Halfway home
Herrera
Mark Romanek
Rallo Julián
"Corazón del sonido fabricado" por la Softlightes
"Oh, caballeros, la vida es corta... Si vivimos, vivimos para marchar sobre la cabeza de los reyes."
Existen dos formas de enriquecerse y de vivir en sociedad. Podemos resumirlas en la terminología que usó el filósofo alemán (no era liberal) Franz Oppenheimer: medios económicos y medios políticos. Oppenheimer definió los medios económicos como “el intercambio del trabajo de una persona por el trabajo de otra”. Los medios económicos son voluntarios, pacíficos y nos enriquecen a todos. Permite intercambiar todo tipo de capital (físico y humano), fomenta la creatividad, y nos da opciones. Los medios políticos, por contra, son, siguiendo a Oppenheimer, “la indebida apropiación del trabajo de los demás”. Los medios políticos son el uso de la fuerza, el robo y el saqueo. Uno se enriquece a expensas de la libertad y propiedad del otro. Si robamos la legítima propiedad de alguien, le estamos haciendo trabajar gratuitamente para nosotros contra su voluntad, lo estamos esclavizando.
Los medios económicos son la forma en la que trabaja el libre mercado y el capitalismo. Los medios políticos son la forma en la que obra el estado, sindicatos, grupos de presión, etc. Es decir, los de esas organizaciones criminales que nunca podrían sobrevivir, por su propia naturaleza, en un entorno de libertad pura. Recurramos a dos ejemplos históricos para ver las consecuencias de cada uno.
Quien nos intenta sacar nuestra propiedad, por cualquier motivo que apele a los sentimientos o falsos tecnicismos, no es más que un ladrón; quien crea guerras en nombre del bien común es un asesino; y quien nos intenta arrebatar nuestra libertad, es un tirano que pretende esclavizarnos.
En Los partidos políticos (1911) Michels expone lo que, a juicio de Lipset, es "el argumento político más importante contra el concepto de Rousseau de la democracia popular directa" (Lipset, p. 13).
Michels sostiene que el liderazgo y la democracia son incompatibles entre sí. Incluso en aquellas organizaciones políticas con orígenes e ideología democrática, el liderazgo inicial se transforma en el gobierno de una oligarquía. Se trata de un proceso histórico inevitable en el cual "los líderes demócratas e idealistas terminan sucumbiendo a la corrupción inherente al poder..." (Tannenbaum, p. 598). Específicamente, Michels rechaza la posibilidad de un liderazgo representativo. En la medida en que los líderes de la masa llegan a ser parte de la "élitc en el poder", sus propósitos y objetivos responden a su propia decisión dentro de los elementos privilegiados (Lipset, p. 160).
El autor expone las razones de carácter técnico y administrativas que hacen imposible el gobierno directo de los grandes grupos. Como la colectividad no puede intervenir en la resolución de todas las posibles controversias, las masas soberanas se vuelven incapaces de adoptar las resoluciones más necesarias: "la evolución democrática tiene un curso parabólico, con el avance de la organización, la democracia tiende a declinar, a medida que la influencia de los líderes aumenta" (Michels, p. 78). De allí que, por razones técnicas y administrativas, una organización fuerte necesite de un liderazgo profesional.
El advenimiento de¡ liderazgo profesional señala así el principio del fin de la democracia y la imposibilidad de un sistema "representativo". Aunque en teoría los líderes están vinculados a la voluntad de las masas, en la práctica gozan de gran independencia. Las afirmaciones de Michels son tajantes: en las revoluciones democráticas "no son las masas las que han devorado a sus líderes sino los jefes son los que se han devorado entre sí con la ayuda de las masas" (Michels, 1979, p. 197); en una democracia "el único derecho que el pueblo se reserva es el privilegio ridículo de elegir periódicamente un grupo de amos" (Considerant citado por Michels, p. 83). Con estos argumentos, Michels llega a aceptar la idea de que el mejor gobierno es el sistema ostensiblemente elitista bajo la dirección de un líder carismático, consideración que lo lleva a apoyar a Mussolini y a la derecha fascista (Lipset, p. 36).
La decadencia de los hombres va ligada al hecho de que han probado el conocimiento del bien y del mal; desde el preciso momento en que lo hicieron, dejaron de amar la vida y comenzaron a temer la muerte. Y esta es la existencia del hombre que vive en la esclavitud. Y lo único que puede llevarles de nuevo a la libertad es el conocimiento.
La maldad de los hombres proviene de la posesión de objetos que no pueden pertenecer a varios a la vez, como los honores y el dinero, de modo que la felicidad de los otros les hace infelices y, al revés, ellos tampoco pueden ser felices sin que sufran sus semejantes. De ahí nacen la envidia, el odio, el desprecio; de ahí nacen las injurias, las calumnias, las violencias y las guerras. Por tanto es el muy arraigado concepto de propiedad, principalmente, el que los hunde en los más profundo de los abismos. Si a ello unimos la enfermedad, la vejez y la muerte tenemos a un hombre que vive asediado constantemente por el miedo y la terrible tristeza.
Ante este panorama lo único que se les ocurrió fue crear religiones, el opio que sitúa el posible bien fuera de lo perecedero, en otro mundo totalmente inalcanzable pero prometido. Este placebo ha sido utilizado y transformado en una nueva fuente de odio y de más tristeza al convertir a Dios en un amo celoso, malvado y temible, origen de guerras interminables. De manera que el resultado es que el hombre es esclavo de las apariencias, esclavo del ser.
España no vive una transición histórica, sino la eterna transición de la Historia concentrada en un ahora que se moderniza para no cambiar. Y en la acción destinada a restablecer las coordenadas físicas de la mente, políticamente destrozadas, es necesario, reconozcámoslo, cierto fanatismo: hay que ver barrotes en los espacios de seguridad que quedan entre los dientes del ministro del Interior cuando ríe y hay que ver una victoria en cada una de las ideas que nuestros compañeros repiten: democracia, impostura, representación, unidad, República… cada vez que estas palabras se leen, se escuchan, suponen una larga temporada de excarcelación. Es decir, tenemos que estar enamorados de la causa de la libertad y creer que algunas cosas que emiten un ligero tufillo a rancio se hallan cubiertas de rosas y, por el contrario, asegurar que lo para todos magnificente, es sólo ridícula superficialidad.
Que la revolución no se puede convocar, sino guiar, lo sabe cualquier pensador que se precie. El sinsabor del mal panfleto aparece cuando esta máxima se olvida; la llamada a conjurar peligros que son difíciles de intuir es tan necia como la renuncia a aprovechar los acontecimientos que, estos sí, convocan la libertad. En la cárcel que los otros quieren hacer pasar por jardín de senectud, todas las preguntas buscan una herida abierta. Serás insolidario si dices que no y misántropo si te alejas; loco si desprecias y terrorista si insultas; culpable si callas y pusilánime si dudas. Pero, carceleros, apelar constantemente a la estulticia para explicar fenómenos crónicos de nuestra sociedad como si fueran sueños de una noche de verano, dejará a más de una generación sin conciencia de sí misma. Una vez obligados a sumergirnos en la pseudocultura que identifica civilización, decencia y comportamiento pacífico de un lado y obediencia, del otro, será muy importante no perder de vista las rejas que aparecen constantemente en las palabras de la clase política. O.
Ninguna mera acción va a cambiar el estado del mundo, porque el Ser, como eficacia y actividad efectiva, cierra el ente al acaecimiento propio. Ni siquiera el inmenso dolor que pasa por la tierra es capaz de despertar de un modo inmediato cambio alguno, porque se lo experiencia sólo como dolor, y éste de un modo pasivo y por ello como contraestado de la acción y, por esto, junto con ella, en la misma región esencial de la voluntad de voluntad. Pero la tierra permanece oculta en la inaparente ley de lo posible que ella es. La voluntad ha impuesto a lo posible lo imposible como meta. Las maquinaciones que organizan esta imposición y la mantienen en el dominio surgen de la esencia de la técnica, palabra que aquí se identifica con el concepto de la Metafísica que se está consumando. La uniformidad incondicionada de todas las humanidades de la tierra bajo el dominio de la voluntad de voluntad explica el sinsentido de la actuación humana puesta como absoluto.
La devastación de la tierra empieza como proceso querido, pero que en su esencia no es sabido ni se puede saber, un proceso que se da en el tiempo en el que la esencia de la verdad se cerca como certeza en la que lo primero que se asegura a sí mismo es el representar y el producir del hombre. Hegel concibe este momento de la historia de la Metafísica como aquel en el que la absoluta autoconciencia se convierte en principio del pensar.
Parece casi como si bajo el dominio de la voluntad, al hombre le estuviera vedada la esencia del dolor, del mismo modo como la esencia de la alegría. ¿Podrá tal vez la sobremedida de dolor traer todavía un cambio?
No se produce nunca un cambio sin que lo anuncien heraldos. Pero ¿cómo pueden acercarse heraldos sin que se despeje el acaecimiento propio, este acaecimiento que, llamándola, usándola (y necesitándola), ojee, es decir, aviste la esencia del hombre, y en este avistar ponga a los mortales en camino del construir que piensa, que poetiza?
“Sólo se justifica el uso de la violencia bajo una tiranía que torna imposible toda reforma sin violencias, y ésa debe tener un solo fin: provocar un estado de cosas tal que haga posible la introducción de reformas sin violencia. Un gobierno que intenta abusar de su poder para establecerse bajo la forma de una tiranía (o que tolera su establecimiento por parte de un tercero) se coloca al margen de la ley, de modo que los ciudadanos no sólo tendrán el derecho, sino también la obligación de considerar delictivos estos actos del gobierno y delincuentes a sus autores.”
“Muéstrame uno solo que sea un alma; muéstrame uno solo que no haya malgastado lo mejor de sí por prisa o por indecisión. De la libertad proviene la belleza de un reino. ¿Cuánto durará la lucha? Hasta el fin de vuestra vida, hasta que hayáis sacrificado todo y os hayáis desligado de todos los compromisos, hasta[…]”
En el fondo, todo indica la crisis del Estado de Bienestar instaurado por los conservadores, dóciles a la presión de la socialdemocracia, tras la segunda guerra mundial. Un Estado burocrático que, sólo en administrar directamente lo que podría hacer mejor la llamada sociedad civil, sería preferible decir el pueblo, si actuase por sí misma, despilfarra inmensos recursos. Con todo, devolver la libertad política monopolizada por el Estado sería el mejor remedio y, a la larga, la solución. Pero esto es una utopía. La socialdemocracia –que incluye tanto a la derecha como a la izquierda-, que explota a las sociedades mediante el Estado de Partidos, y en la que creen a pié juntillas los supuestos ciudadanos, no se dejará desbancar fácilmente. Pueden venir días muy duros, y España no tiene más defensa que el desgobierno del consenso, formado por una clase política corrupta ajena a los intereses nacionales, con los que trafica en su provecho todos los días. La utopía consiste hoy en reivindicar la libertad política.
Soportar la evidencia hegeliana querría decir, hoy, lo siguiente: que es necesario, en todos los sentidos, pasar por el «sueño de la razón», el que engendra y el que hace dormir a los monstruos; que es necesario atravesarlo efectivamente para que el despertar no sea una astucia del sueño. Es decir, de nuevo, de la razón. El sueño de la razón no es quizás la razón dormida, sino el sueño en la forma de la razón, la vigilancia del logos hegeliano. La razón vela un sueño profundo en el que está interesada. Pero si «una evidencia que se recibe en el sueño de la razón pierde (perdiese) el carácter de lo despierto» (ibíd.), es necesario, para abrir los ojos (y Bataille, ¿quiso acaso alguna vez otra cosa, seguro justamente de arriesgar con ello la muerte: «esa condición, bajo la que yo vería, sería morir»?), haber pasado la noche con la razón, haber velado, dormido con ella: toda la noche, hasta el amanecer, hasta ese otro crepúsculo que se parece, hasta el punto de llegar a confundirse con ella, como un atardecer a un anochecer, a esa hora en que el animal filosófico puede por fin abrir los ojos. Esa mañana y no cualquier otra. Pues al cabo de esta noche algo se había tramado, ciegamente, quiero decir, en un discurso, mediante el que la filosofía, al acabarse, comprendía en sí, anticipaba, para retenerlas junto a sí, todas las figuras de su más allá, todas las formas y todos los recursos de su exterior. Por la simple captación que hay en enunciarlas. Excepto tal vez una cierta risa. Y quizás ni eso.
“Esto es una miseria, una completa miseria. A nadie le importa nada de nada. Y cuando alguno trata de agitar aisladamente este o aquel problema, una u otra cuestión, se lo atribuyen o a un negocio o a afán de notoriedad y ansia de singularizarse. No se comprende aquí ya ni la locura. Hasta del loco creen y dicen que lo será por tenerle su cuenta y razón. Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hace no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿por qué lo hará? Para eso les sirve la lógica, la cochina lógica.
La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. ¡Sapere aude!¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración.
Los obstáculos que oponemos a la verdad, se convierten en arrepentimiento. Es indudable que la misma relación existe entre la mentira y la verdad, que entre las tinieblas y la luz. La verdad es de esencia tan excelsa que hasta cuando se aplica a una humilde y baja materia, sobrepasa, aún así, los inciertos y mentirosos desarrollos de los aparentemente grandes y sublimes discursos. Porque nuestro espíritu -aunque tenga a la mentira como quinto elemento-, no deja de tener por ello, como soberano alimento a la verdad, que no es útil a los espíritus errantes, sino a los verdaderos intelectos. Pero tú, que vives de sueños, te complaces más en las razones sofísticas y bárbaras y en hablar de cosas inciertas y desconocidas, que de materias de menor envergadura, pero de certidumbre natural.
“La idiotez política, muy generaliza, es también una enfermedad extraordinaria, donde no son los enfermos quienes la sufren, sino los lúcidos que obligadamente la soportan ”.
La manipulación del sentimiento nacional, en las comunidades lingüísticas reprimidas, sólo es una de las formas políticas, más movilizadora que las basadas en sentimientos de clase, de lucha por el poder en el Estado o frente al Estado.
Si nuestro nacionalismo periférico afirma, como si fuera un derecho natural, que nadie le ha preguntado si quiere estar o no en el Estado español, y bajo qué modalidad, está diciendo una obviedad que podemos repetir al pie de la letra los demás españoles.
La pertenencia al Estado de los pueblos que alcanzaron la unidad nacional antes de la revolución francesa no es el resultado voluntario de un pacto entre gobernantes locales, ni de un plebiscito entre gobernados, sino un hecho involuntario de la existencia colectiva que fue históricamente determinado por las luchas de poder en Europa.
Pero la forma del Estado, que no es un hecho existencial ni un producto de principios permanentes, puede y debe ser variada para asentar la relación de poder entre los pueblos de España en la democracia, y no, como ahora, en el inestable equilibrio de oligarquías nacionales y locales.
En todos los pueblos hay elementos sociales que tienden a la dictadura, a la oligarquía y a la democracia. De la relación de fuerza entre ellos depende la naturaleza del régimen que se establezca en el momento constituyente del poder político en el Estado.
A la muerte de Franco estos elementos estaban definidos. Con el asesinato de Carrero Blanco, dos ideas distintas surgen. Una de la sociedad y otra del Estado. La sociedad política, encarnada en la oposición a la dictadura (Junta Democrática), creó la idea de la «Ruptura democrática» de la legalidad dictatorial, junto con la organización adecuada para realizarla. En el campo estatal germinó como respuesta la idea de la «Reforma legalista» de las leyes del Reino, para mantener en el poder a los hombres de la dictadura. El lema común a las ideas latentes en el Régimen lo acuñó Torcuato Fernández Miranda: «Después de Franco, las Instituciones». Fraga tenía la misión de hacer entrar por su ventanilla a los partidos de la democracia cristiana y al PSOE. Y Areilza la de obtener apoyo en EE UU y los gobiernos europeos.
La historia política de la Transición se montó sobre tres grandes falsedades. En primer lugar, el Gobierno Arias aparece como un intento reaccionario de continuar la dictadura. En segundo lugar, presentando al rey y a Suárez como estadistas que sabían lo que debían hacer para transformar la dictadura en una democracia. Y finalmente se fabrica una imagen de un Felipe González previsor y conductor de los acontecimientos. Pura involución de la dictadura hacia sí misma.
Las fuerzas sociales que se agrupaban en torno a la legalidad del Régimen constituían el elemento dictatorial. Un factor que decaía a contrapelo del factor internacional. El capital financiero y los medios de comunicación no veían otro camino viable que el de la reforma paulatina de la Monarquía franquista desde su propio seno. El elemento democrático se movilizó y organizó en un proceso unitario que culminó con la creación de la Junta Democrática, después traicionada.
Las historias de la Transición no explican por qué fue necesario pactarla entre el poder dictatorial y los partidos de oposición. De los pactos de la Transición no podía nacer una democracia, que es fruto de la libertad, sino pura oligarquía de partidos. La lógica de esos Pactos era impecable, trataban de impedir cualquier reducto democrático que pudiera organizarse y movilizar a todos los sectores de la sociedad logrando así su objetivo democrático, imponiendo la libertad frente a la reforma dictatorial.
¿Cómo se alcanzaba el objetivo?: mediante la confabulación secreta entre la decreciente dictadura con los emergentes partidos dispuestos a traicionar a sus bases a favor de una Monarquía de partidos estatales con mando absoluto y repartido entre ellos.
Lógicamente estos acuerdos se adoptaron por consenso, mero eufemismo para evitar la idea de transacción que encierra la palabra pacto y contradice la esencia misma de la democracia formal, basada en decisiones por la regla de mayoría. Con ellos suprimieron toda incertidumbre política de libertad colectiva. En cuanto a las Autonomías, el café para todos servido por un patán de la patria(Suarez), tampoco podía tener aroma histórico ni sabor democrático. Pues negaba los derechos adquiridos con la libertad, por Cataluña, Euzkadi y Galicia, a una diferencia autonómica, concibiendo además la deseable descentralización democrática del Estado como una indeseable multiplicación de centros estatales de poder oligárquico.
Para establecer una democracia hubiera bastado con legalizar de modo simultáneo a los partidos, reconocer todas las libertades públicas y abrir un fase de contraste de alternativas para que, con elecciones a Cortes constituyentes, la representación del pueblo decidiera la forma de Estado y de Gobierno. Sin embargo, el pueblo español en la Transición cumplió el papel decorativo que el poder le asignó sin exceder los límites de toda función decorativa.
La actual corrupción del sistema no es un fenómeno ni individual ni gratuito, sino consecuencia natural y colectiva de las pasiones puestas en boga, desde el primer día de la Transición, por las Autoridades del Estado y los jefes de partido, con el apoyo entusiasta de los medios de comunicación.
El sentido de la democracia política como forma concreta de gobierno representativo con separación de poderes, frente al concepto de democracia social como aspiración de las medidas de gobierno a la igualdad ciudadana, no ya ante la ley, sino ante la realidad dista muchísimo del Régimen de Partidos que no responde a las reglas de la democracia formal ni a los ideales de la democracia material. Hoy, treinta años después, nadie quiere aún aceptar que la Transición española ha descendido desde el Estado a la sociedad y no de la sociedad al Estado.
La inmensa mayoría de las personas que opinan sobre cuestiones políticas lo hacen como leguleyos. La diferencia entre abogado y leguleyo no está en el mejor o peor conocimiento de las leyes y del caso controvertido, sino en que aquél ve la ley según el caso y éste ve el caso a través de la ley. Por ejemplo. Son leguleyos todos los que opinan que las elecciones europeas no tienen nada que ver con la situación política nacional y que «por consiguiente» sus resultados no tienen que influir en ella.
Juzgan el momento electoral, no por el estado real de la opinión de los electores, el caso, sino por el que deberían tener según la finalidad de la convocatoria, la ley. Son abogados quienes opinan que un descalabro electoral del Gobierno modificaría el supuesto fáctico que legitimaba su continuidad, el caso, y que «en consecuencia» se necesitaría renovar enseguida la legitimación con un cambio de Gobierno o con unas elecciones anticipadas, la ley.
Juzgan la situación mejor que el leguleyo, pero su apego al formalismo les impide ver que la causa del caso, o sea, de la corrupción del Gobierno, no está, como dicen, en el abuso de sanas instituciones, sino en el uso de instituciones corrompidas. En la ausencia de control del poder inherente al parlamentarismo.
En cambio, el jurista no establece entre el caso y la ley relaciones causales que le obliguen a decir «por consiguiente», como los leguleyos, ni «en consecuencia», como los abogados. Conoce que la realidad de la corrupción deslegitima al Gobierno, el caso presente, y busca en la jurisprudencia, es decir, en los casos pasados, la norma futura que pueda evitar la repetición de esa causa deslegitimadora del Gobierno durante la vigencia legal de su mandato.
Y la norma que encuentra, la única que sintoniza a la sociedad con el Gobierno, está en la elección directa de éste por aquella, y en la facilidad reglamentaria para destituir al mal gobernante. Mientras no se derogue la ley electoral de listas de partido y el ficticio sistema parlamentario, la sociedad política, que se rige por valores formales, continuará siendo deslegitimada por los valores reales de la sociedad civil.
La corrupción no acabará porque se cambie una lista de partido por otra en el gobierno. Por una evidente razón que leguleyos y abogados, vividores de las formas y apariencias legales, no quieren ni ver. La corrupción ha sido, es y será siempre, en el Estado de partidos, el factor de estabilidad del gobierno, la forma más segura de estabilizar el apoyo de la clase dominante, financiera, a la clase reinante, política.
España, como todos los países estadólatras y de secano, produce abundantísimos leguleyos que aseguran las mayorías de gobierno a uno de ellos; demasiados abogados que dan millones de votos a pasantes que aspiran a serlo del Estado; escasísimos juristas en el foro y ninguno en la política. No es posible decir con más claridad la función ideológica de ocultación de la verdad y desmemorización del pasado, que cumplen las campañas electorales en el Estado de partidos.
Sobre todo las de aquellos que son mejor y más conocidos por sus «hazañas» de gobierno. Hacer tabla rasa del pasado, borrón y cuenta nueva, volver a prometer la misma grosera generalidad para poder hacer la misma concreta barbaridad. Ese es el vil precio de servidumbre que pagan los partidos para conseguir que los voten. Nadie les humilla tanto como ellos a sí mismos. Salvo sus votantes. Por eso están en la abstención, aunque parezca mentira, sus únicas oportunidades de enmienda y autoestima.
Si vos pretendéis que venga
a ser tan gran necio el mundo,
que por vuestra barba luenga,
por filósofo profundo,
sin otro argumento, os tenga;
mirad que dais ocasión
a que ya cualquier cabrón,
por la gran barba que cría,
aspire a ser algún día
otro Séneca o Platón.
Los males de nuestro tiempo son la ignorancia, la miseria y la corrupción, y lo más temible, que nos instalemos en la mentira con la misma naturalidad que nuestros pulmones se acostumbran al aire. Emilio Lledó
El mayor problema del hombre, como de las naciones, es la independencia. ¿Se puede resolver? Lo que poseo parece ser mío, pero soy poseído siempre por aquello que tengo. La única propiedad incontestable debería ser el Yo, y, sin embargo, aquilatando bien, ¿dónde está el residuo absoluto, aislado, que no depende de nadie?. Los demás participan, ausentes o presentes, en nuestra vida interior y externa. No hay manera de salvarse. Aun en la soledad perfecta me siento, con espanto, átomo de un monte, célula de una colonia, gota de un mar.
En mi espíritu y en mi carne hay la herencia de los muertos; mi pensamiento es deudor de los difuntos y de los vivientes; mi conducta está guiada, aun contra mi voluntad, por seres que no conozco o que desprecio. Si desmonto el Yo pedazo por pedazo, encuentro siempre trozos y fragmentos que proceden de fuera; a cada uno podría ponerle una etiqueta de origen… Nada en realidad me pertenece. Las pocas alegrías que disfruto las debo a la inspiración y al trabajo de hombres que ya no existen o que nunca he visto. Conozco lo que he recibido, pero ignoro quién me lo ha dado. Dónde está, pues, el núcleo profundo y autónomo en el que ningún otro participa, que no ha sido generado por ningún otro y que pueda llamar verdaderamente mío? ¿Seré, en realidad, un coágulo de deudas, la esclava molécula de un cuerpo gigantesco?. De Giovanni Papini: “Gog”
Suelo decir que Antonio Gramsci forma con Rosa Luxembourg la más ilustre pareja de intelectuales que crió, apenas a tiempo, el comunismo, antes de abominar definitivamente de la funesta manía de pensar.
Pues bien, Gramsci advirtió de que la expresión “lucha ideológica” era una torpe metáfora que más valía no usar o que, de usarla, había que hacerlo con toda la precaución de no perder de vista la decisiva diferencia de que mientras en la lucha física o la guerra era válido y conducente a la victoria atacar los puntos débiles del adversario, en la mal llamada lucha ideológica sólo era, en cambio, procedente acometer los puntos fuertes.
El jovencísimo Menéndez y Pelayo de los Heterodoxos (libro en el que inventó el género que yo llamo “libro infierno”, pues van a parar a él todos los malos, y que fue cultivado por Lucaks con su El asalto a la razón) contraviene la sabia prescripción gramsciana con sus representaciones musculares del pensar: “atletas de la escolástica” “potencia intelectual”, “asentar verdades como el puño”, “contundente en casi todo lo que es filosofia pura y monumento de inmenso saber y de labor hercúlea”, “era su erudición la del claustro, encerrada casi en los canceles de la filosofia, escolástica, pero ¡cómo había templado sus nervios y vigorizado sus músculos esta dura gimnasia!”, “todo lo recorrió y lo trituró, dejando dondequiera inequívocas muestras de la pujanza de su brazo”, “molió y trituró como cibera a los débiles partidarios que en Sevilla comenzaba a tener la nueva filosofia ecléctico-sensualista del Genovesi y de Verney”, “en cabeza suya asestó el padre Alvarado golpes certeros y terribles” (Heterodoxos, VI-3-VII, VI-4.-I y VII-2-V).
El gramsciano rechazo de la mera noción de lucha ideológica es, a la postre, lo que me pone diametralmente en contra de los que celebran como un gran adelanto democrático la introducción de debates electorales en España. Antes por el contrario, lo deploro como una vuelta de tuerca más al ya bastante avanzado encanallamiento y prostitución de la palabra.
El debate televisivo es una perversión sólo capaz de complacer a mentalidades primitivas, casi paleolíticas, como las del regresivo agonismo norteamericano, que no puede entender nada de nada como no se le presente en términos de ganador y perdedor.
Y no es que no haya antecedentes europeos: en las disputationes académicas de Salamanca, en los siglos XVI y XVII, parece ser que los “ergos” se contaban como hoy se cuentan los goles en el fútbol: “¡Fulano le ha metido diez y nueve ergos a Mengano!”. Estas disputationes universitarias fueron después, con toda razón, consideradas como la máxima degradación intelectual.
Quizá no sea un azar que tal enfermedad resurja, en otra forma, precisamente hoy, cuando “opinar algo” o incluso “propugnar algo” o “ser partidario de algo” suele ser sustituido por “apostar por algo”, como si fuese a caballo ganador, y empezándose ya a difuminar, por consiguiente, la diferencia entre quién se desea que gane en unas elecciones y quién se cree que las va a ganar.
La actual norteamericanización de la antigua disputatio le añade algunos rasgos pugilísticos, sin abandonar los clásicos de esgrima: la contundencia del directo a la mandíbula es compatible con la agilidad de una finta de florete; lo que no cabe es una sola palabra leal, que es tanto como decir una palabra digna de este nombre, que excluye la contundencia, la astucia, la eficacia, no menos que todo efecto de sorpresa, todo ardid de trinca o cualquier cosa, en fin, que la instrumente como un arte marcial.
Quienes, al aceptar debates electorales -y por tanto, a parti pris-, utilizan la palabra como arma de contienda, sepan al menos que al prostituirse así por la victoria no hacen sino profundizar la desmoralización de un público ya corrompido hasta la médula por el agonismo, por la irresponsable superficialidad de que lo que más le guste sea que haya pelea, para poder jalearla con sus voces de “¡Toma castaña!”, “¡Ahí le duele!”, “¡Chúpate esa!”… Sepan al menos que se revuelcan en el fango.
Para quien todavía, a pesar de todo, guarde un quizá ya inútil respeto. a la palabra, y que, por tanto, no saluda el debate electoral como un avance democrático sino como una regresión a la barbarie, más despreciable será precisamente el que demuestre más agilidad verbal, más rapidez de reflejos, más ingenio retórico, más riqueza de imágenes, o sea, en una palabra, el que reúna en mayor número las condiciones idóneas para aquel efecto por el que se suele merecer del público ser proclamado “‘vencedor”.
1 comentarios:
Hola, me ha llegado este nota os lo paso, es interesante.
A raíz de las multas a los comerciantes en el barrio de Sans en Barcelona por los organismos de la normalización de la Generalitat ha surgido este vídeo, es una tragicomedia digna de verse.
Os recomiendo la visión de CASABLANCA de LLOBREGAT, dedicado especialmente a los que apoyan el CAC (centro de multas por rotular en castellano y cerrar emisoras por criticar las políticas del tripartit) y en especialmente a los que están por todo lo contrario.
CASABLANCA de LLOBREGAT vídeo:
http://www.youtube.com/watch?v=mEQShmIO2vI
(Unir en una línea si sale el enlace cortado).o buscar por google o youtube.
Es genial. Gracias por verlo y también por su difusión
Publicar un comentario en la entrada