Aquí se descubre un etnocentrismo inconsciente. Tienen, como ocurre con la fe del creyente, la certeza de que la sociedad es para el Estado. ¿Cómo no concebir a las sociedades primitivas, sino como una especie de personas despreciadas por la historia universal, como sobrevivientes anacrónicos de un estadio lejano, rebasado tiempo atrás?
Otro de los lados del etnocentrismo es que concibe la historia en un sentido, y por eso toda sociedad está necesariamente condenada a la historia y a recorrer todas las etapas que van del salvajismo a la civilización. "Todos los pueblos civilizados han sido salvajes", escribe Raynal. Pero la afirmación de la evolución no puede fundar una doctrina que, uniendo arbitrariamente el estado de civilización a la civilización del Estado, señala a éste como término necesario a toda sociedad. No importa lo que se diga, tras las formulaciones modernas, el viejo evolucionismo sigue intacto.
Más difícil de ocultarse en el lenguaje de la antropología que en el de la filosofía, aflora en las categorías que se dicen científicas. Ya sabemos que las sociedades arcaicas están determinadas negativamente, por sus carencias: sin Estado, sin escritura, sin historia. Y se las determina en lo económico: economías de subsistencia. Si con esto se quiere decir que ignoran la economía de mercado donde fluyen los excedentes, no se está diciendo nada, sólo se subraya otra deficiencia más, siempre en relación con nuestro propio mundo. Están sin Estado, sin escritura, sin historia y finalmente, sin mercado.
Pero el sentido común debe objetar ¿para qué sirve un mercado sin excedentes?.La idea de economía de subsistencia revela que si estas sociedades no producen excedentes es por incapacidad, porque están ocupadas en sobrevivir. Se presenta una imagen, siempre eficaz, de la miseria de los salvajes. Y para explicar su incapacidad para vivir al día, se pretexta la inferioridad técnica. Pero, ¿qué hay de cierto en esto? .
Si por técnica se entiende el conjunto de procedimientos con que se proveen los hombres, no para asegurarse el dominio absoluto de la naturaleza (esto sólo vale para nuestro mundo y su demente proyecto cartesiano del que apenas empiezan a medirse las consecuencias), sino para asegurarse un dominio del medio natural, relativo a sus necesidades, no puede hablarse de inferioridad técnica. Su capacidad para satisfacer sus necesidades es igual a la que enorgullece a la sociedad industrial. Todo grupo humano llega a ejercer dominio sobre su medio. No se sabe de ninguna sociedad que se haya establecido, por presión externa en un medio imposible de dominar. O desaparece o cambia de territorio.
Lo que sorprende con los esquimales o los australianos es la riqueza, la imaginación y la fineza de la actividad técnica, la eficacia de sus herramientas. Hay que ir a los museos etnográficos, a observar la exactitud de los instrumentos, que hace de cada uno una obra de arte. No hay jerarquía hablando de técnica, ni superior ni inferior. Un equipamiento tecnológico se mide por la capacidad de satisfacer las necesidades de la sociedad.
De ninguna manera las sociedades primitivas han sido incapaces para realizar tal propósito. Es cierto que el potencial de innovación técnica lleva tiempo. Nada se da de golpe, existe una larga sucesión de ensayos, errores, fracasos y éxitos. Los estudiosos de la prehistoria nos enseñan los milenios que necesitaron los hombres del paleolítico para sustituir sus grotescos garrotes por los admirables cuchillos de silex del solutrense. El descubrimiento de la agricultura y el conocimiento de las plantas casi son contemporáneos en América y en el mundo antiguo. Los Amerindios no son inferiores - al contrario - en el arte de seleccionar las plantas útiles.
Detengámonos un momento en el interés funesto que llevó a los indios a desear instrumentos metálicos. Se relaciona con su economía, pero no como podría creerse. Estas sociedades estarían condenadas a la economía de subsistencia por su inferioridad técnica. Este argumento no está fundado en hechos. No hay escala para medir las "intensidades" tecnológicas; el equipo técnico no es comparable al de una sociedad diferente; no sirve de nada comparar el fusil con el arco. La arqueología, la etnografía, la botánica, etc., demuestran la eficacia de las tecnologías salvajes. Si las sociedades primitivas tienen una economía de subsistencia no es por falta de técnica, de saber-hacer. La verdadera cuestión es: ¿la economía de estas sociedades es realmente de subsistencia? Si no nos contentamos con entender economía de subsistencia como economía sin mercado y sin excedentes, entonces esta economía permite subsistir a la sociedad que sostiene; se afirma que esta sociedad sólo provee a sus miembros con el mínimo necesario para la subsistencia.
Aquí se observa un prejuicio que además es constante: que el salvaje es perezoso. Si en Europa se dice "trabajar como un negro" en América del Sur se dice "perezoso como un indio". La opción es: o bien el primitivo vive en economía de subsistencia o bien pasa largos ratos de ocio fumando en su hamaca. Esto fue lo que admiró a los europeos de los indios de Brasil. Pero acabaron reprobando que hombres robustos y saludables prefirieran, como las mujeres, pinturas y plumas en lugar de sudar en los campos. Gentes que ignoraban que hay que ganar el pan con el sudor de la frente. Era demasiado y no duró. Se los puso a trabajar y murieron.
Dos axiomas guían a la civilización occidental. El primero: la verdadera sociedad se da a la sombra protectora del Estado; el segundo enuncia un imperativo categórico: hay que trabajar. Resumiendo: hay que trabajar a la sobra del Estado protector.
En efecto, los indios dedicaban poco tiempo a lo que se llama trabajo, no obstante, no morían por eso de hambre. Las crónicas de la época nos hablan de la hermosa apariencia de los adultos, la salud de los niños, la abundancia y variedad de las fuentes alimenticias. La economía de subsistencia no implica la búsqueda angustiante, a tiempo completo, del alimento. Es compatible con una limitación del tiempo para las actividades productivas. Es el caso de los Tupí-guaraní, cuya holgazanería tanto irritaba a franceses y portugueses. Su vida se basaba en la agricultura y secundariamente en la caza, pesca y recolección. Una misma tierra era usada de cuatro a seis años, luego se abandonaba, o porque era invadida por una vegetación parásita difícil de eliminar.
Lo arduo del trabajo era para los hombres, que era desmontar la superficie con hacha de piedra y con fuego. La tarea, al fin de las lluvias, movilizaba a los hombre uno o dos meses. El resto - plantar, escardar, cosechar - por la división sexual del trabajo, era para las mujeres. Los hombres, la mitad de la población trabajaban dos meses cada cuatro años! El resto era para cosas placenteras: caza, pesca, fiestas, y finalmente, para su gusto apasionado por la guerra.
Estos datos, impresionantes hoy día, los confirman investigaciones recientes, que miden el tiempo de trabajo en las sociedades con economía de subsistencia. Ya se trate de cazadores nómadas del desierto de Kalahari o de agricultores amerindios, las cifran revelan un tiempo inferior a cuatro horas diarias de trabajo. J. Lizot, que vive con los indios Yanomami del Amazonas venezolano, dice que la duración del tiempo dedicado al trabajo, apenas rebasa las tres horas. No hemos hecho lo mismo con los Guayakí, cazadores nómadas de la selva paraguaya, pero sé que los indígenas, hombres y mujeres, pasaban la mitad del día ociosos, pues la caza y la recolección eran entre 6 y 11 de la mañana. Estudios semejantes llegarían a resultados similares, teniendo en cuenta las diferencias ecológicas.
Estamos lejos del miserabilismo de la idea de economía de subsistencia. El hombre salvaje no está sujeto a una existencia animal, de sobrevivencia, pues en un tiempo corto obtiene este resultado y algo más. Las sociedades primitivas tienen todo el tiempo para acrecentar su producción de bienes materiales. El buen sentido preguntará entonces: ¿por qué los hombres de estas sociedades querrían producir más si cuatro horas bastan para asegurar las necesidades del grupo? ¿Para qué les servirían los excedentes? ¿Cuál sería su destino?. Los hombres trabajan más allá de sus necesidades sólo si son apremiados; por la fuerza. Esta fuerza, normalmente violenta, está ausente en el mundo primitivo; su ausencia define la naturaleza de las sociedades primitivas.
Puede admitirse la expresión de economía de subsistencia para calificar su organización económica, si por ello se entiende no una carencia o una incapacidad, sino el rechazo de un exceso inútil, la voluntad de acordar las actividades productiva en función de la satisfacción de sus necesidades. En las sociedades primitivas hay excedentes. Las plantas cultivadas (yuca, maíz, tabaco, algodón, etc.) rebasan lo que es necesario al grupo, estando este suplemento de producción incluido en el tiempo normal de trabajo. Este excedente, es consumido, con fines políticos, en las fiestas, la visita de extranjeros, etc. La ventaja del hacha metálica sobre la de piedra es evidente. Con la primera se trabaja diez veces más, o lo que es lo mismos, con la segunda se hace el mismo trabajo en un tiempo diez veces inferior. Cuando los indios descubrieron la superioridad de las hachas de los hombres blancos, las desearon no para producir más, sino para producir lo mismo en un tiempo diez veces más corto. Se produjo lo contrario porque con las hachas metálicas vino al mundo primitivo la violencia, el poder de los civilizados sobre los salvajes.
Las sociedades primitivas son, dice J. Lizot de los Yanomami, sociedades de rechazo al trabajo. "El desprecio de los Yanomami al trabajo y al progreso tecnológico autónomo es un hecho". Son las primeras sociedades del ocio, de la abundancia, según la alegre expresión de M. Sahlins.
Si tiene algún sentido la antropología económica de las sociedades primitivas, como disciplina autónoma, no procedería de la pura consideración de su vida económica, sería una etnología de la descripción, de una dimensión no autónoma de la vida social primitiva. Es más bien cuando esta dimensión pasa a una esfera autónoma cuando aparece fundada la idea de una antropología económica. Cuando desaparece el rechazo al trabajo, se cambia el ocio por la acumulación. Cuando aparece una fuerza externa y extraña en el cuerpo social, sin la cual los salvajes no renunciarían al ocio y que destruye la sociedad primitiva, esa fuerza crea el poder político. Pero así como la antropología deja de ser económica y pierde su objeto al querer aprehenderlo, la economía se hace política.
Para el hombre salvaje, la actividad de producción está medida por las necesidades energéticas. La producción se vuelca sobre la reconstitución de la energía gastada. Es decir, que es la vida natural la que - en la producción de los bienes consumidos en las fiestas - determina el tiempo consagrado a reproducirla. Asegurada la satisfacción de necesidades, nada podría incitar a desear producir más, a alienarse en un trabajo sin destino, si ese tiempo puede ser para el ocio, el juego , la guerra o la fiesta. ¿ Qué condiciones deben darse para transformar la relación del hombre primitivo con la actividad de producción? ¿En qué condiciones surge una meta diferente de la satisfacción de las necesidades energéticas? Es decir, donde se encuentra el origen del trabajo alienado.
En la sociedad primitiva, por esencia igualitaria, los hombres son dueños de su actividad, de la circulación de los productos de esa actividad, actúan sólo para ellos mismos, mientras que la ley de intercambio de bienes mediatiza la relación directa del hombre con su producto. Por ello, todo se altera si esa actividad es desviada. Cuando en lugar de producir sólo para sí, el hombre produce también para los demás, sin intercambio ni reciprocidad, es entonces cuando puede hablarse de trabajo, cuando la regla igualitaria de intercambio deja de ser el "código civil" de la sociedad, cuando esa actividad tiende a satisfacer a los demás, cuando esa regla se sustituye por el terror de la deuda.
Ahí estriba la diferencia entre el salvaje amazónico y el indio del Imperio Inca. El primero produce para vivir, el segundo para los demás, para los que no trabajan, los señores que le dicen: tienes que pagar lo que nos debes, tu deuda de por vida
Cuando en la sociedad primitiva lo económico no se identifica ya con lo autónomo, cuando se produce el trabajo alienado, impuesto por los que lo rentabilizan, la sociedad deja de ser primitiva y se transforma en sociedad dividida en señores y siervos, es cuando se ha dejado de exorcizar lo que está destinado a eliminarla: el poder y el respeto al poder.
La mayor división establecida de la sociedad se ha dado cuando se a dispuesto verticalmente estableciendo por ello una base y una cima. Con lo que se diferencia entre poseedores de la fuerza, guerrera o religiosa, y los sometidos a esas fuerza. La relación política de poder precede y funda la relación económica de explotación. Antes de ser económica, la alienación es política, el poder está antes que el trabajo, lo económico deriva de lo político, el Estado determina las clases.
La naturaleza de las sociedades primitivas se impone como algo positivo, como dominio del medio natural y social, como voluntad libre de no permitir que de su ser salga nada que pudiera alterarlo, corromperlo o disolverlo. Las sociedades primitivas no son embriones retrasados de sociedades ulteriores, de los cuerpos sociales con despegue "normal" interrumpido por alguna extraña enfermedad, no se encuentran en una lógica histórica que conduce al término inscrito de antemano pero conocido a posteriori, nuestro propio sistema social.
En el plano de la vida económica se traduce todo esto en rechazo a un trabajo y una producción absorbentes, en la decisión de limitar las reservas a las necesidades, en la imposibilidad de la competencia – pues, ¿para qué serviría ser rico entre autosuficientes?- en una palabra, en la prohibición de la desigualdad.
¿Qué hace que en una sociedad primitiva la economía no sea política? Que la economía no es autónoma. Son sociedades sin economía por rechazo de la propia economía. Pero entonces, ¿también está ausente lo político en estas sociedades? ¿hay que admitir que al ser sociedades "sin ley ni rey", les falta lo político? ¿No caemos en el etnocentrismo para el que una carencia marca a las diferentes sociedades. No es sólo un problema "interesante", un tema para especialistas, porque la etnología se desarrolla en una teoría general (por construir) de la sociedad y de la historia. Las diversas organizaciones sociales, no impiden un orden en la discontinuidad, una reducción de diferencias. Reducción masiva ya que la historia nos ofrece dos tipos de sociedad, dos macro clases, que tienen algo en común: están las sociedades primitivas y las sociedades con Estado. Es la presencia o ausencia de la formación estatal (de múltiples formas) lo que da a cada sociedad su lugar lógico, que traza la discontinuidad. La aparición del Estado marca la gran división entre salvajes y civilizados, el corte que transforma el tiempo en Historia.


















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