concertada, de la Educación para la Ciudadanía y de las veleidades nacionalistas pueden estar recogidas en sus respectivos programas electorales. Si a estas alturas hay gente todavía capaz de mostrarse desengañada con unos partidos que, teniendo la oportunidad de reformar a fondo la enseñanza, incurren en imprecisiones que silencian los verdaderos remedios, es porque no ha comprendido que éstos, como representantes del Estado y no de sus votantes, sólo aspiran a perpetuar un régimen político del que se nutre. Y está demostrado que el actual sistema educativo conviene al régimen.

Con estas tres soluciones, la partidocracia española ha podido sobrevivir hasta el momento presente. La consecuencia -enmudecidos los principales agentes de la enseñanza y sofronizadas las conciencias de varias generaciones de estudiantes-, que vivimos y viviremos durante muchos años, es la ignorancia, tutelada por el Estado y financiada por la oligarquía. Hasta tal punto se han armonizado régimen político y sistema educativo que es imposible que éste cambie en lo sustancial sin la sustitución de aquél.

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Codicia Fiscal

Los movimientos contestatarios de la Modernidad tuvieron su origen en no pocos actos de insumisión civil: los súbditos a la vez que protestaban contra sus autoridades se oponían, en nombre de la libertad, a los modos de operar coercitivos que exhibían los representantes de la Hacienda Pública. Y aunque no hay documento político, tampoco escrito filosófico, que ofrezca una solución global al problema, gravísimo, que generaba el despotismo financiero del Estado, sí abundan, por el contrario, las quejas y críticas a la voracidad fiscal. Por eso, antes de que Benjamin Franklin escribiera allá por 1789: «en este mundo no se puede estar seguro de nada, salvo de la muerte y de los impuestos», ya David Hume había observado las injusticias que en materia de tributos se cometían en un país como Francia señalando que los abusos «no proceden de que sus impuestos sean más numerosos o gravosos que en los países libres, sino de un sistema recaudatorio tan caro, inicuo, arbitrario y complicado que desalienta el esfuerzo de los pobres, y en especial de campesinos y granjeros, y convierte la agricultura en oficio de mendigos y esclavos».{1}

Sed de dinero

El tema del uso y circulación del dinero público aparece tratado de forma muy especial en los años de gestación y auge del Imperio de España. De hecho el jurista y teólogo español Luis de Molina (1535-1600), encuadrado en el grupo de la Escuela de Salamanca, testimonió la importancia que para España tenía económicamente a lo largo de todo el año la celebración de mercados en plazas tan relevantes como Medina del Campo, Medina de Rioseco, Villalón, Flandes... De modo que, al estar ligado el funcionamiento de la nación a los ritmos de la economía, las ferias se alargaban en ocasiones por imperativo del propio rey para dar tiempo a que llegaran esas ansiadas mercancías que se transportaban desde el Nuevo Mundo a la península en las bodegas de los barcos. Por supuesto, con la medida de vincular el calendario ferial al comercio transatlántico se lograba, nos informa Luis de Molina, poner en circulación los metales preciosos que procedían de América. Metales que, claro está, iban a permitir sufragar los gastos de mantenimiento del propio Estado.

Atento a lo que sucedía con los movimientos internacionales de compra y venta, el jesuita conquense Luis de Molina anotaría la existencia, en su tiempo, de tres importantes grupos financieros. De un lado, estaban los comerciantes que viven de los beneficios que les procuraba la venta de sus productos (lana, especias, aceite, oro, trigo...) en lugares incluso geográficamente alejados como Lisboa, Sevilla, Medina, Flandes, Génova, &c. De otro lado, anotó Molina, estaban los cambistas que, sin trabajar, simplemente anticipaban el dinero a los comerciantes para que éstos pudieran llevar a cabo transacciones comerciales en lugares donde no disponían de liquidez. Y en tercer lugar, añade Molina, también en torno al mundo del dinero vivían los banqueros. Éstos guardaban y recibían en depósito el capital de comerciantes y cambistas. Y además de tener una enorme influencia a la hora de pagar deudas, llegaban incluso a ofrecer financiación a las propias autoridades del Estado en forma de créditos.

Molina, hay que decirlo, fue el primero en descubrir, por cierto: mucho antes que James Pennington, que los depósitos bancarios formaban parte del desarrollo y estructura misma de la oferta monetaria. Molina llegó incluso a proponer el término chirographis pecuniarium (dinero escriturado) para nombrar y describir un tipo de documentación escrita que se utilizaban en los círculos afines a los banqueros y que por su alto valor crematístico era sinónimo, en cualquier transacción comercial, de dinero.{2}

Con la explicación molinista se entiende que una fuente de financiación del Estado procediera en el Quinientos de los préstamos que facilitaban a la Corona los banqueros que, a la sazón, eran personas particulares. Préstamos con los que se paliaban las necesidades políticas de la monarquía; y aunque las partidas de dinero pudieran provenir de familias españolas tan acaudaladas como las de Rodrigo de Dueñas o Simón Ruiz, sin embargo en su mayor parte procedían de la poderosísima familia alemana Fugger que con fortísimas operaciones crediticias apoyaba además la política americanista de Carlos I de España, V de Alemania, igual que en otros tiempos no muy lejanos esa misma familia Fugger había estado prestando dinero al mismo abuelo de Carlos I, el emperador Maximiliano.

La relación entre Dinero y Estado era tan evidente que uno de los miembros de la citada familia alemana Fugger, Jakob II, conocido nada menos que por el alias de El Rico, suministraría la nada insignificante cantidad de medio millón de florines al jovencísimo Carlos I, suma de dinero que éste utilizó para obtener, con los votos de los electores que pertenecían a la alta aristocracia europea, el nombramiento de emperador.{3} Tres años después el rey Carlos creaba El Consejo de Estado, organismo de gobierno que gestionaba asuntos imperiales tan importantes como el comercio, la guerra, la elaboración de pactos y tratados diplomáticos, &c. En opinión del Emperador Carlos, así nos lo hace saber Lorenzo Ramírez de Prado en su escrito Consejo y Consejero de Príncipes (1617), «los negocios de los príncipes consistían en dos cosas: consejo y ejecución». Y entre consejo y ejecución la praxis del emperador reclamaba una mayor eficiencia de la máquina administrativa de las instituciones del Estado (gobierno de las Indias, finanzas, negocios, tráfico mercantil y naval, logística, diplomacia, firma de pactos internacionales, y recaudación de impuestos). Todo lo cual conllevaba sufragar necesidades y obligaciones como, p. e., el gasto de las tropas imperiales que, siendo de las mejores de Europa, estaban integradas por mercenarios profesionales españoles, italianos, flamencos... y lansquenetes alemanes (luteranos), y exigían fuertes cantidades de dinero para su mantenimiento. Es más, tales eran los esfuerzos crematísticos que entrañaba el funcionamiento de la nación española que, a través de la relación epistolar que el emperador Carlos mantuvo con su esposa, la «Serenísima, muy alta y muy poderosa Emperatriz y Reina Isabel», se observa el coste económico que conllevaban ciertas decisiones políticas:

«Y pareçe a todos que sería mejor que la dicha armada se hiziesse con gente destos nuestros exérçitos, assí por la industria y experiençia que tienen de saber çercar y combatir plaças y dar y esperar batallas [...]. Y el almirante micer Andrea Doria, que es uno de los con quien se ha platicado esta materia, ha offreçido de se encargar de la dicha empresa con doze mil hombres de los que ay en nuestro campo sobre Florençia; los quatro mil dellos alemanes y otros quatro o seis mil spañoles, y los otros italianos. A los quales dize que embarcará y llevará a la dicha empresa en sus quinze galeras, y en las quatorze de Françia que agora han venido a Génova [...]. Y que, pagada y basteçida la dicha gente por tres meses, y assimismo pagando los otros baxeles y nabíos que fueren menester para la dicha empresa, llegará el gasto de la dicha armada a CC mil ducados poco más o menos; no entrando en ello la costa de las dichas galeras, que haveis de mandar pagar por otra parte. Y pide que, para en cuenta de los dichos dozientos mil ducados, se embíen luego a Génova veinte y çinco mil ducados para començar a hazer allí algunos bastimentos y las dichas curueñas y carretas de artillería, escalas, herramientas, pólvora, mecha de arcabuzeros y otras cosas neçesarias para lo susodicho; y que para el tiempo de la embarcaçión de la dicha gente, que ha de ser en Puerto Ercoles y Talamón, se embíen para su sueldo çient mil ducados.»{4}

Con el tiempo, la forma de ejecutar los contratos crediticios va a transformarse. Y la financiación de ciertas actividades se realizará a través de la institución de la Banca. Pero antes de que apareciera ésta como tal, existió una manera más fácil y menos comprometida de obtener mucha moneda y así afrontar las onerosas empresas de gobierno. Por supuesto, no nos referimos a la que procedía de los botines conseguidos a través de la guerra. No, simplemente hablamos de la imposición, a los súbditos, de gravámenes y tributos gracias al brazo todopoderoso de la Hacienda Pública. Y es que cuando los soberanos de una nación aspiraban a mantener un Estado o a convertirlo en Imperio, grande era la presión recaudatoria que pesaba sobre la población, y mayor resultaba la necesidad de riquezas. Al y fin y al cabo, el mantenimiento de la maquinaria institucional de cualquier país, fuera grande o pequeño, entrañaba un cúmulo nada intrascendente de gastos. Y a veces excesivos riesgos financieros, tal fue el caso de la primera bancarrota imperial que se produce en 1557, justo un año después de que Carlos I de España y V de Alemania abdicara y dejara el timón del poder político en manos de su hijo Felipe II, a la sazón rey de España y de Portugal. Pero también, tal fue el caso de la honda crisis financiera que golpeó a la monarquía española y llevó a su rey, a Felipe II, a declarar repetidamente en 1575 y en 1596 el estado de bancarrota.

Ejemplo de mala gestión económica

Advertir cómo administrativamente se organiza desde el punto de vista tributario el Estado posee gran trascendencia, toda vez que las cargas fiscales sobre la población se reglamentan y generalizan en y a partir del siglo XVI. Y como la supervivencia del Estado moderno dependía de la administración de los impuestos, y escasa era la experiencia que sus dirigentes tenían en materia económica, en no pocas ocasiones la vida de la nación podía verse alterada, incluso convulsionada. Y es que la necesidad de dinero para mantener en pie la política nacional, unida a una mala gestión, llegaba en ocasiones a provocar errores fatales para la economía de un país. Recordemos a título de ejemplo el escrito titulado De monetae Mutatione (Sobre el cambio de la Moneda, 1601) del insigne historiador toledano Juan de Mariana. Pues bien, a diferencia de Thomas Moro que, en calidad de juez y subprefecto en la ciudad de Londres y bajo la protección del arzobispo Warham, pudo escapar de las represalias de Enrique VII cuando se puso en contra de la política fiscal alcista de su rey, a Mariana le supuso graves perjuicios personales su obra De monetae Mutatione y, a diferencia de Moro, no pudo zafarse de los inconvenientes que provocó su escrito.

Pero, ¿por qué perjuicios personales? Y sobre todo, ¿por qué Sobre el cambio de la Moneda despertó tanta enemistad entre los poderosos? Pues a causa de la denuncia que hizo Mariana sobre una mala medida económica: el duque de Lerma que gestionaba la Hacienda de la Corona española creyó que la obra de Mariana, escrita en latín e impresa en la ciudad alemana de Colonia, centro editor más importante de Europa, iba dirigida no solo contra él, sino asimismo contra el gobierno de España. Por eso, en un arranque de falso patriotismo el duque buscaría la protección del mismísimo rey, Felipe III, el cual lograba a su vez que el Papa Paulus V interviniese en el procesamiento de Mariana.

La causa del supuesto escándalo nacía de la decisión político-financiera de acuñar grandes cantidades de moneda de vellón de ley, pero de valor muy inferior a las monedas acuñadas por monarcas anteriores a Felipe III. Ni que decir tiene que este recurso, el de la multiplicación milagrosa del dinero, era habitual, y no solo en España. Recuérdese como ejemplo que, tras las campaña bélica contra Francia, el rey Enrique VIII, aliado del emperador Carlos V, invadía en 1544 Francia. Y si bien es cierto que el emperador Carlos firmó la paz con este país, Enrique continuó sin embargo los enfrentamientos armados hasta un año antes de su muerte, o sea, hasta 1546. Y por la decisión de alargar la guerra el monarca inglés tuvo que adoptar una serie de medidas de alto riesgo con el fin de poder afrontar los gastos derivados de su campaña militar. ¿Cómo? Deshaciéndose de parte de su patrimonio a través de la venta de terrenos y, lo que es peor, llevando a cabo una política de devaluación de la moneda, suceso que creó pobreza entre la población, además de dejar a su descendiente un agujero considerable en las arcas de la Hacienda Publica.

Pues bien, en el caso histórico que relata Mariana los resultados no serían muy distintos. Las consecuencias del envilecimiento de la moneda española nunca fueron las deseadas, ya que el Fisco no consiguió contrarrestar la falta de dinero líquido en el erario público. Antes al contrario, la depreciación que, de forma inmediata, tuvo la moneda española dentro de los mercados internacionales provocó no pocos efectos calamitosos entre los segmentos menos poderosos de la población española que, con la asfixia de la superinflación apretándoles las gargantas, padecía los efectos del encarecimiento de los productos de primera necesidad. Tal era el caso del trigo.

Por políticas tan desacertadas el ambiente andaba revuelto, y las quejas del pueblo llegaron a los oídos del jesuita Mariana que, ante el desastre, embestiría contra los malos consejeros. El caso es que las consecuencias de una política desacertada no la sufren directamente ni ellos, los malos consejeros, ni tampoco la élite política, los gobernantes. Sino más bien, denunciaba Mariana las gentes humildes. Por eso, en los primeros capítulos de la obra citada, Mariana no solo establece cómo el peso y la ley de la moneda constituye la base de los intercambios comerciales. También afirma Mariana que el rey no puede bajar la ley de la moneda sin el consentimiento del pueblo. Y es que para Juan de Mariana, entre los objetivos de la política financiera del Estado se contemplaba la búsqueda del bien general, de la ecuanimidad y de la justicia, igual que tiempo atrás el Padre Francisco de Vitoria había defendido en su escrito Relecciones que para que la ley fuera justa no bastaba con tener el apoyo del legislador. También había de ser socialmente útil y armónica, y atender al bien general, decía Vitoria.

Yerros y descalabros financieros aparte, que la Nación en la Edad Moderna se construye fiscalmente desde el siglo XVI constituye un hecho de tal magnitud que no conviene dejarlo arrinconado, sobre todo si queremos explicar cómo el incremento de la presión fiscal va a generar no pocas señales de malestar social, e incluso a encender entre la población la chispa, en más de una ocasión, de la insurrección.

Del pago de impuestos a la desobediencia civil

Los muchos corros en los que la gente de a pie, de pueblos y ciudades, mostraba su descontento ante la medida impopular de devaluar la moneda española llevaron a Mariana a escribir Sobre el cambio de la Moneda, obra que tantos problemas y disgustos le iba a ocasionar porque, en primer lugar, ve cómo se le abre un expediente penal; en segundo término, porque comprueba que su escrito levanta polvareda y mucho enojo entre la clase dirigente. Hasta interviene la propia Inquisición a la que se confió la causa contra su persona. Y no solo eso. Porque en el ínterin del proceso, las autoridades obligarán a este jesuita a permanecer en prisión preventiva en una celda del convento madrileño de San Francisco. Durante casi un año estuvo encerrado, justo el tiempo que se necesitó para aclarar la instrucción y tomar una decisión sobre el futuro del Padre Mariana. Y solo se trataba de una obra de carácter crítico en la que su autor, amparándose en la doctrina jurídica del populismo, recordaba que el monarca no puede bajar la ley de la moneda sin haber alcanzado el consentimiento del pueblo.

En todo caso, es evidente, una nación podía por mala política financiera provocar no pocos descalabros entre la población. Un ejemplo de ello nos lo proporciona Carlos I (1600-1649). Este monarca británico, hijo de Jacobo I, no era buen gestor y dilapidaba la hacienda pública exigiendo, vía impuestos, más contribuciones para el mantenimiento de la Tesorería del país. Es más, todo aquel que rechazara cooperar con préstamos con la Hacienda Pública era inmediatamente encarcelado. Su forma, pues, de administrar la nación despertaba antipatía entre el pueblo y, también, descontento en los miembros del Parlamento. Y pese a que en el año 1628 recibía un documento, la Petición de derechos, que venía a limitar sus atribuciones reales, Carlos I, lejos de aprobar tal reivindicación, disolvía un año después el Parlamento. De este modo, al menos aparentemente, el monarca creía dar fin a los brotes de descontento y desobediencia.

Ni que decir tiene que, a veces, las medidas políticas no calmaban las quejas del pueblo. ¡El monarca Carlos I no solo exigía que sus súbditos le adelantaran dinero en calidad de préstamos, préstamos que no tenía ninguna intención de devolver, sino que, llegado el caso, volvía a poner incluso en curso legal algunos impuestos feudales del siglo XIII! Con muestras de voracidad fiscal, el rey Carlos generó a su paso desórdenes y, tras ser juzgado, moriría decapitado en 1649. Pues bien, cuando cosas así sucedían; cuando los abusos fiscales eran tan fuertes como injustos; el clamor popular trascendía el ámbito de los escritos de protesta y entonces se producían actos de insurrección, de auténtica rebelión fiscal. Y a los disturbios callejeros se unían los motines, como los de Oporto y los de Santarén, ocurridos en 1628 y 1629 respectivamente., aunque en otras ocasiones llegamos a saber cuáles eran los efectos que tenía la sublevación. Cuenta Madame de Sévigné en una carta fechada en Rochers el 30 de octubre de 1675:

«¿Quieres que te dé noticias de Rennes? Ahora tenemos un tributo de cien mil escudos y si no se abona en veinticuatro horas, hay que pagar el doble y te lo pueden cobrar los soldados.
Han clausurado y desalojado una calle entera de las grandes, y han prohibido que se dé cobijo a sus habitantes bajo pena de cadena perpetua. A resultas de lo cual, contemplamos a esos miserables, mujeres recién paridas, viejos y niños, vagando sollozantes o abandonando esta villa sin saber a dónde ir, sin tener con qué sustentarse ni dónde dormir.
Antes de ayer pusieron en la noria al violín que empezó el baile y el robo del papel timbrado. Lo han descuartizado y sus cuatro cuartos los han puestos en las cuatro esquinas de la villa. Han detenido a sesenta vecinos y empezarán a colgarlos mañana.»{5}

La sed fiscal del Estado traspasaba, en más de una ocasión, las fronteras de la cordura. Y por los excesos y desatinos que se consumaban en materia tributaria podía ocurrir que la revuelta popular no fuera un episodio geográficamente anecdótico. De hecho, una mala gestión económica unida a la subida de las cargas tributarias podía desencadenar, y en cascada, un sinfín de explosiones multitudinarias, como las que se dieron en los momentos previos a la Revolución americana.

De la rebelión a la Revolución

Antes de que la bandera de la Modernidad se identificara con la aventura rebelde de los colonos secesionistas ingleses (1775-1783) y, por supuesto, antes de que la bandera de la Modernidad se identificara con el lema de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución francesa (1789-1794); en suma, antes de que ocurrieran estos dos acontecimientos tan determinantes para el rumbo de Occidente; el principio de rebeldía había empezado a fructificar, primero, en forma de pequeñas algaradas, motines ocasionales, pero luego, a través de osadas estrategias bélicas. Los levantamientos indígenas en las colonias trasatlánticas que pertenecían a la Corona de España vienen a atestiguar el elevado componente de discordia que entre los súbditos ocasionaba la política de la Metrópoli.

El caudillo indio José Gabriel Condorcanqui, autodenominado Túpac Amaru II por descender del inca Túpac Amaru por línea materna, repetiría las sublevaciones que tuvieron lugar en Perú años antes. Si en 1742 las sublevaciones, encabezadas por el indio Juan Santos de Tarma, expresaban no solo un hondo malestar social, sino también la protesta de los indígenas ante la forma de gobernar de las autoridades virreinales, treinta y ocho años después, la insurrección liderada por Túpac Amaru II se originaría en los abusos y extorsiones de los corregidores españoles. El amotinamiento de la población amerindia llevaría a la cárcel al corregidor Arriaga. Y tras ser ejecutado éste, Túpac Amaru II dirige sus fuerzas bien organizadas contra otros corregidores. A pesar de que las autoridades coloniales de Cuzco prepararon un contingente armado de 1.200 hombres, este ejército fue vencido por Túpac Amaru II en Sangarará el 18 de noviembre de 1780. Y pese a que unos meses más tarde, entre los días 5 y 6 de abril de 1781, Túpac Amaru II era asesinado –también lo serían todos los miembros de su familia–, el estandarte de este caudillo rebelde se extendería como la pólvora por otras colonias españolas, sobre todo por Bolivia y Argentina, generando sucesivos actos de sublevación y no acatamiento a la autoridad civil. Insurrecciones que, con el tiempo, iban a quedar plasmadas en las teorías emancipatorias de los criollos, como las que desarrolló en 1817 el venezolano Manuel Palacio Fajardo, para quien la búsqueda de la emancipación de las colonias no solo era fruto del monopolio económico y de la inadecuada administración de justicia, sino resultado también de la tiranía que ejercían las autoridades españolas sobre los habitantes.

Tras estos golpes fallidos que ejecutó Túpac Amaru II, en el norte del continente americano los colonos empezaban, con el mismo sentimiento de queja que los indígenas peruanos, a enfrentarse a sus instituciones en un duro contencioso. Y en sublevación vivirían ocho largos años de combates. Recordemos que los súbditos norteamericanos habían ganado para su Imperio, que era el británico, la guerra contra Francia en Canadá. Y por sus magníficas pruebas de apoyo y lealtad a la Corona inglesa esperaban alcanzar una rebaja de sus impuestos y, claro está, mayores ventajas autonomistas. En contra de lo esperado, vieron, atónitos, cómo se les subían los tributos, cómo aumentaban los precios de las tasas aduaneras e incluso, contra todo pronóstico, cómo desaparecían las antiguas e históricas prerrogativas políticas de los parlamentos instituidos en cada colonia norteamericana. Lo cierto es que la guerra anglo-francesa de los siete años (1756-1763), debido a su alto coste financiero, había obligado al gobierno británico a poner en marcha medidas poco populares como, p. e., que los propios colonos sufragaran en calidad de súbditos los gastos del conflicto armado a través de impuestos sobre el vidrio, el plomo, el té... Lo cual prueba que el Estado para mantenerse (e incluso constituirse en Imperio) siempre necesita la entrada de colosales partidas dinerarias.

Ante estas medidas netamente represoras por parte de la Metrópoli, en 1770 se iniciaba en suelo americano una etapa de insumisión. Y las reclamaciones de los súbditos norteamericanos empiezan a extenderse. Los bostonianos protestan por la ley de acuartelamiento. Y luego, con la amenaza de que se les incrementara los impuestos sobre las importaciones de té, grupos de oposición al gobierno británico asaltan el puerto de Boston y consiguen hacerse con tres buques de la Compañía de las Indias Orientales. Esta acción tenía un alto valor simbólico por el hecho de que la citada Compañía se había hecho con el monopolio de la venta de té. Y para mostrar su desaprobación ante la subida fiscal, los bostonianos decidieron arrojar al mar la mercancía de estos navíos.

Lejos de solucionarse las afrentas, los representantes del buen pueblo de las colonias de New-Hampshire, Massachusetts, Rhode-Island, Providence, Conneticut, New-York, New-Jersey, Pennsylvania, Newcastle, Kent y Sussex en Delaware, Maryland, Virginia, Carolina del Norte y del Sur, alarmados por el comportamiento abusivo de la Metrópoli, escriben un 14 de octubre del año 1774 la Declaración y Resoluciones del Primer Congreso Continental, en donde denuncian injusticias y desafueros y cómo «desde el final de la última guerra el Parlamento británico viene atribuyéndose un poder propio con el fin de obligar, por medio de leyes y en cualquier circunstancia, al pueblo norteamericano, [y considerando que] le ha aplicado en unos casos impuestos y en otros con pretextos diversos, pero con la intención de conseguir una renta, contribuciones y gabelas [..., el Parlamento británico] ha establecido una junta de comisarios dotada de poderes inconstitucionales y ha ampliado la jurisdicción de los tribunales del Almirantazgo no solamente para el cobro de dichos tributos, sino también para la vista de aquellas causas que se originan en el interior de un condado».

Las quejas se hacían por escrito. Y los manifiestos venían a dar pábulo a las quejas. El caso es que en un ambiente cada vez más enrarecido las cosas se estaban desmandando. Y lo que en 1767 era habitual dentro de la política parlamentaria inglesa, como decidir acerca del aumento de los impuestos, en circunstancias distintas dejó de serlo. Por eso, en el ánimo político de la Metrópoli jamás se previó que los británicos de ultramar se declararan en rebeldía fiscal y se negaran a pagar tributos aduciendo que carecían de voz en el Parlamento de Londres. De ahí el lema de no taxation without representation.

Está claro que por la necesidad de costear los gastos se había iniciado una hondísima crisis institucional. Sin embargo, y al margen de las sublevaciones civiles que podían despertar en territorios transatlánticos algunos excesos tributarios, lo cierto es que los colonos americanos adujeron los mismos cargos de tiranía contra la corona británica (impuestos sin representación, privación del derecho de ley común, uso de torturas, &c.), que los súbditos británicos contra su monarca Carlos I ciento veinticinco años atrás.

De la guerra al pacto político

El enfrentamiento en vez de apaciguarse iba día a día en aumento. Y en 1773, tal era el cariz que tomaban los acontecimientos, la Metrópoli, alarmada, consideraba a los ciudadanos norteamericanos como insubordinados y sediciosos revolucionarios. Y comienza a enviar tropas a las colonias con el fin de detener la rebelión. Los colonos responden a su vez creando un ejército de milicias. Ante esta situación de intereses tan enconados, la guerra parecía la única salida. El resultado del conflicto bélico se plasmó un cuatro de julio de 1776 cuando el Congreso constituido por las trece ex colonias británicas proclamaba en Filadelfia la emancipación de los Estados Unidos de América.

Sabemos que al final del conflicto armado, acaecido en 1783, los colonos anglo-americanos alcanzarían su libertad política y, con ella, la independencia. Desde el principio de resistencia a la opresión habían logrado romper las cadenas que, en otro tiempo, les mantenían unidos a la Metrópolis. Es más, habían logrado destruir los compromisos con el gobierno de Londres y, en lugar de seguir aceptando por obediencia fiscal las leyes de su antigua administración, reclamaron un gobierno nuevo, con un pacto social nuevo, en una constitución nueva y dentro de un Estado nuevo.

Bajo el grito «Libertad» pudo nacer una nación, los Estados Unidos de América, y prosperar un verdadero contrato social, La Constitución. Ahora bien, la modernidad constitucional de Norteamérica no era resultado sólo del litigio bélico que contra la Metrópolis habían sostenido los emigrantes instalados en la otra orilla del Atlántico. No, la creación de esta nación provino de las propias tradiciones políticas que desde hacía siglos venían practicando esos mismos colonos establecidos en territorios transatlánticos. Y es que los ingleses, mucho antes que los europeos continentales, estaban acostumbrados a resolver sus problemas a través de alianzas, convenios y acuerdos. Tanto es así que, nos lo recuerda acertadamente Tocqueville, los inmigrantes que habían arribado a Nueva Inglaterra y fundado la ciudad de Plymouth acordaron nada menos que en 1620 levantar en acta pública un documento en el que se avenían a respetar y cumplir el siguiente protocolo político:

«nosotros, los abajo registrados, que, por la gloria de Dios, el desarrollo de la fe cristiana y el honor de nuestra patria hemos emprendido el establecimiento de la primera colonia en estas remotas orillas, convenimos por la presente, por consentimiento mutuo y solemne, y ante Dios, constituirnos en cuerpo de sociedad política con el fin de gobernarnos y laborar en pro del cumplimiento de nuestros designios; y en virtud de este contrato, convenimos en promulgar leyes, actas y ordenanzas y, de acuerdo con las necesidades, en instituir magistrados a los que prometemos sumisión y obediencia.»{6}

Lo que significa que, cuando los colonos anglo-americanos decidieron romper sus compromisos con el gobierno de Londres, ya sabían de antemano qué camino debían tomar, y cuál era el procedimiento a adoptar para encarrilar el futuro de su país. Así, de la discordia pudo surgir un contrato político nuevo. Y aunque éste no terminaba de gustar, se preparó un segundo y definitivo borrador que daría como resultado la Constitución americana.

Conclusión

En defensa de la justicia se habían rebelado los inmigrados; y lo habían hecho en el momento en que empezaron a sentir señales de opresión, de tiranía fiscal. En medio de estas circunstancias brotó la nación norteamericana. Y por eso la libertad fue desde el principio la máxima aspiración de los primeros movimientos ciudadanos revolucionarios. Y es que la Revolución americana había venido gestada por la suma, nada insignificante, de errores que en materia tributaria cometió el gobierno de Londres.

Dicho de otro modo. La guerra revolucionaria, que luego golpearía con fuerza el continente europeo a raíz de la quiebra de las arcas del Estado francés, nació a partir de un sangriento proceso de queja fiscal. Y sí, es cierto, los Estados Unidos estrenaron una Charta Magna elaborada desde el consenso político –toda una primicia en la civilización occidental–, pero no hay que olvidar que llegaron a esa Charta Magna desde la insumisión a la injusticia, desde la rebelión contra los abusos fiscales, desde el grito de «abajo la tiranía, viva la libertad».

Autora: María Teresa González Cortés




Notas

{1} Benjamin Franklin en su Carta a Jean Baptiste Le Roy (13-X-1789) decía textualmente: «in this world nothing can be said to be certain, except death and taxes». David Hume, De la libertad civil, en David Hume (1753-1754), Ensayos políticos, Tecnos, Madrid 19942ª, pág. 72.

{2} Comentemos a modo de anécdota que si la teorización de Luis de Molina se sitúa a finales del XVI, exactamente en 1597, James Pennington publicaría su trabajo a principios de 1826 y bajo el título On the Private Banking Stablishments of the Metropolis, ensayo que apareció como apéndice en el libro de Thomas Tooke A letter to Lord Grenville; On the Effects Ascribed to the Resumption of Cash Payments on the Value of the Currency, John Murray, Londres, 1826. Para apreciar las teorías de Luis de Molina, léase su obra La teoría del justo precio, Editora Nacional, Madrid 1981. Si desea acercarse a la vida de este intelectual léase www.filosofia.org/ave/001/a154.htm y filosofia.org/enc/eui/e351464.htm. Finalmente, para un análisis de la Teoría bancaria de la Escuela de Salamanca recomendamos el interesante artículo histórico de Jesús Huerta de Soto.

{3} El nieto, por linaje materno, de los Reyes Católicos había obtenido del emperador Maximiliano, abuelo por linaje paterno, el derecho a ser investido imperator. Carlos I de España y V de Alemania conseguiría, con tan solo 19 años, ser proclamado Rey de reyes el 28 de junio del año 1519.

{4} Carta del emperador Carlos a su esposa, la emperatriz Isabel, escrita en Mantua el 5 de febrero de 1530. Puede leerse en su integridad en José Mª Jover, Carlos V y los españoles, Rialp, Madrid 1963, págs. 90 y ss.

{5} Carta de Mme. de Sévigné citada por Alexis de Tocqueville en La democracia en América (1840), Alianza Editorial, Madrid 2002, vol. II, IIIª parte, cap. I, pág. 211-2.

{6} Alexis de Tocqueville (1835), La democracia en América, o. cit., vol. I, Iª parte, cap. II, págs. 70-71.

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“Ecología y Costos de Producción Capitalistas”

“El presente es siempre toma de decisiones, pero, cómo alguien dijo una vez, aunque nosotros hagamos nuestra propia historia, no la hacemos tal y como la hemos escogido. Pero la hacemos”… (Ibd. Immanuel Wallerstein).-

Comencemos recordando dos aspectos elementales del capitalismo histórico. Uno es bien conocido: el capitalismo es un sistema que tiene una necesidad imperiosa de expansión en términos de producción total y en términos geográficos, a fin de mantener su objetivo principal, la acumulación incesante. El segundo aspecto se toma en cuenta menos frecuentemente. Para los capitalistas, sobre todo para los grandes capitalistas, un elemento esencial en la acumulación de capital es dejar sin pagar sus cuentas.

Esto es lo que yo llamo los trapos sucios [dirty secret] del capitalismo. El primero, la expansión constante de la economía-mundo capitalista, es admitido por todos. Los defensores del capitalismo venden esto como una de sus grandes virtudes. Sin embargo, las personas comprometidas con los problemas ecológicos lo presentan como uno de sus grandes vicios, y, en particular, frecuentemente cuestionan uno de los puntales ideológicos de esta expansión, la afirmación del derecho (en realidad, deber) de los seres humanos “a conquistar la naturaleza”. Ésta es la verdadera diferencia entre el capitalismo histórico y los sistemas históricos previos. Todos los valores de la civilización capitalista son milenarios, pero también lo son otros valores contradictorios. Como capitalismo histórico entendemos un sistema en el que las instituciones que se construyeron posibilitan que los valores capitalistas tomen prioridad, de forma que la economía-mundo en su conjunto tomó el camino de la mercantilización de todas las cosas haciendo de la acumulación incesante de capital su objeto propio. Evidentemente, el efecto de esto no se experimenta en un día o incluso en un siglo. La expansión tiene un efecto acumulativo.

Lleva tiempo derribar los árboles. Los árboles de Irlanda fueron cortados todos durante el Siglo XVII. Pero había otros árboles en otros lugares. Hoy, hablamos de la selva amazónica como de la última extensión realmente poblada de árboles, y parece que está desapareciendo rápidamente. Además, la democratización del mundo, y ha habido una democratización, ha implicado que esta expansión siga siendo increíblemente popular en muchas partes del mundo. Probablemente, es más popular que nunca lo haya sido. Hay más personas reclamando sus derechos, y éstos incluyen, muy destacadamente, el derecho a un trozo del pastel. Pero un trozo del pastel para un porcentaje grande de la población mundial exige necesariamente más producción, sin mencionar el hecho de que esa población mundial sigue creciendo todavía. Esto no impide que mucha de esta misma gente quiera también detener la degradación del medio ambiente en el mundo. Pero esto simplemente prueba que estamos metidos en otra contradicción de este sistema histórico. Mucha gente quiere tener más árboles y más bienes materiales, y gran parte de ella se limita a separar en sus mentes ambas demandas. Desde el punto de vista de los capitalistas, como sabemos, el objetivo de la producción creciente es obtener ganancias.

Las ganancias obtenidas en una única operación son iguales al margen existente entre el precio de venta y el coste total de producción, es decir, el coste de todo aquello que es necesario para colocar ese producto en el punto de venta. Por supuesto, las ganancias reales sobre la totalidad de las operaciones realizadas por un capitalista se calculan multiplicando este margen por la cantidad de operaciones de venta realizadas. Por tanto, el “mercado” limita los precios de venta, en cierta medida, porque si el precio aumenta demasiado puede ocurrir que las ganancias totales obtenidas al vender sean menores que con precios más bajos.

Hay dos vías distintas para que los Estados paguen los costes. Los gobiernos pueden aceptar formalmente ese papel, a través de subvenciones de algún tipo. Sin embargo, las subvenciones son cada vez más visibles e impopulares, provocando fuertes protestas de las empresas competidoras y de los contribuyentes. Las subvenciones plantean problemas políticos. Pero hay otro camino, más importante y políticamente menos dificultoso para los gobiernos, porque todo lo que requiere es una no-acción. A lo largo de la historia del capitalismo histórico, los gobiernos han permitido que las empresas no asuman muchos de sus costes, renunciando a requerirles que lo hagan.

Los gobiernos hacen esto, en parte, poniendo infraestructuras a su disposición, y, posiblemente en mayor parte, no insistiendo en que una operación productiva debe incluir el coste de restaurar el medio ambiente para que éste sea “preservado”. Hay dos tipos diferentes de operaciones para la preservación del medio ambiente. El primero consiste en limpiar los efectos negativos de una actividad productiva (por ejemplo, combatiendo las toxinas químicas subproducto de la producción, o eliminando los residuos no biodegradables). El segundo tipo consiste en invertir en la renovación de los recursos naturales que han sido utilizados (por ejemplo, replantando árboles). Los movimientos ecologistas han planteado una larga serie de propuestas específicas dirigidas hacia esos objetivos. En general, estas propuestas encuentran una resistencia considerable por parte de las empresas que podrían ser afectadas por ellas, porque estas medidas son muy costosas y, por tanto, llevarían a una reducción de producción. . Dada la desruralización del mundo y sus ya importantes efectos sobre la acumulación de capital, la puesta en práctica de medidas ecológicas significativas y seriamente llevadas a cabo, podría ser el golpe de gracia a la viabilidad de la economía-mundo capitalista.

Francamente, probablemente sea una suerte que el descargar los problemas sobre el Sur no sea ya una solución real a largo plazo para estos dilemas. Podría decirse que durante los últimos 500 años eso formaba parte del procedimiento establecido. Pero la expansión de la economía-mundo ha sido tan grande, y el consiguiente nivel de degradación tan grave, que no queda espacio para arreglar significativamente la situación exportándola a la periferia. Estamos obligados a volver a los fundamentos. Hemos llegado a esta situación porque en este sistema los capitalistas han conseguido hacer ineficaz la capacidad de otras fuerzas para imponer límites a la actividad de los capitalistas en nombre de valores diferentes al de la acumulación incesante de capital. El problema ha sido, precisamente, Prometeo desencadenado. Pero Prometeo desencadenado no es algo inherente a la sociedad humana.

Ciertamente, el capitalismo ha utilizado el esplendor del interminable avance tecnológico como una de sus justificaciones. Y ha respaldado una determinada visión de la ciencia -ciencia newtoniana, determinista-, utilizada como mortaja cultural y aval del argumento político que pretende que los seres humanos deben “conquistar” la naturaleza, que pueden hacerlo y que todos los efectos negativos de la expansión económica podrían ser contrarrestados por el inevitable progreso científico. Sabemos hoy que esta visión y esta versión de ciencia tienen una aplicabilidad limitada y universal. Pero lo que quizá sea más relevante para el tema que estamos tratando es el énfasis puesto en la creatividad autoconstituyente de los procesos naturales y en la inseparabilidad entre seres humanos y naturaleza, lo que conduce a afirmar que la ciencia es parte integrante de la cultura. Desaparece la idea de una actividad intelectual desarraigada que aspire a una verdad eterna subyacente a todo lo existente.

En su lugar, surge la visión de un mundo de realidad descubrible, pero en el que no puede descubrirse el futuro, porque el futuro está todavía sin crear. El futuro no está inscrito en el presente, aunque pueda estar circunscrito por el pasado. Me parecen muy claras las implicaciones políticas de esta visión de la ciencia. El presente es siempre toma de decisiones, pero, cómo alguien dijo una vez, aunque nosotros hagamos nuestra propia historia, no la hacemos tal y como la hemos escogido. Pero la hacemos. El presente es siempre toma de decisiones, pero la gama de opciones se expande considerablemente en los períodos que preceden inmediatamente a una bifurcación, cuando el sistema está más alejado del equilibrio, porque en ese momento inputs pequeños provocan grandes outputs. Estamos en el período inmediatamente precedente a una bifurcación.

El sistema histórico actual está, de hecho, en crisis terminal. tema de la degradación ecológica es un escenario central para esta discusión, aunque no el único. Una vez que aceptemos la importancia de recorrer el camino de la racionalidad material, debemos ser conscientes de que es un camino largo y arduo. comenzamos a recorrer este camino, tanto en lo que se refiere al sistema social en que vivimos como en cuanto a las estructuras de conocimiento que usamos para interpretarlo, necesitamos ser muy conscientes de que estamos ante un comienzo, no, de ninguna manera, ante un final. Los comienzos son inciertos, audaces y difíciles, pero ofrecen una promesa, que es lo máximo.-



Fuente: Aquileana

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Piscolabis

Halfway home





Herrera



Mark Romanek




Rallo Julián



"Corazón del sonido fabricado" por la Softlightes

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El chantaje de la partitocracia española

Como diria Robespierre, no es la ley sino la fuerza del simbolo lo que obliga a ello. Bueno y de paso le grapábamos el shosho a las conejas de las infantas, que no tienen nada de infantiles por cierto.
Hoy he visto un circo en Telecinco sobre el tema Pilar Urbano y la ciudadana con cabeza Sofía de Grecia. Peñafiel diciendo que la ciudadana con cabeza Sofía de Grecia es una enorme inocente..En fin, el respeto se está perdiendo por momentos. Es un signo, si señor. Bueno también he oído a un gilipollas del PP, diciendo algo así como que la monarquía era una bandera y que había que respetarla como un símbolo. Hijo puta, un símbolo que nos cuesta 9 millones de euros, que son intocables y que tienen el campo abonado para sus negocietes. Valiente julandrón.

Otra cosa, ¿ que morosidad tiene Caja Madrid ? ¿que sabeis de Unicaja? allí guardo mis ahorros.... Pues verás, unicaja no es de las peores. ¿y Cajasol? tengo un hermano trabajando en/para/por/sooo/tras dicha entidad. De todas formas es acojonante el aumento de la morosidad en todas ellas. ¿ la Unicaja es la de los curas, no?, bueno la de los curas patanegra es Cajasur. Ahh vale, Cajasur, cietto. Tienen que caer todas amigo, esto es como las fichas de dominó. Alguién ha empujado la primera ficha y poco a poco irán cayendo todas. El capitalismo tal como lo conocemos va a endurecerse, la partitocracia aguantará un tiempo en el pedestal mientras duren las mentiras y la gente tenga algo que llevarse a la boca. Después ya veremos, va a depender de como seamos capaces de levantar a la sociedad civil.
En Andalucía, yo creo que las cajas están dirigidas por lo más chavacano de la política y lo mejorcito tecnocráticamente hablando del clero,,quizás por eso se salven...Unicaja se podía llamar Uniceja por lo romo de alguno de sus trajeados, es chabacano creo.
Las cajas desaparecerán en un año. Aquí va a quedar sólo el BBVA y Santander, intervenidos hasta las trancas.España es un pais pobre, aquí no hay nada productivo. Pues si, y aún suena más aterrador con la brevedad con que lo digo, ¿a que si?.
España es un pais montañoso, diverso en lengua y cultura, bastante insolidarios y bastantes gilipollas. Europa es una inmensa llanura, bastante rica en agricultura (que es lo que va a primar en una crisis mundial de alimentos). Aquí nos vamos a comer el sol y los pisos . Bueno, en Espana lo están tapando todo. Los partitocratas se huelen que en ello va todo el sistema.
Hay sectores productivos, pero casi invisibles ante la magnitud de sectores que venden humo: consultorias por todos lados, inmobiliarias y bi-dentes, que plaga.
El día que oi a Zapatero decir que el que hablara de crisis era un antipatriota, dije que estábamos en el principio del fin del cuento.
Las nuevas hornadas de politicos jóvenes, lo peor de las facultades y guarderías varias. Asíduos a la reunión de asociacion universitaria bodoque peperil o pessoal, adictos al mus y al cuento chino, a la milonga y kilombo argentino, al relato tártaro.. Esos no importan amigo, esto se cuece entre unos cuantos, sólo tres o cuatro saben lo que nos espera. Pero lo que nos espera de verdad. Mientras la gente cobre el paro, puedan tapar las miserias con subvenciones, mientras puedan tirar de la caja pública esto se mantendrá, pero eso es de corto recorrido. Pues yo me largo del país como la cosa se ponga mala. Haz las maletas entonces porque esto ni ha empezado, llevamos un retraso de un agno con respecto a los USA, y esos no tienen ni la mitad de mierda de lo que tenemos nosotros.
Lo estás demostrando magistralmente en Demos, cada artículo tuyo es un arponazo en el espinazo de la partitocracia y un aldabonazo en las consciencias de tanto apesebrado que ha confiado en que esto iba a ser eterno. De los peroleros ni te cuento, están todos guardando la cuchara para ver si se apuntan de nuevo a la olla vip.
Si amigo, es lo que dices, esto se acaba, se tirara de la deuda del Estado para mantener el clientelismo con el que funciona el Régimen. Que ridiculo mas espantoso con el tema de la cumbre del Gili-20. Sarkozy dice que a lo mejor nos cede una de las dos sillas que tiene Francia. Y que más dará estar allí, en esa reunión de incompetencia y vanidad. Zapatero, el de las dos tardes de economía...que cosas hay que ver en esta vida antes de estirar la pata...señor, aparta de mi este cáliz...
La gente ve como el euro los ha hundido en la miseria, las hipotecas le chupan la sangre, que no pueden llegar a fin de mes, se están desprendiendo de lo poco de valor que tienen y mientras eso ocurre los diputados se pegan la vida padre tuneando coches, robando por doquier. Estan robando ante las narices del pueblo, se están pegando la vida padre mientras dure y además a las claras sin tapujos de ninguna clase. Esto me recuerda a los americanos en los últimos días en Saigon. Exacto, ahora, ahora se ve el esqueleto del Estado, todo lleno de larvas royendo sus últimos resquicios de carne. Bueno, ya ves, ZP le regala el 10% de lo que produce el pais en un agno, y no se arma revolucion alguna, aún siguen agarrados al espejismo del pisito..
Si, la figura femenina de la pisitófila debe ser equivalente a alguna furia griega en la moderna mitologia hispana, "elpisonuncabaja", ese mantra puesto de manifiesto por Dr.Knife, creo recordar

La gente esta sola, no visualiza liderazgo, no ve a nadie de momento que pueda cambiar las cosas. Este es un proceso lento, las ideas tardan en cuajar, pero la gente no sabe que está sobre un barril de pólvora y tiene dos opciones o mover el culo o saltar por los aires. Y mientras la partitocracia sigue dando una de espartaco. Leed la prensa (ABC esta vez, suministro de fuente desconocida en la puerta de mi casa) no es apto para cardiacos ni mentes amuebladas, aunque sean de estilo minimalista. Reportaje sobre Paris Hilton: ·"Quiero traer un poco de color al mundo". Pues mira, peor que zp..
La partitocracia se parapetará en el Estado, que es lo que lleva haciendo desde que empezó, sólo que ahora chantajea a todo el pais prendiendo la mecha si perezco yo, perecemos todos.
Si, eso es,enrocándose con la Monarquía; la momia De La Vega (del Nilo?) diciendo que la Reina lleva 30 años haciéndolo estupendamente...en fin, que país más cutre cutre cutre.
Se ha abierto la veda. Todo el mundo tiene licencia para robar. El primero es el Estado, que atraca a los ciudadanos sin misericordia, bandolerismo en estado puro. Bandolerismo de estado, pero nada de bandolerimso romántico de Diego Corrientes, ni José María el Trempanillo, aquí se roba a los pobres para dárselo a los ricos.

La II restauracion tiene los mismos fundamentos que la I, bajo esta capa de modernidad, está el cutrismo que antes deciamos. Son los mismos de siempre los que manejan el cortijo
Sin duda habrá que reactivar el bandolerismo andaluz, abrir campos de entrenamiento en las lomas de Sierra Morena...1) Teoría de la RC 2) Prácticas de trabuco 3) Física de la guillotina...
A ver, usted, parece que quiere preguntar algo, venga hombre, pregunte: Pues yo.....Entonces, ¿la soberania ha cambiado de residencia?. jajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja.

Bueno amigos, esto es lo que se oye hoy en la calle, ha sido un inmenso placer haber compartirlo con vosotros. Por cierto es Halloween, haber si le dan un susto a la partitocracia y se muere de la impresión. jajajaja.

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Zapatero y su reparto de pobres a ricos

El PSOE llegó al Gobierno por la puerta grande: dirigiendo a la vista de todos la mayor operación de corrupción que haya conocido cualquier español vivo: la nacionalización y reprivatización de Rumasa; es decir, el robo y el reparto entre los amiguetes al grito de "to p’al pueblo".

Los socialistas, a base de hacer del reparto el centro de su discurso, lo han convertido, en un ejercicio sublime de coherencia política, en el núcleo de su política. Eso sí, un reparto de los pobres a los ricos (y a ellos), del ciudadano de a pie al conectado políticamente (y a ellos) y de todos a las regiones y grupos que les apoyan políticamente. Y a ellos, naturalmente.

Rumasa, se dijo entonces, vivía una situación al borde de la quiebra, con relaciones incestuosas entre bancos y grupos empresariales. Lo más que hubiese sucedido es que sus bancos quebrarían y se tendrían que cerrar varias de sus empresas, con lo que una parte de los más de 60.000 puestos de trabajo que antes había creado Rumasa se destruirían. Y todo lo que hubiese ocurrido de haberle abandonado a su suerte es que los activos de las empresas en quiebra serían absorbidos por otras mejor gestionadas. Y parte del empleo que se destruyese se incorporaría de nuevo a empresas económicamente más sanas y con más futuro. Fue lo que acabó sucediendo, pero con el socialismo, es decir, la corrupción, de por medio. Gustavo Cisneros, el amigo de González, compró Galerías Preciados por 200 millones de pesetas y la revendió a los tres meses por 30.000 millones.

Toda la operación costó a los contribuyentes un billón de pesetas. ¿Cuánto es eso? 6.000 millones de euros. El Gobierno Zapatero ha recurrido, como González con Rumasa, a la fórmula del Decreto Ley para poner en marcha un plan de 30.000 a 50.000 millones de euros (de cinco a ocho veces el coste de Rumasa) para sacar a los bancos de una situación complicada que se han buscado ellos. Cinco Rumasas en una operación que no pasa por el robo y el reparto, que eso lo entiende todo el mundo, sino entre otras cosas por la compra de activos bancarios a precios que sólo los expertos sabrían valorar. ¿Qué banquero español venderá al Gobierno un activo por un precio que sea el de mercado o menos? ¿Qué banquero no le colocará al Estado un activo degradado a precios de oro, si le dejan?

Como ha señalado el Instituto Juan de Mariana, "al fin y al cabo, el Gobierno y la Dirección General del Tesoro deberán decidir qué empresas deberán reflotarse y qué compañías tendrán que quebrar. Esto constituye el caldo de cultivo perfecto para el amiguismo, la corrupción y la redistribución masiva de la renta". Sólo que estamos hablando de unos volúmenes de renta y riqueza desconocidos. Son de tal medida, que el PP sólo puede tomar dos posturas: jugársela a enfrentarse al poder y estar permanentemente vigilante, o participar del reparto. Mariano Rajoy, en su último encuentro con Zapatero, seguro que se mantuvo firme en la primera opción.

José Carlos Rodríguez

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Multitudes Queer

Beatriz Preciado nació en 1970. Actualmente enseña Teoría del Género en diferentes universidades nacionales y extranjeras, entre las que cabe destacar la Universidad de París VIII, L’Ecole de Beaux Arts de Bourges o el Programa de Estudios Intependientes del Museu d’Art Contemporani de Barcelona. Es autora del Manifiesto contra-sexual y acaba de publicar Testo yonqui.

Este artículo trata de la formación de los movimientos y de las teorías queer, de la relación que mantienen con los feminismos y del uso político que hacen de Foucault y de Deleuze. Analiza también las ventajas teóricas y políticas que aporta la noción de “multitudes” a la teoría y al movimiento queer, en lugar de la noción de “diferencia sexual”. A diferencia de lo que ocurre en EEUU, los movimientos queer en Europa se inspiran en las culturas anarquistas y en las emergentes culturas transgénero para oponerse al “Imperio Sexual”, especialmente por medio de una des-ontologización de las políticas y de las identidades. Ya no hay una base natural (”mujer”, “gay”, etc.) que pueda legitimar la acción política. Lo que importa no es la “diferencia sexual” o la “diferencia de l@s homosexuales”, sino las multitudes queer. Una multitud de cuerpos : cuerpos transgéneros, hombres sin pene, bolleras lobo, ciborgs, femmes butchs, maricas lesbianas… La “multitud sexual” aparece como el sujeto posible de la política queer.


A la memoria de Monique Wittig
« Entramos en una época en que las minorías del mundo comienzan a organizarse contra los poderes que les dominan y contra todas las ortodoxias » Félix Guattari, Recherches (Trois Milliards de Pervers), 1973.

La sexopolítica es una de las formas dominantes de la acción biopolítica en el capitalismo contemporáneo. Con ella el sexo (los órganos llamados « sexuales », las prácticas sexuales y también los códigos de la masculinidad y de la feminidad, las identidades sexuales normales y desviadas) forma parte de los cálculos del poder, haciendo de los discursos sobre el sexo y de las tecnologías de normalización de las identidades sexuales un agente de control sobre la vida.

Al distinguir entre « sociedades soberanas » y « sociedades disciplinarias » Foucault ya había señalado el paso, que ocurre en la época moderna, de una forma de poder que decide sobre la muerte y la ritualiza, a una nueva forma de poder que calcula técnicamente la vida en términos de población, de salud o de interés nacional. Por otra parte, precisamente en ese momento aparece la nueva separación homosexual/heterosexual. Trabajando en la línea iniciada por Audre Lorde [1], Ti-Grace Atkinson [2] y el manifiesto « The-Woman-Identified-Woman » [3] de « Radicalesbians », Wittig llegó a describir la heterosexualidad no como una práctica sexual sino como un régimen político [4], que forma parte de la administración de los cuerpos y de la gestión calculada de la vida, es decir, como parte de la “biopolítica” [5]. Una lectura cruzada de Wittig y de Foucault permitió a comienzos de los años 80 que se diera una definición de la heterosexualidad como tecnología bio-política destinada a producir cuerpos heteros (straight).
El imperio sexual
La noción de sexopolítica tiene en Foucault su punto de partida, cuestionando su concepción de la política según la cual el biopoder sólo produce disciplinas de normalización y determina formas de subjetivación. A partir de los análisis de Mauricio Lazzaratto [6] que distingue el biopoder de la potencia de la vida, podemos comprender los cuerpos y las identidades de los anormales como potencias políticas y no simplemente como efectos de los discursos sobre el sexo. Esto significa que hay que añadir diversos capítulos a la historia de la sexualidad inaugurada por Foucault. La evolución de la sexualidad moderna está directamente relacionada con la emergencia de lo que podría denominarse el nuevo “Imperio Sexual” (para resexualizar el Imperio de Hardt y Negri). El sexo (los órganos sexuales, la capacidad de reproducción, los roles sexuales en las disciplinas modernas…) es el correlato del capital. La sexopolítica no puede reducirse a la regulación de las condiciones de reproducción de la vida, ni a los procesos biológicos que “conciernen a la población”. El cuerpo hetero (straight) es el producto de una división del trabajo de la carne según la cual cada órgano es definido por su función. Toda sexualidad implica siempre una territorialización precisa de la boca, de la vagina, del ano. De este modo el pensamiento heterocentrado asegura el vínculo estructural entre la producción de la identidad de género y la producción de ciertos órganos como órganos sexuales y reproductores. Capitalismo sexual y sexo del capitalismo.

El sexo del ser vivo se convierte en un objeto central de la política y de la gobernabilidad. En realidad, el análisis foucaultiano de la sexualidad depende en exceso de cierta idea de la disciplina del siglo XIX. A pesar de conocer los movimientos feministas americanos, la subcultura SM o el Fhar en Francia, nada de esto le llevó realmente a analizar la proliferación de las tecnologías del cuerpo sexual en el siglo XX : medicalización y tratamiento de los niños intersexuales, gestión quirúrgica de la transexualidad, reconstrucción y “aumento” de la masculinidad y de la feminidad normativas, regulación del trabajo sexual por el Estado, boom de las industrias pornográficas… Su rechazo de la identidad y de la militancia gay le llevará a inventarse una retroficción a la sombra de la Grecia Antigua. Ahora bien, en los años 50, asistimos a una ruptura en el régimen disciplinario del sexo. Anteriormente, y como continuación del siglo XIX, las disciplinas biopolíticas funcionaban como una máquina para naturalizar el sexo. Pero esta máquina no era legitimada por “la conciencia”. Lo será por médicos como John Money cuando comienza a utilizar la noción de “género” para abordar la posibilidad de modificar quirúrgica y hormonalmente la morfología sexual de los niños intersexuales y las personas transexuales. Money es el Hegel de la historia del sexo. Esta noción de género constituye un primer momento de reflexividad (y una mutación irreversible respecto al siglo XIX). Con las nuevas tecnologías médicas y jurídicas de Money, los niños “intersexuales”, operados al nacer o tratados durante la pubertad, se convierten en minorías construidas como “anormales” en beneficio de la regulación normativa del cuerpo de la masa straight (heterocentrada).

Esta multiplicidad de los anormales es la potencia que el Imperio Sexual intenta regular, controlar, normalizar. El “post-moneismo” es al sexo lo que el post-fordismo al capital. El Imperio de los normales desde los años 50 depende de la producción y de la circulación a gran velocidad de los flujos de silicona, flujos de hormonas, flujo textual, flujo de las representaciones, flujo de las técnicas quirúrgicas, en definitiva flujo de los géneros. Por supuesto, no todo circula de manera constante, y además no todos los cuerpos obtienen los mismos beneficios de esta circulación : la normalización contemporánea del cuerpo se basa en esta circulación diferenciada de los flujos de sexualización . Esto nos recuerda oportunamente que el concepto de “género” fue ante todo una noción sexopolítica antes de convertirse en una herramienta teórica del feminismo americano. No es casualidad que en los años 80, en el debate que oponía a las feministas “constructivistas” y las feministas “esencialistas”, la noción de “género” va a convertirse en la herramienta teórica fundamental para conceptualizar la construcción social, la fabricación histórica y cultural de la diferencia sexual, frente a la reivindicación de la “feminidad” como sustrato natural, como forma de verdad ontológica. Políticas de las multitudes queer


El género ha pasado de ser una noción al servicio de una política de reproducción de la vida sexual a ser el signo de una multitud. El género no es el efecto de un sistema cerrado de poder, ni una idea que actúa sobre la materia pasiva, sino el nombre del conjunto de dispositivos sexopolíticos (desde la medicina a la representación pornográfica, pasando por las instituciones familiares) que van a ser objeto de reapropiación por las minorías sexuales. En Francia, la mani del 1 de mayo de 1970, el número 12 de Tout y el de Recherches (Trois milliards de Pervers), el Movimiento de antes del MLF, el FHAR y las terroristas de las Gouines Rouges (Bolleras Rojas) constituyen una primera ofensiva de los “anormales”. El cuerpo no es un dato pasivo sobre el cual actúa el biopoder, sino más bien la potencia misma que hace posible la incorporación protésica de los géneros. La sexopolítica no es sólo un lugar de poder, sino sobre todo el espacio de una creación donde se suceden y se yuxtaponen los movimientos feministas, homosexuales, transexuales, intersexuales, transgéneros, chicanas, post-coloniales… Las minorías sexuales se convierten en multitudes. El monstruo sexual que tiene por nombre multitud se vuelve queer.

El cuerpo de la multitud queer aparece en el centro de lo que podríamos llamar, para retomar una expresión de Deleuze/Guattari, un trabajo de “desterritorialización” de la heterosexualidad. Una desterritorialización que afecta tanto al espacio urbano (por tanto, habría que hablar de desterritorialización del espacio mayoritario, y no de gueto) como al espacio corporal. Este proceso de “desterritorialización” del cuerpo supone una resistencia a los procesos de llegar a ser “normal”. El hecho de que haya tecnologías precisas de producción de cuerpos “normales” o de normalización de los géneros no conlleva un determinismo ni una imposibilidad de acción política. Al contrario. Dado que la multitud queer lleva en sí misma, como fracaso o residuo, la historia de las tecnologías de normalización de los cuerpos, tiene también la posibilidad de intervenir en los dispositivos biotecnológicos de producción de subjetividad sexual. Esto es concebible a condición de evitar dos trampas conceptuales y políticas, dos lecturas (equivocadas pero posibles) de Foucault.

Hay que evitar la segregación del espacio político que convertiría a las multitudes queer en una especie de margen o de reserva de trasgresión. No hay que caer en la trampa de la lectura liberal o neoconservadora de Foucault que llevaría a concebir las multitudes queer como algo opuesto a las estrategias identitarias, tomando la multitud como una acumulación de individuos soberanos e iguales ante la ley, sexualmente irreductibles, propietarios de sus cuerpos y que reivindicarían su derecho inalienable al placer. La primera lectura tiende a una apropiación de la potencia política de los anormales en una óptica de progreso, la segunda silencia los privilegios de la mayoría y de la normalidad (hetero)sexual, que no reconoce que es una identidad dominante. Teniendo esto en cuenta, los cuerpos ya no son dóciles. “Des-identificación” (para retomar la formulación de De Lauretis), identificaciones estratégicas, reconversión de las tecnologías del cuerpo y desontologización del sujeto de la política sexual, estas son algunas de las estrategias políticas de las multitudes queer.


Des-identificación. Surge de las bolleras que no son mujeres, de los maricas que no son hombres, de los trans que no son ni hombres ni mujeres. En este sentido, si Wittig ha sido recuperada por las multitudes queer es precisamente porque su declaración “las lesbianas no son mujeres” es un recurso que permite combatir por medio de la des-identificación la exclusión de la identidad lesbiana como condición de posibilidad de la formación del sujeto político del feminismo moderno.

Identificaciones estratégicas : Identificaciones negativas como “bolleras” o “maricones” se han convertido en lugares de producción de identidades que resisten a la normalización, que desconfían del poder totalitario, de las llamadas a la “universalización”. Influidas por la crítica post-colonial, las teorías queer de los años 90 han utilizado los enormes recursos políticos de la identificación “gueto”, identificaciones que iban a tomar un nuevo valor político, dado que por primera vez los sujetos de la enunciación eran las propias bolleras, los maricas, los negros y las personas transgénero. A aquellos que agitan la amenaza de la guetización, los movimientos y las teorías queer responden con estrategias a la vez hiper-identitarias y post-identitarias. Hacen un uso radical de los recursos políticos de la producción performativa de las identidades desviadas. La fuerza de movimientos como Act Up, Lesbian Avengers o las Radical Fairies deriva de su capacidad para utilizar sus posiciones de sujetos “abyectos” (esos “malos sujetos” que son los seropositivos, las bolleras, los maricas) para hacer de ello lugares de resistencia al punto de vista “universal”, a la historia blanca, colonial y hetero de lo “humano”.

Afortunadamente, estas multitudes no comparten la desconfianza -insistimos en ello- de Foucault, Wittig y Deleuze hacia la identidad como lugar de acción política, a pesar de sus diferentes formas de analizar el poder y la opresión. A inicios de los años 70 el Foucault francés se distancia del Fhar a causa de lo que él llama “tendencia a la guetización”, mientras que al Foucault americano parecían gustarle mucho las “nuevas formas de cuerpos y de placeres” que las políticas de la identidad gay, lesbiana y SM habían producido en el barrio de Castro, el “gueto” de San Francisco. Por su parte, Deleuze criticaba lo que denominaba una identidad “homosexual molar”, porque pensaba que promovía el gueto gay, para idealizar la “homosexualidad molecular” que le permitiría hacer de las “buenas” figuras homosexuales, desde Proust al “travestí afeminado”, ejemplos paradigmáticos del proceso de “llegar a ser mujer” que estaba en el centro de su agenda política. Incluso le permitiría disertar sobre la homosexualidad en vez de cuestionarse sus propios presupuestos heterosexuales [7]. En cuanto a Wittig, podemos preguntarnos si su adhesión a la posición del “escritor universal” impidió que le borraran de la lista de los “clásicos” de la literatura francesa tras la publicación del Cuerpo Lesbiano en 1973. Está claro que no, cuando vimos cómo el periódico Le Monde se apresuraba a cambiar el título original de su nota necrológica, por un “Monique Wittig, la apología del lesbianismo” encabezado por la palabra “Desapariciones”. [8]

Reconversión de las tecnologías del cuerpo : Los cuerpos de las multitudes queer son también reapropiaciones y reconversiones de los discursos de la medicina anatómica y de la pornografía, entre otros, que han construido el cuerpo hetero y el cuerpo desviado modernos. La multitud queer no tiene que ver con un “tercer sexo” o un “más allá de los géneros”. Se dedica a la apropiación de las disciplinas de los saberes/poderes sobre los sexos, a la rearticulación y la reconversión de las tecnologías sexopolíticas concretas de producción de los cuerpos “normales” y “desviados”. A diferencia de las políticas “feministas” u “homosexuales”, la política de la multitud queer no se basa en una identidad natural (hombre/mujer), ni en una definición basada en las prácticas (heterosexuales/homosexuales) sino en una multiplicidad de cuerpos que se alzan contra los regímenes que les construyen como “normales” o “anormales” : son las drag-kings, las bolleras lobo, las mujeres barbudas, los trans-maricas sin polla, los discapacitados-ciborg… Lo que está en juego es cómo resistir o cómo reconvertir las formas de subjetivación sexopolíticas. Esta reapropiación de los discursos de producción de poder/saber sobre el sexo es una conmoción epistemológica.

En su introducción programática al famoso número de Recherches sin duda inspirado por el FHAR, Guattari describe esta mutación en las formas de resistencia y de acción política : “el objeto de este número -las homosexualidades hoy en Francia- no podía ser abordado sin poner en cuestión los métodos ordinarios de investigación en ciencias humanas que, bajo el pretexto de la objetividad, intentan establecer una distancia máxima entre el investigador y su objeto (…). El análisis institucional, por el contrario, implica un descentramiento radical de la enunciación científica. Pero para ello no basta con “dar la palabra” a los sujetos implicados -lo cual es a veces una iniciativa formal, casi jesuítica- sino que además hay que crear las condiciones de un ejercicio total, paroxístico, de esta enunciación (…). Mayo del 68 nos ha enseñado a leer en los muros y después hemos empezado a descifrar los grafitis en las prisiones, los asilos y hoy en los váteres.

Queda por rehacer todo un “nuevo espíritu científico” [9]. La historia de estos movimientos político-sexuales post-moneistas es la historia de esta creación de las condiciones de un ejercicio total de la enunciación, la historia de un vuelco de la fuerza performativa de los discursos, y de una reapropiación de las tecnologías sexopolíticas de producción de los cueros de los “anormales”. La toma de la palabra por las minorías queer es un acontecimiento no tanto post-moderno como post-humano : una transformación en la producción y en la circulación de los discursos en las instituciones modernas (de la escuela a la familia, pasando por el cine o el arte) y una mutación de los cuerpos.


Desontologización del sujeto de la política sexual. En los años 90 una nueva generación surgida de los propios movimientos identitarios comenzó a redefinir la lucha y los límites del sujeto político “feminista” y “homosexual”. En el plano teórico, esta ruptura tomó inicialmente la forma de un retorno crítico sobre el feminismo, realizado por las lesbianas y las post-feministas americanas, apoyándose en Foucault, Derrida y Deleuze. Reivindicando un movimiento post-feminista o queer, Teresa de Lauretis [10], Donna Haraway [11], Judith Butler [12], Judith Halberstam [13] en EEUU, Marie-Hélène Bourcier [14] en Francia, y lesbianas chicanas como Gloria Anzaldúa [15] o feministas negras como Barbara Smith [16] y Audre Lorde van a criticar la naturalización de la noción de feminidad que inicialmente había sido la fuente de cohesión del sujeto del feminismo. Se había iniciado la crítica radical del sujeto unitario del feminismo, colonial, blanco, emanado de la clase media-alta y desexualizado. Las multitudes queer no son post-feministas porque quieran o deseen actuar sin el feminismo. Al contrario. Son el resultado de una confrontación reflexiva del feminismo con las diferencias que éste borraba para favorecer un sujeto político “mujer” hegemónico y heterocentrado.

En cuanto a los movimientos de liberación de gays y lesbianas, dado que su objetivo es la obtención de la igualdad de derechos y que para ello se basan en concepciones fijas de la identidad sexual, contribuyen a la normalización y a la integración de los gays y las lesbianas en la cultura heterosexual dominante, lo que favorece las políticas pro-familia, tales como la reivindicación del derecho al matrimonio, a la adopción y a la transmisión del patrimonio. Algunas minorías gays, lesbianas, transexuales y transgéneros han reaccionado y reaccionan hoy contra ese esencialismo y esa normalización de la identidad homosexual. Surgen voces que cuestionan la validez de la noción de identidad sexual como único fundamento de la acción política ; contra ello proponen una proliferación de diferencias (de raza, de clase, de edad, de prácticas sexuales no normativas, de discapacidad). La noción medicalizada de homosexualidad que data del siglo XIX y que define la identidad por las prácticas sexuales es abandonada en favor de una definición política y estratégica de las identidades queer. La homosexualidad tan bien controlada y producida por la scientia sexualis del siglo XIX ha explotado ; se ha visto desbordada por una multitud de “malos sujetos” queer.

La política de las multitudes queer emerge de una posición crítica respecto a los efectos normalizadores y disciplinarios de toda formación identitaria, de una desontologización del sujeto de la política de las identidades : no hay una base natural (”mujer”, “gay”, etc.) que pueda legitimar la acción política. No tiene por objetivo la liberación de las mujeres de “la dominación masculina”, como quería el feminismo clásico, porque no se basa en la “diferencia sexual”, sinónimo de una división fundamental de la opresión (transcultural, transhistórica) basada en una diferencia de naturaleza que debería estructurar la acción política. La noción de multitud queer se opone a la de “diferencia sexual”, tal y como fue explotada tanto en los feminismos esencialistas (de Irigaray a Cixous, pasando por Kristeva) como por las variantes estructuralistas y/o lacanianas del discurso del psicoanálisis (Roudinesco, Héritier, Théry…). Se opone a las políticas paritarias derivadas de una noción biológica de la “mujer” o de la “diferencia sexual”. Se opone a las políticas republicanas universalistas que permiten el “reconocimiento” e imponen la “integración” de las “diferencias”en el seno de la República.

No hay diferencia sexual, sino una multitud de diferencias, una transversalidad de las relaciones de poder, una diversidad de las potencias de vida. Estas diferencias no son “representables” dado que son “monstruosas” y ponen en cuestión por eso mismo no sólo los regímenes de representación política sino también los sistemas de producción de saber científico de los “normales”. En este sentido, las políticas de las multitudes queer se oponen tanto a las instituciones políticas tradicionales que se presentan como soberanas y universalmente representativas, como a las epistemologías sexopolíticas heterocentradas que dominan todavía la producción de la ciencia.


(Traducción al castellano : el bollo loco)
[FUENTE: MULTITUDES]
[1] Audre Lorde, Sister Outsider, California, Crossing Press, 1984.
[2] Ti-Grace Atkinson, « Radical Feminism »,en Notes from the Second Year, New York, Radical Feminism, 1970, pp. 32-37 ; Ti-Grace Atkinson, Amazon Odyssey, New York, Links, 1974.
[3] Radicalesbians, « The Woman-Identified Woman », en Anne Koedt, dir. Notes from the Third Year, New York, 1971.
[4] Monique Wittig, The straight mind and other essays, Boston, Beacon Press, 1992.
[5] Michel Foucault, Historia de la sexualidad, Volumen I, Siglo XXI, Madrid, 1979.
[6] Maurizio Lazzarato, Puissances de l’invention. La psychologie économique de Gabriel Tarde contre l’économie politique, Paris, Les Empêcheurs de penser en rond, 2002.
[7] Para un análisis detallado de este uso de los tropos homosexuales, ver el capítulo « Deleuze o el amor que no osa decir su nombre », en Beatriz Preciado, Manifiesto contra sexual, Opera Prima, Madrid, 2002.
[8] Le Monde, sábado 11 de enero de 2003.
[9] Félix Guattari, Recherches, « Trois millards de pervers », marzo 1973, pp.2-3.
[10] Teresa De Lauretis, Technologies of Gender, Essays on Theory, Film, and Fiction, Bloomington, Indiana University Press, 1987.
[11] Donna Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres, Cátedra, Madrid. 1995.
[12] Judith Butler, El género en disputa, Paidós, México, 2001.
[13] Judith Halberstam, Female Masculinity, Durham, Duke University Press, 1998.
[14] Marie-Hélène Bourcier, Queer Zones, politiques des identités sexuelles, des représentations et des savoirs, Paris, Balland, 2001.
[15] Gloria Anzaldúa, Borderlands/La Frontera : The New Mestiza, San Francisco, Spinster/Aunt Lutte, 1987.
[16] Gloria Hull, Bell Scott and Barbara Smith, All the Women Are White, All the Black Are Men, But Some of Us Are Brave : Black Women’s Studies, New York, Feminist Press, 1982.

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Sobre el porvenir de nuestras instituciones educativas

Ningún hombre tendría inclinación por la cultura, si supiera lo increíblemente pequeño que es, en definitiva, el número de las personas que poseen una auténtica cultura. Se democratizan los derechos del genio, para eludir el trabajo cultural propio y la miseria cultural propia. Cuando se quiere vivir con las propias fuerzas exclusivamente, y se quiere vivir para todos los demás, ¡hay que poseer una riqueza sobreabundante!. En el momento actual, nuestras escuelas están dominadas por dos corrientes aparentemente contrarias, pero de acción igualmente destructiva, y cuyos resultados confluyen, en definitiva: por un lado, la tendencia a ampliar y a difundir lo más posible la cultura, y, por otro lado, la tendencia a restringir y a debilitar la misma cultura. Por diversas razones, la cultura debe extenderse al círculo más amplio posible: eso es lo que exige la primera tendencia. En cambio, la segunda exige a la propia cultura que abandone sus pretensiones más altas, más nobles y más sublimes, y se ponga al servicio de otra forma de vida cualquiera, por ejemplo, del Estado.

Creo haber notado de dónde procede con mayor claridad la exhortación a extender y a difundir lo más posible la cultura. Esa extensión va contenida en los dogmas preferidos de la economía política de esta época nuestra. Conocimiento y cultura en la mayor cantidad posible -producción y necesidades en la mayor cantidad posible-, felicidad en la mayor cantidad posible: ésa es la fórmula poco más o menos. En este caso vemos que el objetivo último de la cultura es la utilidad, o, más concretamente, la ganancia, un beneficio en dinero que sea el mayor posible. Tomando como base esta tendencia, habría que definir la cultura como la habilidad con que se mantiene uno “a la altura de nuestro tiempo”, con que se conocen todos los caminos que permitan enriquecerse del modo más fácil, con que se dominan todos los medios útiles al comercio entre hombres y entre pueblos. Por eso, el auténtico problema de la cultura consistiría en educar a cuantos más hombres “corrientes” posibles, en el sentido en que se llama corriente a una moneda. Cuantos más numerosos sean dichos hombres corrientes, tanto más feliz será un pueblo. Y el fin de las escuelas modernas deberá ser precisamente ése: hacer progresar a cada individuo en la medida en que su naturaleza le permite llegar a ser corriente, desarrollar a todos los individuos de tal modo, que a partir de su cantidad de conocimiento y de saber obtengan la mayor cantidad posible de felicidad y de ganancia. Todo el mundo deberá estar en condiciones de valorarse con precisión a sí mismo, deberá saber cuánto puede pretender de la vida. La “alianza” entre inteligencia y posesión, apoyada en esas ideas, se presenta incluso como una exigencia moral. Según esta perspectiva, está mal vista una cultura que produzca solitarios, que coloque sus fines más allá del dinero y de la ganancia, que consuma mucho tiempo. A las tendencias culturales de esa naturaleza se las suele descartar y clasificar como “egoísmo selecto”, “epicureismo inmoral de la cultura”. A partir de la moral aquí triunfante, se necesita indudablemente algo opuesto, es decir, una cultura rápida, que capacite a los individuos deprisa para ganar dinero, y, aun así, suficientemente fundamentada para que puedan llegar a ser individuos que ganen muchísimo dinero. Se concede cultura al hombre sólo en la medida en que interesa la ganancia; sin embargo, por otro lado se le exige que llegue a esa medida. En resumen, la humanidad tiene necesariamente un derecho a la felicidad terrenal: para eso es necesaria la cultura, ¡pero sólo para eso!» «En este punto quiero añadir algo», dijo el filósofo. «A partir de esa perspectiva -caracterizada de una forma que no carece de claridad- surge el grande, incluso enorme, peligro de que en un momento determinado la gran masa salte el escalón intermedio y se arroje directamente sobre esa felicidad terrenal. Eso es lo que hoy se llama “problema social”.

Efectivamente, podría parecer a esa masa, a partir de lo que hemos dicho, que la cultura concedida a la mayor parte de los hombres sólo es un medio para la felicidad terrenal de unos pocos: la “cultura cuanto más universal posible” debilita la cultura hasta tal punto, que se llega a no poder conceder ningún privilegio ni garantizar ningún respeto. La cultura común a todos es precisamente la barbarie.
Para esa extensión y esa difusión de la cultura, fomentadas con tanto ímpetu por doquier, existen otros motivos, independientemente de ese dogma, tan popular, de la economía política. En algunos países, el miedo a una opresión religiosa está tan arraigado, que todas las clases sociales se aproximan con deseo vehemente a la cultura, y asimilan precisamente aquellos elementos suyos que habitualmente anulan los instintos religiosos. Por otro lado, a veces ocurre que un Estado, con el fin de asegurar su existencia, procura extender lo más posible la cultura, ya que sabe que todavía es lo bastante fuerte para poder someter bajo su yugo incluso a una cultura desencadenada del modo más violento, y ve confirmado eso en el hecho de que, en definitiva, la cultura más extensa de sus empleados o de sus ejércitos acaba siempre en ventaja para el propio Estado, en su competencia con los otros Estados. En este caso, los cimientos de un Estado deben ser tan amplios y sólidos como para poder sostener la complicada bóveda de la cultura, del mismo modo que, en el primer caso, los vestigios de una opresión religiosa anterior deben ser todavía bastante perceptibles como para hacer recurrir a un remedio tan desesperado. Por consiguiente, cuando el grito de guerra de la masa exige la cultura más amplia posible para el pueblo, yo suelo distinguir si lo que ha provocado dicho grito de guerra ha sido una tendencia exagerada a la ganancia y a la posesión, o bien el estigma dejado por una opresión religiosa anterior o bien, por último, la clara conciencia que un Estado tiene de su propio valor. »En cambio, me ha parecido que por muchos lados se entona otra canción -desde luego no con tanta sonoridad, pero por lo menos con el mismo énfasis-, a saber, la de la reducción de la cultura.

En todos los ambientes eruditos, habitualmente se susurra al oído, en cierto modo, esa canción. En realidad, se trata de un hecho general: con la utilización -ahora perseguida- por parte del estudioso de su ciencia, la cultura de dicho estudioso se volverá cada vez más casual y más inverosímil. Efectivamente, el estudio de las ciencias está extendido tan ampliamente, que quien quiera todavía producir algo en ese campo, y posea y tenga buenas dotes, aunque no sean excepcionales, deberá dedicarse a una rama completamente especializada y permanecer, en cambio, indiferente a todas las demás. De ese modo, aunque éste sea en su especialidad superior al vulgus, en todo el resto, o sea, en todos los problemas esenciales, no se separará de él. Así, pues, dicho estudioso, exclusivamente especialista, es semejante al obrero de una fábrica, que durante toda su vida no hace otra cosa que determinado tornillo y determinado mango, para determinado utensilio o para determinada máquina, en lo que indudablemente llegará a tener increíble maestría. La “fidelidad en los detalles”, la “fidelidad del recadero” se convierten en temas de ostentación, y la falta de cultura, fuera del campo de especialización, se exhibe como señal de sobriedad.

Durante siglos y siglos, entender por hombre de cultura al estudioso, y sólo al estudioso, se ha considerado sencillamente como algo evidente. Partiendo de la experiencia de nuestra época, difícilmente nos sentiremos impulsados hacia una aproximación tan ingenua. Efectivamente, hoy la explotación de un hombre a favor de las ciencias es el presupuesto aceptado por doquier sin vacilaciones. ¿Quién se pregunta todavía qué valor puede tener una ciencia, que devora como un vampiro a sus criaturas? La división del trabajo en las ciencias tiende prácticamente hacia el mismo objetivo, al que aspiran aquí y allá conscientemente las religiones, es decir, a una reducción de la cultura, o, mejor, a su aniquilación. Pero eso que para algunas religiones, con arreglo a su origen y a su historia, es una exigencia totalmente justificada, podría, en cambio, conducir a la ciencia a arrojarse en un momento determinado a las llamas. Ahora hemos llegado ya hasta el extremo de que en todas las cuestiones generales de naturaleza seria -y, sobre todo, en los máximos problemas filosóficos- el hombre de ciencia, como tal, ya no puede tomar la palabra. En cambio, ese viscoso tejido conjuntivo que se ha introducido hoy entre las ciencias, es decir, el periodismo, cree que ese objetivo es de su competencia, y lo cumple con arreglo a su naturaleza, o sea -como su nombre indica- tratándolo como un trabajo a jornal.
»Efectivamente, en el periodismo confluyen las dos tendencias: en él se dan la mano la extensión de la cultura y la reducción de la cultura. El periódico se presenta incluso en lugar de la cultura, y quien abrigue todavía pretensiones culturales, aunque sea como estudioso, se apoya habitualmente en ese viscoso tejido conjuntivo, que establece las articulaciones entre todas las formas de la vida, todas las clases, todas las artes, todas las ciencias, y que es sólido y resistente como suele serlo precisamente el papel de periódico. En el periódico culmina la auténtica corriente cultural de nuestra época, del mismo modo que el periodista -esclavo del momento presente- ha llegado a substituir al gran genio, el guía para todas las épocas, el que libera del presente. Ahora dígame usted, maestro, qué esperanzas podía abrigar, en una lucha contra el desbarajuste -que se da por doquier- de todas las auténticas aspiraciones, dígame usted con qué coraje podía presentarme, como profesor aislado, aun sabiendo que, apenas se arrojara una simiente de cultura auténtica, pasaría por encima de ella inmediata y despiadadamente la apisonadora de esa pseudocultura. Piense en lo inútil que debe resultar hoy el trabajo más asiduo de un profesor, que por ejemplo desee conducir a un escolar hasta el mundo griego -difícil de alcanzar e infinitamente lejano- por considerarlo como la auténtica patria de la cultura: todo eso será verdaderamente inútil, cuando el mismo escolar una hora después coja un periódico o una novela de moda, o uno de esos libros cultos cuyo estilo lleva ya en sí el desagradable blasón de la barbarie cultural actual».

Autor: Nietzsche(primera de una serie de conferencia sobre el porvenir de las instituciones educativas)

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El crimen lo comete el elector

Tú eres el criminal, oh Pueblo, puesto que tú eres el Soberano. Eres, bien es cierto, el criminal inconsciente e ingenuo. Votas y no ves que eres tu propia víctima.

Sin embargo, ¿no has experimentado lo suficiente que los diputados, que prometen defenderte, como todos los gobiernos del mundo presente y pasado, son mentirosos e impotentes?¡Lo sabes y te quejas! ¡Lo sabes y los eliges!

Los gobernantes, sean quienes sean, trabajaron, trabajan y trabajarán por sus intereses, por los de su casta y por los de sus camarillas.¿Dónde y cómo podría ser de otro modo? Los gobernados son subalternos y explotados; ¿conoces alguno que no lo sea?

Mientras no comprendas que sólo de ti depende producir y vivir a tu antojo, mientras soportes –por temor- y tú mismo fabriques –por creer en la autoridad necesaria- a jefes y directores, sábelo bien, también tus delegados y amos vivirán de tu trabajo y tu necedad.

¡Te quejas de todo! ¿Pero no eres tú el causante de las mil plagas que te devoran?Te quejas de la policía, del ejército, de la justicia, de los cuarteles, de las prisiones, de las administraciones, de las leyes, de los ministros, del gobierno, de los financieros, de los especuladores, de los funcionarios, de los patrones, de los sacerdotes, de los propietarios, de los salarios, del paro, del parlamento, de los impuestos, de los aduaneros, de los rentistas, del precio de los víveres, de los arriendos y los alquileres, de las largas jornadas en el taller y en la fábrica, de la magra pitanza, de las privaciones sin número y de la masa infinita de iniquidades sociales.

Te quejas, pero quieres que se mantenga el sistema en el que vegetas. A veces te rebelas, pero para volver a empezar. ¡Eres tú quien produce todo, quien siembra y labora, quien forja y teje, quien amasa y transforma, quien construye y fabrica, quien alimenta y fecunda!¿Por qué no sacias entonces tu hambre? ¿Por qué eres tú el mal vestido, el mal nutrido, el mal alojado?

Sí, ¿por qué el sin pan, el sin zapatos, el sin hogar? ¿Por qué no eres tú tu señor? ¿Por qué te inclinas, obedeces, sirves? ¿Por qué eres tú el inferior, el humillado, el ofendido, el servidor, el esclavo?¿Elaboras todo y no posees nada? Todo es gracias a ti y tú no eres nada.

Me equivoco. Eres el elector, el votante, el que acepta lo que es; aquel que, mediante la papeleta de voto, sanciona todas sus miserias; aquel que, al votar, consagra todas sus servidumbres.Eres el criado voluntario, el doméstico amable, el lacayo, el arrastrao, el perro que lame el látigo, arrastrándote bajo el puño del amo. Eres el sargento mayor, el carcelero y el soplón. Eres el buen soldado, el portero modelo, el inquilino benévolo. Eres el empleado fiel, el devoto servidor, el campesino sobrio, el obrero resignado a su propia esclavitud. Eres tu propio verdugo.

¿De qué te quejas?Eres un peligro para todos nosotros, hombres libres, anarquistas. Eres un peligro igual que los tiranos, que los amos a los que te entregas, que eliges, a los que apoyas, a los que alimentas, que proteges con tus bayonetas, que defiendes con la fuerza bruta, que exaltas con tu ignorancia, que legalizas con tus papeletas de voto y que nos impones por tu imbecilidad.

Tú eres el Soberano, al que se adula y engaña. Te encandilan los discursos. Los carteles te atrapan; te encantan las bobadas y las fruslerías: sigue satisfecho mientras esperas que te fusilen en las colonias y que te masacren en las fronteras a la sombra de tu bandera.

Si lenguas interesadas se relamen ante tu real excremento, ¡oh Soberano!; si candidatos hambrientos de mandatos y ahítos de simplezas, te cepillan el espinazo y la grupa de tu autocracia de papel; si te embriagas con el incienso y las promesas que vierten sobre ti los que siempre te han traicionado, te engañan y te venderán mañana; es que tú mismo te pareces a ellos.

Es que no vales más que la horda de tus famélicos aduladores. Es que, no habiendo podido elevarte a la consciencia de tu individualidad y de tu independencia, eres incapaz de liberarte por ti mismo. No quieres, luego no puedes ser libre.¡Vamos, vota! Ten confianza en tus mandatarios, cree en tus elegidos.

Pero deja de quejarte. Los yugos que soportas, eres tú quien te los impones. Los crímenes por los que sufres, eres tú quien los cometes. Tú eres el amo, tú el criminal e, ironía, eres tú también el esclavo y la víctima.

Nosotros, cansados de la opresión de los amos que nos das, cansados de soportar su arrogancia, cansados de soportar tu pasividad, venimos a llamarte a la reflexión, a la acción.Venga, un buen movimiento: quítate el estrecho traje de la legislación, lava rudamente tu cuerpo para que mueran los parásitos y la miseria que te devoran. Sólo entonces podrás vivir plenamente.

Albert Libertad

Fuente: amputacioneS

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