“El presente es siempre toma de decisiones, pero, cómo alguien dijo una vez, aunque nosotros hagamos nuestra propia historia, no la hacemos tal y como la hemos escogido. Pero la hacemos”… (Ibd. Immanuel Wallerstein).-Comencemos recordando dos aspectos elementales del capitalismo histórico. Uno es bien conocido: el capitalismo es un sistema que tiene una necesidad imperiosa de expansión en términos de producción total y en términos geográficos, a fin de mantener su objetivo principal, la acumulación incesante. El segundo aspecto se toma en cuenta menos frecuentemente. Para los capitalistas, sobre todo para los grandes capitalistas, un elemento esencial en la acumulación de capital es dejar sin pagar sus cuentas.
Esto es lo que yo llamo los trapos sucios [dirty secret] del capitalismo. El primero, la expansión constante de la economía-mundo capitalista, es admitido por todos. Los defensores del capitalismo venden esto como una de sus grandes virtudes. Sin embargo, las personas comprometidas con los problemas ecológicos lo presentan como uno de sus grandes vicios, y, en particular, frecuentemente cuestionan uno de los puntales ideológicos de esta expansión, la afirmación del derecho (en realidad, deber) de los seres humanos “a conquistar la naturaleza”. Ésta es la verdadera diferencia entre el capitalismo histórico y los sistemas históricos previos. Todos los valores de la civilización capitalista son milenarios, pero también lo son otros valores contradictorios. Como capitalismo histórico entendemos un sistema en el que las instituciones que se construyeron posibilitan que los valores capitalistas tomen prioridad, de forma que la economía-mundo en su conjunto tomó el camino de la mercantilización de todas las cosas haciendo de la acumulación incesante de capital su objeto propio. Evidentemente, el efecto de esto no se experimenta en un día o incluso en un siglo. La expansión tiene un efecto acumulativo.
Lleva tiempo derribar los árboles. Los árboles de Irlanda fueron cortados todos durante el Siglo XVII. Pero había otros árboles en otros lugares. Hoy, hablamos de la selva amazónica como de la última extensión realmente poblada de árboles, y parece que está desapareciendo rápidamente. Además, la democratización del mundo, y ha habido una democratización, ha implicado que esta expansión siga siendo increíblemente popular en muchas partes del mundo. Probablemente, es más popular que nunca lo haya sido. Hay más personas reclamando sus derechos, y éstos incluyen, muy destacadamente, el derecho a un trozo del pastel. Pero un trozo del pastel para un porcentaje grande de la población mundial exige necesariamente más producción, sin mencionar el hecho de que esa población mundial sigue creciendo todavía. Esto no impide que mucha de esta misma gente quiera también detener la degradación del medio ambiente en el mundo. Pero esto simplemente prueba que estamos metidos en otra contradicción de este sistema histórico. Mucha gente quiere tener más árboles y más bienes materiales, y gran parte de ella se limita a separar en sus mentes ambas demandas. Desde el punto de vista de los capitalistas, como sabemos, el objetivo de la producción creciente es obtener ganancias.
Las ganancias obtenidas en una única operación son iguales al margen existente entre el precio de venta y el coste total de producción, es decir, el coste de todo aquello que es necesario para colocar ese producto en el punto de venta. Por supuesto, las ganancias reales sobre la totalidad de las operaciones realizadas por un capitalista se calculan multiplicando este margen por la cantidad de operaciones de venta realizadas. Por tanto, el “mercado” limita los precios de venta, en cierta medida, porque si el precio aumenta demasiado puede ocurrir que las ganancias totales obtenidas al vender sean menores que con precios más bajos.
Hay dos vías distintas para que los Estados paguen los costes. Los gobiernos pueden aceptar formalmente ese papel, a través de subvenciones de algún tipo. Sin embargo, las subvenciones son cada vez más visibles e impopulares, provocando fuertes protestas de las empresas competidoras y de los contribuyentes. Las subvenciones plantean problemas políticos. Pero hay otro camino, más importante y políticamente menos dificultoso para los gobiernos, porque todo lo que requiere es una no-acción. A lo largo de la historia del capitalismo histórico, los gobiernos han permitido que las empresas no asuman muchos de sus costes, renunciando a requerirles que lo hagan.
Los gobiernos hacen esto, en parte, poniendo infraestructuras a su disposición, y, posiblemente en mayor parte, no insistiendo en que una operación productiva debe incluir el coste de restaurar el medio ambiente para que éste sea “preservado”. Hay dos tipos diferentes de operaciones para la preservación del medio ambiente. El primero consiste en limpiar los efectos negativos de una actividad productiva (por ejemplo, combatiendo las toxinas químicas subproducto de la producción, o eliminando los residuos no biodegradables). El segundo tipo consiste en invertir en la renovación de los recursos naturales que han sido utilizados (por ejemplo, replantando árboles). Los movimientos ecologistas han planteado una larga serie de propuestas específicas dirigidas hacia esos objetivos. En general, estas propuestas encuentran una resistencia considerable por parte de las empresas que podrían ser afectadas por ellas, porque estas medidas son muy costosas y, por tanto, llevarían a una reducción de producción. . Dada la desruralización del mundo y sus ya importantes efectos sobre la acumulación de capital, la puesta en práctica de medidas ecológicas significativas y seriamente llevadas a cabo, podría ser el golpe de gracia a la viabilidad de la economía-mundo capitalista.
Francamente, probablemente sea una suerte que el descargar los problemas sobre el Sur no sea ya una solución real a largo plazo para estos dilemas. Podría decirse que durante los últimos 500 años eso formaba parte del procedimiento establecido. Pero la expansión de la economía-mundo ha sido tan grande, y el consiguiente nivel de degradación tan grave, que no queda espacio para arreglar significativamente la situación exportándola a la periferia. Estamos obligados a volver a los fundamentos. Hemos llegado a esta situación porque en este sistema los capitalistas han conseguido hacer ineficaz la capacidad de otras fuerzas para imponer límites a la actividad de los capitalistas en nombre de valores diferentes al de la acumulación incesante de capital. El problema ha sido, precisamente, Prometeo desencadenado. Pero Prometeo desencadenado no es algo inherente a la sociedad humana.
Ciertamente, el capitalismo ha utilizado el esplendor del interminable avance tecnológico como una de sus justificaciones. Y ha respaldado una determinada visión de la ciencia -ciencia newtoniana, determinista-, utilizada como mortaja cultural y aval del argumento político que pretende que los seres humanos deben “conquistar” la naturaleza, que pueden hacerlo y que todos los efectos negativos de la expansión económica podrían ser contrarrestados por el inevitable progreso científico. Sabemos hoy que esta visión y esta versión de ciencia tienen una aplicabilidad limitada y universal. Pero lo que quizá sea más relevante para el tema que estamos tratando es el énfasis puesto en la creatividad autoconstituyente de los procesos naturales y en la inseparabilidad entre seres humanos y naturaleza, lo que conduce a afirmar que la ciencia es parte integrante de la cultura. Desaparece la idea de una actividad intelectual desarraigada que aspire a una verdad eterna subyacente a todo lo existente.
En su lugar, surge la visión de un mundo de realidad descubrible, pero en el que no puede descubrirse el futuro, porque el futuro está todavía sin crear. El futuro no está inscrito en el presente, aunque pueda estar circunscrito por el pasado. Me parecen muy claras las implicaciones políticas de esta visión de la ciencia. El presente es siempre toma de decisiones, pero, cómo alguien dijo una vez, aunque nosotros hagamos nuestra propia historia, no la hacemos tal y como la hemos escogido. Pero la hacemos. El presente es siempre toma de decisiones, pero la gama de opciones se expande considerablemente en los períodos que preceden inmediatamente a una bifurcación, cuando el sistema está más alejado del equilibrio, porque en ese momento inputs pequeños provocan grandes outputs. Estamos en el período inmediatamente precedente a una bifurcación.
El sistema histórico actual está, de hecho, en crisis terminal. tema de la degradación ecológica es un escenario central para esta discusión, aunque no el único. Una vez que aceptemos la importancia de recorrer el camino de la racionalidad material, debemos ser conscientes de que es un camino largo y arduo. comenzamos a recorrer este camino, tanto en lo que se refiere al sistema social en que vivimos como en cuanto a las estructuras de conocimiento que usamos para interpretarlo, necesitamos ser muy conscientes de que estamos ante un comienzo, no, de ninguna manera, ante un final. Los comienzos son inciertos, audaces y difíciles, pero ofrecen una promesa, que es lo máximo.-
Fuente: Aquileana


















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