Crónicas del 22 de julio de 2008

No es gratis



Aunque constipado por un espíritu eminentemente individualista –o egoísta como él mismo lo llamaba– alérgico a cualquier tipo de pensamiento no dedicado a sí mismo, no digamos ya a una colaboración colectiva, Max Stirner (1806-1856) comprendió meridianamente que el poder o se toma y se posee, o bien se concede y se pierde. Nada, y menos aún la libertad y el poder, nos es concecido gratuitamente. Y, de serlo, nos puede ser arrebatado con la misma facilidad.

Precursor de Nietzsche y en este último sentido seguidor de Maquiavelo, su intuición sigue atravesando la mediocridad de nuestras pseudo-democracias oligárquicas tanto como las de entonces, en esencia un mismo paquete institucional. La mirada de Stirner penetraba incluso al comunismo centralizador ya patente en la fecha en que compuso su principal obra (1844), lo que le valió una contundente regañina de Marx y Engels en La Ideología Alemana. Stirner detectó en el pensamiento comunista original la ausencia de libertad, que más tarde habría de mostrar su cara más virulenta.

Una llamada tan salvaje a la libertad como la de Stirner, incapaz, es verdad, de centrarse en un posible modo de organización institucional y colectiva que la preserve, y refugiándose por tanto únicamente en sí mismo, tiene todavía mucho que enseñarnos en lo que respecta al coste de la misma. Es posible que, como en la secuencia matemática de Fibonacci, que parece ser el patrón de muchas creaciones naturales y sociales, el impulso de un solo individuo se contagie a muchos otros de modo exponencial a, y en, su debido tiempo.

Es probable que estemos asistiendo a un proceso de crecimiento geométrico semejante en nuestra conciencia de la libertad política hoy en Europa, y más concretamente en España. Conciencia que impondría una verdadera democracia preservadora la libertad mediante el control tripartito de un poder que no sólo no ignora sino que respeta.

Es posible; pero en todo caso no se trata de algo fácil o dable por hecho. Será preciso que colaboremos activamente a incrementar la naturaleza regenerativa de la libertad, que busca siempre reconstituirse cuando es violada; y será preciso no olvidarnos de ello una vez constituída formalmente. La libertad mana de fuentes extrañas a su razón, que ésta después intenta domeñar. M R P



Las lenguas como arma política



El vasco, en realidad batúa, un lenguaje artificial, el catalán y el gallego, del que también se quiere hacer una lengua artificial aportuguesándalo, junto con el bable, el balear o el valenciano, y poco a poco, a medida que progresa la “profundización” del llamado Estado de las Autonomías, otras modalidades dialectales, están siendo utilizados por las oligarquías locales como armas políticas.

Así caminan, lamentablemente, hacia su extinción. No por lo que dicen los nacionalistas, sino precisamente por utilizarlas como arma política a fin de justificar o legitimar los intereses oligárquicos. La posible independencia de alguna o algunas de esas regiones acabaría con ellas en seguida. La gente afectada se daría cuenta de que el rey está desnudo. Si esas lenguas o idiomas han persistido hasta ahora, ha sido en el seno de la común Nación española.

Sin la Nación española desaparecerían rápidamente, pues, aunque los oligarcas fuesen capaces de eliminar el español, tendrían que sustituirlo por ejemplo, por el inglés (en realidad ya lo hacen). Y así como en Filipinas el inglés sustituyó al español, aquí sustituiría al catalán, el vasco, el gallego, el bable o el panocho, a menos que se prefiriese sustituir el español por el chino, que está de moda, el ruso por antinorteamericanismo o el árabe, en previsión de la sustitución del cristianismo tradicional por el islam, que es más progresista.

La lengua únicamente puede utilizarse como arma política, igual que todas las armas políticas, cuando corresponde a la fortaleza y vitalidad de una Nación. Quizá por eso, el absurdo partido popular, el del patriotismo constitucional, en vista de que la Nación española ha llegado a estar tan desvitalizada, desmoralizada, bajo la Monarquía juancarlista, propone demagógicamente implantar como segunda lengua el inglés; hacer de España una colonia cultural del mundo anglosajón, más exactamente, de Norteamérica. ¿Piensa –es un decir- este partido que da así una réplica a los nacionalistas desnacionalizando España?

La diferencia consiste en que el español es una de las lenguas universales y por eso se puede permitir el lujo –es otra manera de decir- de no tener una segunda lengua casi obligatoria. De hecho, la lengua que corre peligro en el mundo hispánico es el portugués. Pues en Brasil –uno de los ocho o nueve Grandes Espacios que se prevén hacia 2020, en torno a los cuales girará la constelación política mundial- el español prospera rápidamente, con lo que podría ocurrir que el portugués –que procede del gallego- quedase circunscrito a Portugal.

La política lingüística de las oligarquías locales amparadas por el poder central es suicida. En lugar de hacer atractivas sus respectivas lenguas minoritarias en el conjunto de la Nación mimándolas, se empeñan en imponerlas como instrumento de dominación, lo que, a medio plazo, acabará seguramente provocando el rechazo de los naturales. Se puede engañar al pueblo durante algún tiempo. Pero la superchería acaba cansando y con el aburrimiento de la propaganda se descubre el engaño, aunque se cuente con el apoyo del poder central. Dalmacio Negro.




Lisura de partido



"No hay término medio, ni centro de gravedad, en los partidos estatales, pues su finalidad es integrar a la sociedad en el Estado, sin representarla."

A diferencia de los partidos societarios, anteriores a la guerra mundial, donde cada uno atraía a sus seguidores en virtud de la fuerza expansiva de la idea que lo definía como modo de mitigar o suprimir el conflicto en una sociedad dividida en clases, los actuales partidos estatales -que se improvisaron en el cuartel del general Eisenhower en París, para los pueblos que sufrieron la derrota del fascismo y del nazismo- no tienen otro atractivo que el de ofrecer a los gobernados la tranquilidad de no tener que ocuparse de la política, salvo votar cada cuatro años al más centrado de los partidos gobernantes, pues el primitivo y anacrónico deseo de libertad ciudadana ha sido desplazado por el moderno consenso entre partidos.

Por tratarse de partidos estatales y de cuestiones de Estado, la corrupción ya no diferencia a la derecha de la izquierda. La politica económica, tampoco. Leves pinceladas modernistas, en asuntos reglados por la tradición o la fe religiosa, tintan de izquierdismo al partido más fiel al Monarca, más alejado de la Iglesia y más ligado a la oligarquía financiera. Sin libertad politica de los gobernados, el consenso entre los partidos gubernamentales consigue lo que ningún dictador pudo ni siquiera soñar. Que desaparezca el concepto mismo de oposición al Gobierno, toda vez que el de oposición al Régimen monárquico y oligárquico se ha eliminado no solo de la realidad, sino incluso del lenguaje.

Así se explica que la noticia destacada en estos días sea que PSOE y PP se disponen a pactar la eliminación de los peligros de ambiente que acechan al consenso, o sea, un pacto de solemnidad para enterrar la crispación en sus retóricas, para no encrespar los ánimos de los fieles de partido, no rizar los cabellos de sus jerarcas haciéndose mutuamente la permanente. Al parecer, una cuestión de peluqueros. Lo decisivo en los partidos estatales no es el rizo ideológico o la ondulación cultural de cada partido, sino su común lisura mental, su planicie cerebral, su peinado liso con raya divisoria al centro. Pues todo partido estatal está centrado en el Estado, y todo lo que le afecta, como cuestión de Estado, debe ser tratado con el respeto debido a la lisura de toda autoridad estatal.

Lo trascendental es que no haya distinción en el talante ni en el modo sonriente de enfocar los asuntos de gobierno. Lo trascendente es mantener el consenso de la lisura mental entre las facciones partidistas de un solo partido estatal.Trevijano.

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